Un adolescente consulta una tableta. Getty Images / atlas

Cuatro minutos. Siete pulsaciones sobre la pantalla de un móvil. Un rostro desconocido. Una ubicación… Y sexo. A Julia le ha costado exactamente 256 segundos concertar una cita con un chico para “enrollarse hasta el final” esa misma noche. No se han visto jamás y no saben nada el uno del otro. Solo han cruzado seis frases:

-Hola, ¿dónde vives? Yo soy de Madrid.

-Yo también, ¿quedamos esta noche?

-Vale, a las 21.00 por el Parque del Oeste, ¿te parece?

-Ok.

-¿Rollo hasta el final?

-Ok.

Julia no se llama Julia, pero tiene 16 años y no quiere que aparezca su nombre. El chico con el que ha quedado es moreno, lleva un tupé engominado y una camiseta de una marca surfera. Tiene los ojos claros y las cejas gruesas pero delineadas. Eso es todo lo que ha visto Julia y eso es todo lo que sabe de él, sin embargo, en unas horas ha quedado para mantener relaciones sexuales con él. Lo ha hecho a través de Azar, una app de viodellamadas gratuitas que conecta aleatoriamente con otras personas que estén conectadas en ese momento y que ya acumula más de 100 millones de descargas. “Así no es tan difícil, ya sabes a lo que vas… Te ves con él, más o menos sabes enseguida si quieres o no enrollarte y si ves que sí pues tiras, y si no, pues te vas y ya está”, resume Julia.

Eso que para Julia es “fácil” es una translación a la realidad de la pornografía a la que están habituados los adolescentes, según explica Lluís Ballester profesor titular de Métodos de Investigación en Educación de la Universidad de las Islas Baleares y coautor junto a Carmen Orte del estudio Nueva pornografía y cambios en las relaciones interpersonales, elaborado por la Red Jóvenes e Inclusión y la Universitat de las Illes Balears con entrevistas a 2.500 personas, chicos y chicas de entre 16 y 29 años de siete comunidades autónomas.

“Pornografía gratuita, de fácil acceso, con una alta calidad de imagen, ilimitada, anónima y cada vez más violenta”, apunta Ballester. La edad media a la que se inician en ella está en los 14 años para los varones y 16 para las jóvenes y la edad más temprana se adelanta ya a los ocho años. “Uno de cada cuatro chavales ya ha visto ese tipo de contenido antes de los 13. Estos datos, que son muy preocupantes, confirman lo que percibíamos: la pornografía está cambiando las relaciones de los adolescentes y los móviles e Internet están claramente relacionados con estos cambios. Incluso aunque no busques, te lo encuentras”.

Según los resultados del estudio, la «búsqueda activa» de estos contenidos es más frecuente en los hombres, el 33,1% busca pornografía y el 62,4% se deja ayudar por los amigos—. En el caso de las mujeres, el 34,7% confiesa que la encuentra sin buscarla y el 17,4% la localiza de forma activa. Chicos y chicas que conocen el sexo a través del consumo voraz de vídeos de pocos segundos, imágenes en las que no hay comunicación, afectividad o intimidad.

A Javier, la ausencia de conversaciones en el porno le parece absolutamente normal: “¿Para qué? Están follando, no necesitan hablar”. Este chaval de casi 15 años ve porno por las noches, cada noche, dice que se ha acostumbrado y ya no puede “masturbarse sin vídeos”. Todavía no ha tenido sexo con otra persona y se lo imagina como lo ve: “Molaría todo poder hacer algunas de las cosas. Lo del sexo anal, o lo del semen por ahí en el cuello… Cosas”. Se le enciende la cara cuando habla, le da “vergüenza” contarlo, pero está seguro de que no le daría hacerlo. Si se le pregunta por sexo con varias personas la cosa cambia: “Yo de eso paso. Verlo sí, pero hacerlo no”.

Javier ha sido en algún momento una de las millones de visitas que tienen actualmente ese tipo de contenido. De hecho, Ballester cuenta que uno de los más vistos en la actualidad es una violación muy violenta en grupo. “No olvidemos el aumento de las manadas en España, ahora mismo hay 101 manadas judicializadas, 350 hombres que han cogido por esto”. Cree esto responde a una «banalización de la violencia sexual». Nayara Malnero, psicóloga y sexóloga con más de 12 años de experiencia en educación sexual en institutos, arguye que «al no existir una educación sexual real ni en los colegios ni en casa, este es el modelo que siguen, y este es el precio que tenemos que pagar padres y educadores por no estar haciendo nuestra labor».

Casi un 70% de los entrevistados dice que ha recibido una educación afectivo-sexual insatisfactoria y para resolver sus dudas acuden en un 72,8% de los casos a los amigos y en el 69,1% a Internet; los padres y profesores solo son una opción para el 27,5%. «La única solución es visibilizar el sexo, ofrecer una educación relacional, no solo por los riesgos que corren, sino para que tengan unos valores y una base que les permita enfrentarse a las exigencias y abusos que se pueden encontrar», puntualiza Malnero.

Roberto Sanz, psicólogo de la Fundación Sexpol, añade además que este tipo de contenido “refuerza unos modelos y actitudes machistas que ya están presentes en la sociedad, las exacerban en el plano sexual y, como todas las ficciones, el porno genera ciertas fantasías que en este caso pueden tener que ver con relaciones de poder, agresivas”. Es lo que le ocurre a Javier, que ya no consigue excitarse sin ver porno y reconoce que cada vez necesita más.  «Creo que hasta mi móvil está acostumbrado, yo le digo ‘Siri, porno’ y ya sabe lo que tiene que hacer», bromea el adolescente, que últimamente se ha aficionado al «bdsm suave». Esto, explica Sanz, no es ninguna broma. puede llevar a los jóvenes a “aprender a excitarse con situaciones de poder”. Pero luego, sigue, «llega la realidad y genera problemas». Por un lado, el machismo que se reproduce en este tipo de sexo y por otro, «el choque brutal cuando de repente se dan cuenta de que sus novias no tienen por qué ser insaciables ni ellos son Roco Sifredi”.

Son los hombres los que lo consumen mayoritariamente (un 87%), aunque en los últimos cinco años han aumentado en un 20% las visualizaciones por parte de las mujeres. En el 43,9% de los casos (62,4% chicos y 25,3% chicas) acceden al porno en las redes para masturbarse, por curiosidad el 40% y para aprender sobre sexo el 25,4%.




Fuente: El Pais

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