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Vudú y palizas para explotar a centenares de víctimas de trata

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Gabriela, nombre ficticio, se atreve a dar el paso y denuncia al traficante que la explota
sexualmente. Al iniciar el proceso judicial desaparece de Barcelona y su verdugo sospecha. La respuesta es fulminante, una paliza
a su madre, que reside en Sudamérica. La joven no se amilana y sigue adelante con el apoyo de una oenegé que la protege. La banda vuelve al ataque y deja en coma al novio de Gabriela, también en su país de origen.

La violencia física y el vudú, en el caso de las migrantes subsaharianas, son dos armas utilizadas por los grupos criminales para tener bajo control a las víctimas de trata. Catalunya es uno de los destinos de las demoledoras rutas utilizadas cada año por miles de personas que buscan un futuro en Europa pero que acaban siendo forzadas a prostituirse para saldar una cuantiosa deuda con sus traficantes, destacan fuentes de la Unitat Central de Tràfic d’Éssers Humans (UCTSH) de los Mossos.






La deuda

Las bandas exigen a las mujeres nigerianas el pago de entre 30.000 y 60.000 euros

El terror es un eficaz argumento disuasorio para impedir que la mayoría de estas personas denuncien y conseguir que sigan sometidas a todo tipo de abusos relacionados con los delitos de trata y de tráfico de seres humanos previstos en el Código Penal (véase información adjunta). El número de causas abiertas en el 2017 en el conjunto de España por el delito de trata de seres humanos se elevaba a 122, un 30% más que en el 2016, según los últimos datos de la Fiscalía General del Estado.

En el 2017 se incoaron 128 diligencias de seguimiento de dicho delito, un 53% más que en el 2016. De estas, 107 (+55%) investigan supuestos de trata con fines de explotación sexual; diez, laboral; cinco, matrimonios forzosos; dos, por obligar a cometer actividades delictivas; cuatro, por forzar a la mendicidad, y una, por tráfico de órganos. La Fiscalía subraya que aunque cada año se abran más diligencias “no significa que desemboquen en sentencias condenatorias”. Una síntesis de los veredictos emitidos en el 2017 por las audiencias provinciales concluye que quince acabaron en condena y once en absolución.

Los Mossos asumen que uno de los grandes retos es aportar más indicios que fundamenten la acusación pues muchas veces con la declaración de la víctima no basta. Verònica Giménez, coordinadora de la Unitat contra el Tràfic d’Éssers Humans (UTEH) del Ayuntamiento de Barcelona, constata que una mujer nigeriana que puso en peligro su integridad física y la de su familia asistió con desazón a un fallo absolutorio. Al llegar el caso a la Audiencia, la víctima, que había sido captada en su pueblo y explotada sexualmente en Barcelona, avisó a sus padres para que se marcharan a otra localidad y evitaran así represalias. Su testimonio no sirvió para condenar al acusado. Esta es una de las más de 100 personas atendidas al año por la UTEH, la mitad de las cuales proceden de Nigeria.






Para saldar la factura

“También las obligan a delinquir robando en la calle y al cliente y vendiendo droga”

Desenmascarar a los grupos criminales que se aprovechan de la miseria o de la inseguridad que reina en no pocos países del África Subsahariana, de Latinoamérica o de Asia topa con un escollo tras otro. Entidades especializadas en la atención de este colectivo, como Sicar Cat , el Lloc de la Dona y la citada UTEH, además de los Mossos, subrayan que son muchas las mujeres que no son conscientes de su situación de explotación. El camino para llegar a la Península desde el África Subsahariana es un infierno. Las violaciones, las palizas y las vejaciones son el pan de cada día. Algunas piensan que no merecen una existencia ­mejor.

En Nigeria, se someten a un ritual de vudú antes de partir. Con esta ceremonia sellan un contrato que no puede romperse. De lo contrario, están convencidas que todos los males caerán sobre ellas. El vudú es la herramienta perfecta para someterlas y asegurarse de que devuelven la deuda contraída, que oscila entre 30.000 y 60.000 euros. Ellas no se imaginan que la cantidad pactada es de tales dimensiones pues, indican los Mossos, calculan pensando en su moneda. Un euro equivale a 403 nairas nigerianas.





Las rutas de la trata coinciden con las de la emigración. De Nigeria a Marruecos o a Libia. Por el camino, el desierto mortal de Níger. “Oímos relatos inhumanos, episodios de tener que beber sus orines y comer sus excrementos cuando cruzan el Sáhara”, añaden las mismas fuentes de los Mossos.

Nieves de León, directora de la Llar de la Dona, una entidad del Raval que cada año ofrece formación y apoyo legal, social y médico a unas 400 personas que ejercen la prostitución, constata el largo camino por recorrer para poder identificar a las que han sido tratadas, engañadas en su país y obligadas aquí a hacer la calle. “El año pasado el 45% de las atendidas eran nigerianas y de otros países subsaharianos, sospechamos que todas víctimas de trata, tenemos indicios de ello, pero ellas no lo cuentan”, apunta De León.

Mujeres subsaharianas, una noche de la pasada semana en la Rambla de Barcelona
(Àlex Garcia)

Un documento de noviembre del 2018 del Consejo General del Poder Judicial subraya que España “es país de origen, tránsito y destino de la trata de personas para la explotación sexual y laboral, según el último informe, de julio del 2015, del Departamento de Estado de Estados Unidos”. Teniendo en cuenta que “el 80% de la trata mundial se realiza con fines de explotación sexual, causa auténtico sonrojo reseñar que, según datos de la ONU, España es el tercer país en demanda de prostitución, detrás de Tailandia y Puerto Rico”. Tal consumo alimenta el negocio de la esclavitud.





“La mayoría de víctimas son nigerianas, seguidas desde hace dos o tres años de personas venezolanas. A algunas les pagan la operación de implantación de mamas, o de cambio de sexo, y el pasaje. Una vez aquí deben prostituirse para abonar una deuda de 15.000 a 25.000 euros. Se aprovechan de su vulnerabilidad y su deseo de ser mujer. Después están las rumanas, chinas y búlgaras”, explican en la UCTSH. En Barce­lona hay una gran demanda de mujeres trans y de travestis, añaden.

Además de Barcelona –en la Rambla, la Vila Olímpica, el entorno del Barça y en pisos repartidos por toda la ciudad–, La Jonquera y carreteras de Tarragona son escenarios destacados de este gran negocio anclado en el chantaje.

Los Mossos instruyeron 13 casos con 20 personas denunciadas y 18 víctimas, en el 2018. Las situaciones de trata que afloran son una mínima parte. “El problema es el acceso a ellas. Tienen miedo, viven aisladas, desconfían de la policía y, excepto las sudamericanas, desconocen la lengua. Piensan que eso les sucede porque se lo merecen, porque no hay alternativa”, indican los Mossos. La factura es tan elevada que las organizaciones “las obligan a delinquir robando en la calle y también al cliente, vendiendo droga, cultivando marihuana… Haciendo cualquier cosa que les ­ordenen”.





Sólo contando las personas atendidas por la UTEH (109), Sicar (208) y Lloc de la Dona (400), son centenares las presuntas víctimas de trata localizadas en Catalunya.

Rosa Cendón, coordinadora de Sicar Cat, alerta de que cada vez llegan más jóvenes y que “entre el flujo de solicitantes de asilo hay personas tratadas que no son detectadas y que siguen siendo explotadas”. La prevención, subraya, es otra asignatura pendiente.

Domah, peluquera marfileña de 29 años, estuvo a un paso de caer en una red criminal. Peluquera en Costa de Marfil, viajó a Dubái y a Marruecos en busca de mejores oportunidades. En ambos países topó con engaños. Jornadas de trabajo maratonianas y un sueldo irrisorio. Así que, estando en Casablanca, aceptó ir a Rusia. Le dijeron que en Moscú la esperaría alguien que se quedaría con su pasaporte. Ella ya se conocía el cuento y explica a La Vanguardia que no pensaba hacer tal concesión. Relata que tomó un vuelo que hizo escala en El Prat, donde le robaron la mochila y acabó en las dependencias policiales del aeropuerto hasta que se hizo cargo de ella una entidad que la acogió durante casi tres años. “Ahora, trabajo en un colegio, en el comedor y limpiando las aulas, pero cuando haya ahorrado lo suficiente regresaré a Costa de Marfil. Aquí sufro humillaciones por ser negra”, comenta Domah, que es una de las cuatro protagonistas del cortometraje documental Blessy sobre el drama de la trata.








Fuente: LA Vanguardia

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