El golfista Tiger Woods aplaude y jalea a grito pelado a su amigo, que después de un enredo ha destapado el tarro de las esencias para sacarle brillo a una noche de claroscuros. Arranca bien Rafael Nadal, pero la réplica de Marin Cilic le desconcierta y el partido entra en un terreno pantanoso del que sale después con una hora de auténtica furia. Es un triunfo construido sobre un juego, en dos puntos, a partir del descenso de una pelota que al caer pulsa el interruptor y activa una hora de 24 quilates. 6-3, 3-6, 6-1 y 6-2 (en 2h 49m). El mallorquín abraza los cuartos y afila la mirada mientras por el horizonte asoma la pequeña silueta de Diego Schwartzman (3-6, 6-2, 6-4 y 6-3 a Alexander Zverev).

Recuerda Nadal de vez en cuando que el tenis es al fin y al cabo un juego. Dentro de ese juego, las reglas dicen que del punto se va al game y de este al set, pero cuando él está enfrente no se debe pensar más allá de la próxima bola porque de lo contrario el panorama es desesperante: dos, tres, cuatro horas encerrado en una pista con Nadal, el hombre que transforma cada punto en un laberinto con mil encrucijadas y estrangula mentalmente a los rivales. De ahí que, cuando Cilic ha perdido el primer parcial, aunque todavía quede en teoría una vida por delante, se frote la cabeza espasmódicamente como si fuera a desatornillarla del cuerpo: lo tiene muy, muy difícil.

El croata deambula por la central con dos pies como dos barcazas, confundido ya en medio de esa angustiosa sensación que, sin embargo, no le consume del todo. Se rebela y se levanta en el segundo porque Nadal ha dado un paso atrás, no anda fino y su revés se ha destemplado. Tampoco carbura bien el servicio. Llora un bebé, y se detiene al sacar; se va un par de veces al vestuario y se hidrata sin parar; la juez de silla le sanciona por retrasarse en exceso con el saque y Cilic abre una vía paralela con la derecha, raseando la pelota con acertada intención. Se forma un lío, un nudo, hasta que esa bola llovida del cielo cae a plomo y hacer pensar más de lo debido al balcánico: ahí termina la historia.

En ese compás de espera, Cilic duda. Nadal ha conseguido antes un punto a la remanguillé, voleando de espaldas y advirtiendo ya de su plan de regreso a la destemplada noche de Nueva York, donde ya no llueve y ya se juega al descubierto. Entonces (2-1 y 0-30 a su favor) llega esa devolución aparentemente imposible, la pelota sobrevolando la pista Arthur Ashe y la indecisión del croata, que envía un smash temeroso y habilita el contragolpe del español, volviendo este con todo y tirando un revés cruzado que hace trizas cualquier tipo de opción. Break en blanco. La grada explota y la pista se convierte en una pared vertical para Cilic.

De ahí al final, el gigantón (1,98) queda grogui y pierde el rumbo. Entonces Nadal percute, ataca, aprieta y se gusta para recuperar el buen tono, el mismo que lució en el estreno en el torneo y la ronda anterior. Ahora sí, la cosa está en orden. Da un paso al frente y firma un parcial demoledor de nueve juegos seguidos. El adversario tan solo puede arañar un par de juegos y él va dando zarpazos y abriéndose camino para irrumpir con fuerza en los cuartos mientras Woods le aplaude a rabiar desde uno de los palcos VIP. “Es mejor que no vea mi swing…”, bromea luego.

Aunque no ha sido una velada redonda, a Nadal todavía le da tiempo de dibujar un tiro inverosímil por el exterior de la red, después de la enésima exhibición de velocidad. Entonces clava las piernas, estruja los puños y se convierte en un volcán: quiere devorar la Gran Manzana.

Puedes seguir Deportes de EL PAÍS en Facebook, Twitter o suscribirte aquí a la Newsletter.




Fuente: El Pais

A %d blogueros les gusta esto: