Lydia Cacho (Ciudad de México, 1963) no es de esas reporteras que buscan los temas fáciles. El mes pasado, el Estado mexicano le pidió oficialmente perdón –con 14 años de retraso– nada menos que por cinco cosas: haber violado su derecho a la libertad de expresión, haberla detenido arbitrariamente, haberla torturado como instrumento de investigación (le echaban alternativamente agua helada y agua hirviendo, entre otras cosas), haber ejercido contra ella violencia y discriminación en razón de su género, y por haber alentado la impunidad y la corrupción en el caso de trata infantil que investigó y reflejó en su libro Los demonios del Edén(2004).





Embajadora de Naciones Unidas y autora de más de una docena de libros periodísticos, Cacho –invitada estrella en el pasado Hay Festival celebrado en Cartagena de Indias– aborda en su nueva obra, #Ellos hablan el machismo y la violencia desde una perspectiva poco habitual: “He dado la voz a los hombres –cuenta–. Me parece que eso es ir a la raíz del problema.

Tras años de hablar con niños y niñas víctimas de explotación sexual, me di cuenta de que tenían aproximaciones muy distintas tanto a la violencia como a su propio cuerpo. En Camboya, por ejemplo, ellas me expresaban lo que les había sucedido con claridad mientras que ellos permanecían mudos. ¿Por qué están mudos los hombres? Las feministas hemos logrado, tras 200 años, posicionar una narrativa clara, pero los hombres van como niños perdidos. Las voces ausentes, en el debate del #MeToo, son las de los hombres, así que decidí entrevistarlos: ¿cómo te convertiste en hombre? ¿cuándo empezaste a seguir los códigos a cambio de tener los privilegios masculinos? ¿cómo seduces sin hostigar? Ni los presidiarios ni los profesores universitarios se habían hecho jamás esas preguntas”.


“¿Por qué están mudos los hombres? Son los grandes ausentes, no tienen aún su narrativa”

Cacho se puso a la tarea porque “el asesinato de mujeres no empieza de golpe, no son hechos aislados, comienza por la construcción del abusador, el desarrollo psíquico del machismo, la idealización de la violencia y un modelo de liderazgo agresivo que lo ha permeado todo: la política, el cine, la literatura y la empresa. El modelo patriarcal se basa en valores como el heroísmo, el patriotismo, la dureza y la competencia. Si entendemos todos que el yihadismo debe tratarse desde su origen, ¿por qué no nos damos cuenta de que el machismo también? Los patriarcas han tenido siempre el poder, desde la antigua Grecia. Hoy, ese edificio conceptual se ha desmoronado pero los hombres aún no lo han llenado de otra cosa. No han construido su narrativa no machista”.





“El hombre común –prosigue–, que sigue los paradigmas de la masculinidad sin preguntarse nada, anda desorientado. Muchos entrevistados incluso creían que no habían vivido violencia, pero en la conversación me di cuenta de que sencillamente la habían normalizado desde su niñez. A los niños se les educa para ser misóginos. Los afectos, el amor, la ternura, o el cuidado del cuerpo propio y el del otro, se etiquetan como aspectos femeninos que hay que erradicar del varón, que es el fuerte, el que no muestra sentimientos. Así, estamos rodeados de millones de hombres con una tara brutal. Y ellos mismos son los primeros interesados en entender los mecanismos que desatan su miedo y que justifican su violencia. Decía Eduardo Galeano que las familias perpetuaban la cultura del terror, con métodos como la extorsión, el insulto, la amenaza, el coscorrón, la bofetada, la paliza, el azote, la prohibición de salir, de decir lo que se piensa, la humillación…”


Lydia Cacho ha recogido en‘#Ellos hablan’ testimonios de hombres que llegan a la violencia contra las mujeres

El libro tiene dos partes. En la primera, a lo Aleksiévich, hablan los hombres directamente –sin comentarios de la autora–, es una sucesión de monólogos de todo tipo: políticos dominantes, el hijo de un militar que asesinó a su mujer y ni siquiera fue acusado de ello, un macarra que explica cómo prostituye a menores tras enamorarlas (“eso es solo un oficio, hasta en la Biblia dice que los profetas tenían varias mujeres”), un performer sadomaso, padres que llevan a sus hijos a burdeles, un ex secuestrado con síndrome de Estocolmo al que le da miedo ir al psicólogo porque “es de maricones”, adictos a la pornografía, un marido que golpea al violador de su mujer y es encarcelado él, hijos maltratados que se convierten luego en verdugos, el hijo de un escritor seductor que cambia de novia como de pañuelo ante la mirada sufriente de su esposa y a quien “le gusta más saludar al Che Guevara o defender a los indígenas que ocuparse de sus hijos”…





El tono de esas conversaciones es de intimidad y franqueza, y están salpicadas de frases como esta de Juan: “Mi padre siempre me decía: ‘Búscate una mujer buena para casarte, a las demás nomás cogételas’, eso me ayudó mucho”. Cacho concluye que “los agresores, muchas veces, lo son para no estar del lado de los oprimidos, prefieren estar con los poderosos aunque eso les plantee problemas éticos”.

En la segunda parte, la autora da la voz a expertos, lo que llama “masculinólogos” (neurólogos, psicólogos, historiadores… hasta terapeutas de grupo de criminales). Ahí vemos, por ejemplo, la distinción entre agresividad –“un instinto natural”– y violencia, “acto voluntario hacia el que queremos someter”.

En fin, además de como investigadora, Cacho confiesa encontrarse con el machismo en aspectos de su vida diaria. “Me pasa todo el tiempo, cuando alguien quiere ligar conmigo, a veces ya no digo quién soy ni lo que hago porque creen que les voy a investigar, me hago llamar Lupe Vélez. Hay mucho trabajo que hacer en las reglas de seducción, si le dices a un hombre ‘me gustas’ se paraliza… pero esto es horizontal, chiquito, y si me gustas te lo digo”.








Fuente: LA Vanguardia

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