Este pasado jueves vi a Jordi Évole anunciarle a Pablo Motos, en El hormiguero (Antena 3), que había decidido dejar Salvados (La Sexta). Que después de once años de dar la cara y prestar el cuerpo, este domingo (hoy) emitiría su último Salvados, y que este ya legendario programa de televisión seguiría en lo sucesivo con otro periodista en pantalla (será Gonzo, parece).

Pablo Motos le preguntó a Jordi Évole a qué dedicaría este último Salvados con él dentro. “A mi barrio. San Ildefonso, en Cornellà. Quiero rendir homenaje a mis padres, a nuestros padres, que trabajaron tanto y lo dieron todo por nosotros”, resumió Évole, y Motos se dio cuenta (como yo en casa) del enorme esfuerzo de Évole por contener una emoción que a punto estaba de arrastrarle desde el corazón hasta los lagrimales. Évole se refreno y no se notó casi nada.., pero intuí que este Salvados iba a ser muy especial.

Y no quise esperar hasta esta noche. Escribí a Évole: “¿Me dejas verlo antes?” Ha sido que sí, me lo ha enviado, lo he visto. Y el que he llorado he sido yo. A veces, muy pocas veces, en la televisión es todo verdad. Ésta es una de esas pocas veces. Lo que he visto es muy potente, porque habla de nosotros, de todos los que debemos a nuestros padres, sus vidas de entrega, amor y sacrificio sin más veleidades que vernos crecer y alcanzar nuestros caprichosos sueños. Y Jordi Évole hace aquí lo que de niño aprendió en su barrio: habla con gente sencilla, de la calle, les pregunta y les escucha. Los testimonios –en el banco del parque, en la churrería, en la plaza, en la acera– trenzan vidas tremendas hechas de reveses y de coraje. Y atención: este Salvados culmina una redacción que Jordi Évole empezó ¡en 1982!, cuándo tenía ocho añitos: filmado en Súper 8 (por su padre y un amigo de su padre) vemos al niño Évole salir del colegio para explicarle el barrio de San Ildefonso a un amiguito del pueblo…

Jordi Évole, hoy con 45 años, escribe aquí la última línea de lo que empezó con ocho años: apela a los recuerdos y añoranzas de los que levantaron el barrio con sus desvelos, hoy octogenarios. Una viuda relata cómo su marido “se me cayó del andamio en la Diagonal. Aquella mañana me había dado un beso antes de irse a la obra, nunca lo hacía. La felicidad acabó aquel día”. Un anciano planta olivos y laureles en desmontes del barrio. El churrero lleva 36 años sin moverse del cubículo de la churrería, orgulloso de que su hija sea pediatra en Sant Joan de Déu. Un señor cuida de su esposa enferma en casa: “Mi vida sin ella no es nada”. Otro habla de tantos “desertores del arado” en Andalucía (como mi abuelo) para probar fortuna en el extrarradio de Barcelona. “Limpiaba dieciséis pisos, de rodillas, y le dije a la señora que me comprase un mocho”, cuenta una. “Yo he hecho lo que mi marido me ha dicho”, confiesa otra. “No digas eso, que parezco un dictador”, sonríe él. “Si yo fuese joven, no me quedaría con un solo hombre toda la vida”, tercia la amiga…

Este viaje a la semilla, esta redacción henchida de verdad y vida, de la épica de la calle, tejida con los trabajos y los días.., le ha quedado a Évole de sobresaliente. – @amelanovela




Fuente: LA Vanguardia

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