Moda

Una miss en armas | España

Angela Ponce, Miss Universo España, en Madrid. Jaime Villanueva | atlas

Margaret Gorman, Conrad Elckhom y 100.000 personas. Gorman, 16 años, fue la primera reina de la belleza, Miss América. El segundo, un Donald Trump avant la lettre y dueño del balneario de Atlantic City, fue el encargado de reunir un año antes a varios empresarios y proponerles una acción comercial: hacer competir a más de 300 adolescentes por un premio de 100 dólares. El concurso se celebró en 1921 y fue un éxito: una muchedumbre vió cómo a Gorman se le ponía una banda que la distinguía como Miss América, aunque el concurso sólo estaba ceñido a Camden, Harrisburg, Nueva York, Newark, Ocean City, Philadelphia, Pittsburgh, Washington y Atlantic City, el potencial ámbito comercial de los organizadores.

Como la historia no sólo camina en una dirección, ese año, 1921, las mujeres consiguieron tener derecho a voto en Estados Unidos. Los movimientos feminista y conservador, cada uno escandalizado por distintas razones, lograron cancelar el concurso años después. Pero tras el crack de 1929, se volvió a organizar: había que obtener beneficios de lo que fuese. “Tan sencillo como deprimente: hombres de dinero decidían sobre la imagen y el estatus de las mujeres en la sociedad dependiendo de las fuerzas del mercado”, escribe la escritora dominicana Raquel Rosario Sanchez en El Plural.

El certamen llegó a España en 1929. Fue conocido como Señorita de España hasta 1960, cuando incorporó el Miss. Y despegó en 1991, en el momento en que Telecinco se hizo cargo de su retransmisión. En la década televisiva de Jesús Gil, las mamachicho y toda clase de programas destinados a la explotación de la mujer como objeto de deseo, Telecinco y Miss España se prometieron amor eterno. Eso fue hasta 2008. Y el concurso, lleno de deudas, murió tres años después. Precisamente este año se trata de resucitar.

“Telecinco lo subió y Telecinco lo dejó caer. Yo veía cosas que no me gustaban, y pensaba que si podía organizarlo yo, sería distinto”. Guillermo Escobar era el responsable de expansión de Miss España. Él se hizo con la licencia de Miss Universo, montó una empresa (Be Beautiful Spain, con sede en la calle Velázquez de Madrid) y dispuso dos certámenes de belleza, Miss Mundo España y Miss Universo España. “Estos concursos”, dice Escobar, “son herramientas con las que empoderar a las mujeres. Se busca un tipo de belleza no sólo externa. Se busca una mujer con mensaje, que tenga personalidad, que transmita, que conozca la realidad en la que vive”.

El mensaje de Escobar es homologable con cualquier concurso de misses del mundo, incluido el que se encuentra en las bases de Miss Universo. Es un discurso, dice Marisa Soleto, presidenta de la Fundación Mujeres, que intenta acomodarse de la forma que sea a la sociedad del movimiento Me Too, del 8M español, de la revolución feminista.

Esa adaptación a la que se refiere Soleto ha provocado escenas como la del concurso de Miss Perú el año pasado. Las candidatas a reina de la belleza se presentaron así en el escenario: “Mi nombre es Camila Canicoba y represento al Departamento de Lima. Mis medidas son 2.202 casos por feminicidios reportados en los últimos 9 años en mi país”, “mi nombre es Melody Calderón y mis medidas son: 81% de agresores a niños menores de cinco años son cercanos a la familia” o “mi nombre es Samantha Batallanos y mis medidas son: una niña muere cada 10 minutos producto de la explotación sexual”. Entonces Luciana Olivares, arquitecta de la campaña, dijo esto a CNN: “Lo que buscamos es que esta discusión sobre la belleza sea capitalizada por la fuerza que la belleza puede tener. Cómo las mujeres se transforman en activistas y no en maniquíes”. Esa noche en Perú, cuando la audiencia se sentó a ver un apacible certamen de misses llenas de buenos deseos, el mensaje cayó como una bomba.

Y aquí entra Ángela Ponce (Pilas, Sevilla, 1991). Más que una belleza, Ponce es la fuerza que la belleza puede tener para proyectar un mensaje.

-¿Cuándo fuiste consciente de que eras mujer?

-¿Cuándo supiste tú que eras hombre?

Ponce se sienta en un sofá con un vestido largo, banda de Miss España y corona de reina. “¿Te importa si me siento así de cualquier manera?”, pregunta quejándose de la postura oficial: espalda recta, cabeza de lado, sonrisa artificial. Ponce es la primera mujer transexual que puede ser nombrada Miss Universo. Lleva toda la semana atendiendo a medios de comunicación de todo el mundo. Está en Madrid, capital del Orgullo que este año, además, es el orgullo transexual. Ángela Ponce es un símbolo y, como símbolo, ha despertado la histeria y la ira de cientos de hombres que, a través de las redes sociales, se han burlado de ella, la han insultado y amenazado por el hecho de ser mujer.

“Yo he tenido siempre problemas, sí. Y eso ha construido en mí algo positivo y también algo negativo. Me creé una barrera, me protegí para sobrevivir. Te haces fuerte y maduras antes. Lo que para mis amigas era el fin del mundo, para mí era una tontería. Yo convivía con ataques muy fuertes, que iban directamente contra mi identidad: burlas hacia lo que yo era. Una decía ‘a alguien no le gusta este vestido, voy a casa y me cambio’. Si a alguien no le gustaba mi vestido, a mí sí, ¿y? No quiero cambiar quién soy, como para cambiar de ropa”.

Los obstáculos no desaparecieron como modelo profesional. “Me ha ocurrido con firmas conservadoras o grandes empresas. Voy al cásting, me eligen a mí y a los tres días me llaman de la agencia para decirme que han visto en mis redes sociales que soy trans y que no quieren trabajar conmigo. Pero es curioso, porque cuando voy por la calle sí me permiten ir a sus tiendas, a sus marcas, a comprar ropa, ¿no? Eso puedo hacerlo. Pero no puedo desfilar con esas prendas”.

Ponce es activista y colabora con la Fundación Daniela, una entidad que trabaja para garantizar los derechos de niñas y niños transexuales. Acude a los colegios, da charlas, participa en actividades. “Tengo dos madres, la mía y África Pastor”, dice a este diario. África Pastor es la vicepresidenta de Daniela. Atiende a EL PAÍS por teléfono. “Ángela es modelo y está cumpliendo el sueño que tuvo de niña. ¿Eso puede molestar a alguien? ¿Tiene algo de malo? ¿Es mejor que no se presente? No. Esto es positivo, muy positivo”, dice. Ponce, dice Guillermo Escobar en sus oficinas de Velázquez, “es un mito”. “Nuestro lema es: ‘Somos más de lo que ves’, y eso Ángela lo cumple a la perfección, porque ella sobre todo es lo que no se ve”.

Lo que se ve es 90-61-90, y es evidente que si eso no se viese no podría ser Miss España. Marisa Soleto reconoce que a ella “difícilmente” le puede gustar un concurso de mujeres que se usa para imponer un cierto cánon de belleza, pero advierte de que hay que relativizar. “Una cosa es que las chicas no tengan otra alternativa que hacer estas cosas, y otra que elijan libremente participar. Es un espectáculo que hay que entender como tal”, dice. El problema, prosigue, es que cuando se necesita reivindicar derechos se tenga que echar mano también de “lo más rancio” para hacerlo.

Soleto da con una de las claves: promover el progreso desde lo que, en cierto modo, está fuera de tiempo. Emilio García, activista del Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid (COGAMI) pone el foco en lo que ha provocado la elección de Ponce, los furibundos ataques personales contra ella y la comunidad LGTBI. “A mí los concursos de belleza me parecen una cosificación de las personas. Pero conviene no perder de vista lo importante: me parece indignante que no se abran investigaciones judiciales contra algunas de las declaraciones que se han realizado juzgando la participación de Ángela Ponce en el concurso”.

Es la paradoja de la elección de Ponce. Ha servido para visibilizar la diversidad sexual, y no sólo eso, sino también para visibilizar la intolerancia que existe en la sociedad y que se exhibe en cuanto puede y con la mayor violencia. Todo ello, a través de un concurso en el punto de mira del feminismo por cosificar a la mujer y reducirla a unas medidas.

-¿Qué opina de los concursos de belleza?

Ángela Ponce, a punto de levantarse para irse a otra entrevista, se pone seria. “La belleza vende. Vamos a El Corte Inglés, ¿y cuál es su imagen? Blanca Padilla, Alessandra Ambrosio. En mi caso, Miss Universo es una ventana muy grande al mundo. Un certamen de belleza depende mucho de cómo lo quieras focalizar. Para mí es una oportunidad increíble para que me conozcan y vean que soy una niña más, una niña como otra. Que el mundo escuche mi mensaje y que lo piense y lo procese. Yo no quiero llegar allí y decir que quiero la paz en el mundo, ni pedir diversidad o tolerancia. No. Quiero que eso se sienta. Quiero que vean que hoy es mi realidad, pero mañana vamos a ser madres y padres, hermanas, tíos, abuelos, y va a ser la realidad de otra gente. Por eso es importante que la tolerancia no sea sólo un discurso”.




Fuente: El país

Comentar

Click here to post a comment

injerto
injerto