Ordenando libros antiguos abro una caja y casi se me saltan las lágrimas: encuentro una docena de ejemplares de la realmente mítica colección de teatro de Cuadernos para el Diálogo, de Pedro Altares, que dirigían y traducían Álvaro del Amo, María Luisa Balseiro y Miguel Bilbatúa, sobre la que los chavales como yo, locos por la escena, nos abalanzábamos en los primeros setenta, y con razón, porque allí podíamos descubrir nada menos que a Pinter, a Stoppard, a Brendan Behan, a Beckett, a Strindberg, a Sean O’Casey, a Brecht, o al novísimo Arthur Kopit. Me fascinaban también las ediciones argentinas de Losada, donde encontré a Tennessee Williams, o las barcelonesas de Aymá, que publicaba textos “difíciles”, como Retorno al hogar, de Pinter, que montó Luis Escobar, o el Marat-Sade de Weiss, que estrenó (y protagonizó) Marsillach, pero en lo alto del podio figuraban los libros de Cuadernos, del mismo modo que si tuviera que elegir entre lo mucho y bueno que se está publicando hoy en ese negociado, diría que mi editorial de cabecera es segoviana y se llama La Uña Rota.

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Fuente: El país

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