La casa de Jordi se encuentra, literalmente, dentro de un hotel del centro de Barcelona. La dueña de su edificio decidió reconvertirlo en este negocio para aprovechar el tirón turístico de la ciudad. Él fue el único vecino que se negó a mudarse. Sufrió años de complejas obras de remodelación y ahora no tiene llaves del portal ni buzón. Para entrar a su casa, tiene que pasar una conserjería llena de viajeros y maletas. Es el nuevo presidente de la Asociación de Vecinos del Casc Antic de Barcelona, en lucha por sus derechos y los del resto de ciudadanos de la zona.

Su caso es uno de los que la periodista y directora Laura Álvarez (Barcelona, 1985) muestra en su primer documental City for sale (Ciudad en venta). «Es la sensación que tenemos muchos habitantes de Barcelona: que es una ciudad en venta. Se ha entregado a otros a cambio de un chute de dinero en tiempos de crisis», comenta Álvarez a Verne a través del teléfono. La película se ha proyectado en los festivales de Málaga y DocsBarcelona y se ha emitido a finales de junio en canal 33.

La capital catalana, de 1,6 millones de personas, recibió a 15,8 millones de visitantes en 2018 según Turisme de Barcelona. Pero la directora no solo se refiere al turismo masivo. También a las sociedades y fondos buitre que van apropiándose de los pisos en las grandes ciudades del mundo y a movimientos como las conocidas como golden visa.

España está a la cabeza de Europa a la hora de conceder estos visados a extranjeros para residir en el país a cambio de inversiones inmobiliarias de más de 500.000 euros. Y, dentro de España, Barcelona es uno de los destinos preferidos para los inversores. Son fenómenos que desplazan de sus casas a los vecinos de Barcelona, como ocurre también con los de Venecia o Ámsterdam.

El efecto de esta especulación inmobiliaria y de la invasión de turistas se nota en el incremento del precio de la vivienda, tanto en venta como en alquiler. Y eso hace que personas como Montse y Joan, un matrimonio jubilado que vive con un contrato de renta antigua en el barrio Gótico de Barcelona, estorben a quienes buscan hacer negocio. Juntos describen ante la cámara de Laura Álvarez la situación de acoso «que ya han denunciado judicialmente», comenta la directora.

«La técnica habitual de este tipo de mobbing es la de mantener el edificio en permanente renovación para echar a los vecinos, hartos de vivir entre obras. Pero, al mismo tiempo, no encargarse de los desperfectos del interior de la vivienda ni permitir que los inquilinos puedan hacer renovaciones en ellas. La pregunta es cómo es posible que se concedan tantas licencias de obra encadenadas en un edificio donde se ha demostrado que vive gente en él», se plantea Álvarez.

En un momento de City for sale se muestra cómo Montse, que es asmática y vive expuesta a humos, aerosoles y olor a pintura de las continuas reformas, y su marido se enfrentan a la fumigación del edificio sin apenas haber sido informados sobre el asunto, salvo una nota pegada en el portal.

«No está todo perdido»

El retrato de esta película es el de los restos de la Barcelona que floreció tras los Juegos Olímpicos del 92 que, como cuenta Álvarez, «se ha ido degradando con el tiempo al convertir un derecho fundamental como la vivienda en un bien de consumo».

Por eso prefiere contar el relato «con la voz de los propios vecinos, con nombres y apellidos», y mostrar la resistencia de los grupos de activismo ciudadano que pelean por garantizar una vivienda digna.

El mensaje que quiere lanzar City for Sale es de esperanza: «No todo está perdido. Cuantos más seamos los que nos organicemos, nos manifestemos y protestemos, más poderosos seremos», sugiere la directora.

Parte de esa lucha pasa por tener presente nuestra huella turística, al igual que empezamos a tener la de nuestra huella medioambiental o huella digital. Y ser conscientes de las consecuencias de usar plataformas como Airbnb y vuelos lowcost. Como dice uno de los vecinos en la película, «lo que hacemos ahora no es viajar, es consumir».

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Fuente: El Pais

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