Como nos dejó dicho Mariano José de Larra, suicida por amor no correspondido, todo el año es carnaval. O sea, que la frase de aquel hombre, que vestía levita o redingote, chaleco y camisola de batista, sigue definiendo perfectamente nuestra realidad política actual, que es tanto como decir nuestra vida cotidiana. Porque los políticos han acabado con actores, escritores, músicos, pintores, cantantes, etcétera. Nuestros políticos lo han devorado todo y no nos han dejado nada. También en España, y mucho más que en los tiempos de Larra, todo el año es, pues, carnaval. Y mayormente en Catalunya. Ocurre que aquí, desde Jordi Pujol, incluso el carnaval político va siempre disfrazado de Cuaresma, que es tiempo de penitencias voluntarias, pero que aquí son penitencias impuestas, inquisitoriales. Un carnaval disfrazado de Cuaresma, qué contradicción.

No soy amigo de aglomeraciones, pero este año acepté la invitación que me hizo una amiga y poetisa gaditana: vivir plenamente un día de carnaval en su ciudad, en Cádiz. Un carnaval que utiliza la palabra además del disfraz, que allí llaman “tipo”. Y un día fue suficiente para recuperar la sonrisa y cierto optimismo entre ironías, manzanilla y tapas en el bar Manteca, que está en la Viña, barrio donde mejor se tocan las palmas. Un día de carnaval que me permitió comprobar que ese fingidor, empeñado en hacernos creer que es poeta maldito o calavera, y que responde por Joaquín Sabina, puede reírse de todos y de sí mismo. Porque si arremetió en su pregón contra tres catalanes, dos de ellos genuinamente cuaresmales, también aceptó ser definido como un hombre que tiene menos voz que una película de cine mudo.

En esta ocasión, más que nunca, Cádiz me recordó y demostró que, más allá del Ebro, hay gentes que son capaces de reírse de todos, pero también de sí mismos. Gentes que, en estos momentos, no sufren a los nuevos inquisidores que aquí intentan insultarte llamándote traidor. Luego, si le plantas cara a uno de esos inquisidores, se arruga e incluso te pide perdón, como algunos arzobispos y cardenales de ahora mismo. Pero es más agradable reír en el gaditano Baluarte de los Mártires que ser insultado en la Diagonal de Barcelona. Y fue en ese Cádiz de las chirigotas, las comparsas, los romanceros y los coros donde recordé lo que una vez me dijo Lluís Cabrera, nacido en Jaén y coautor de un libro autorizado: Los otros andaluces. Me dijo que el problema de muchos catalanes es que no se tocan. Y, pensando en Quim Torra, creo que tiene razón. Quizá, pues, el origen reciente de todo lo que nos ocurre no hay que buscarlo en Pujol sino en que no nos tocamos.

En la ciudad de Pericón y el Chaqueta; en la ciudad que alumbró la primera Constitución española, conocida como la Pepa; en la ciudad de ese cante popular llamado “jaleo”; en la ciudad de las tortillitas de camarones y ese cocido con pringá que allí llaman “berza gaditana”, las gentes se tocan. Y eso nunca es malo.

Viva la Pepa.




Fuente: LA Vanguardia

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