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En el Madrid de 1988 la movida daba sus últimos coletazos y el rock alternativo aún no existía. En ese periodo de entreguerras aparece Vancouvers, una banda universitaria nacida en el corazón de Malasaña enamorada de los primeros REM, Hüsker Dü y de los Green Day que tocaban en casas okupas, grupos que casi nadie conocía en la capital. Con ganas de crear y de explorar un sonido propio, el cuarteto madrileño consigue grabar cuatro álbumes llenos de power pop y punk pop que equilibran, de manera perfecta, grandes melodías con pasajes más ruidosos y experimentales. A pesar de su carácter pionero, discos excelentes como No Particular Place y Up To You y de ganarse el respeto de figuras de culto del rock americano como Alex Chilton (Big Star) y Scott McCaughey (The Young Fresh Fellows), el nombre de Vancouvers sigue sin aparecer como merece en el relato oficial del pop-rock independiente hechos aquí. Algo que, felizmente, se está empezando a subsanar con su retorno a los escenarios.

Los raros de Malasaña

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La historia de su regreso empieza con un episodio triste, la muerte de Rafa Fustes, alma mater del Flamingo, mítico local de Malasaña y uno de los epicentros de la explosión del rock alternativo en la España de finales de los ochenta. Fustes falleció el pasado mes de junio, y Vancouvers volvió a la vida tras 21 años en el dique seco para participar en un concierto de homenaje a su amigo. «Nos sentimos tan a gusto en el escenario y las canciones sonaron tan poderosas, que hemos decidido seguir. Surgió de forma natural y sin buscarlo, haciendo caso a las buenas sensaciones que hemos tenido estos meses en el local de ensayo», comenta Juan Santaner, guitarrista y compositor del grupo y veterano de la escena musical patria ahora el frente de la agencia de management Industrias Bala. Con una canción nueva recién estrenada («vendrán más», afirma Santaner), el grupo vuelve con tres miembros originales, Marta Romero (voz y guitarra), Ángel Cubero (bajo) y Santaner, y Kiki Tornado (batería y también en la nómina de Def Con Dos). «En Malasaña nos llamaban los enanos intelectuales del rock», recuerda Santaner. «Íbamos a nuestra bola, no éramos ni rockeros ni punks ni indies, pero sabíamos más de música que los otros y hacíamos canciones raras para esa época. Escuchábamos a REM, a Green Day y al primer grunge cuando nadie lo hacía. Esa es la razón por la cual nuestros temas han envejecido tan bien, y por eso no nos avergüenza recuperarlos. Ahora, cuando escuchas a los grupos españoles de indie de los noventa que vinieron después de nosotros, te das cuenta de que suenan horrorosos y te descojonas. En cambio, nuestras canciones han envejecido mucho mejor, suenan actuales y muy sólidas».

La Malasaña de entonces separa el final de la Movida con el inicio del indie. Y, aunque se trate de un periodo clave para entender el pop-rock independiente estatal, es una época de la que casi no existen documentos gráficos. Es más, algunos de los mejores discos qué se editaron en esa era son difíciles de conseguir. «No hay un archivo de ese periodo, no hay Youtube, no hay vídeos de bandas como The Pleasure Fuckers, Los Enemigos o Sex Museum. Nadie se ha preocupado de buscarlos o de digitalizarlos. De 1989 al 1995 no hay nada, es increíble. Somos el eslabón perdido entre la movida y el indie». «El indie de hoy es dantesco. Un día imita a Bunbury y al siguiente a Izal», lamenta Santaner.




Fuente: La razon

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