Toda familia tiene sus secretos y casi todos los secretos sus miserias. Con la venta de Neymar al PSG, 222 millones de euros, el Barça ha engrandecido su maldición: los traspasos de jugadores nunca son compensados. Los que se van son mejores que los que llegan. Así es desde 1961.

La maldición del Barça es menos contundente y novelesca que la del Benfica, “condenado” por un entrenador despechado, el austrohúngaro Béla Gutmann, a no volver a ganar en cien años otra Copa de Europa. El tipo había pedido un aumento de sueldo… No se le concedieron –pese a haber conducido al Benfica a sus dos títulos europeos– y ahí quedó, certera, la maldición.

El Barça se condena solo, sin necesidad de terceros ni leyendas. El asunto es simple y se observa desde el traspaso de su estrella emergente, el gallego Luis Suárez, al gran Inter de Helenio Herrera por una suma récord (25 millones de pesetas): vendemos caro, compramos peor.

A estas alturas de la temporada, Dembélé y Coutinho son incompatibles, sin ánimo de ofender. Quizás se llevan muy bien fuera del campo, se felicitan los respectivos cumpleaños y ya se sienten unos barceloneses más –antes la prensa certificaba esta condición mediante paseo por la Rambla, con foto obligada del futbolista bebiendo agua de Canaletes– pero cuando juega el uno, no juega
el otro y a eso se le suele llamar ­incompatibilidad.

El asunto no tendría nada de extraordinario si se tratase de Calderé y Rojo, Óscar y Roger García, Chumi o Riqui, pero estamos ante dos fichajes de una cuantía excepcional (120 millones el brasileño, 105 el francés, más las consabidas “variables” que suman unos 80 millones).

Toda la vida, la gente del fútbol –los que viven de esto y no de opinar– ha sostenido que los buenos jugadores nunca son incompatibles en un mismo once. Esa teoría no se está cumpliendo en este Barça y agrava las sospechas comparativas sobre Coutinho, que para algo es el más costoso, el más veterano y el más apesadumbrado. Uno ha visto pocos futbolistas brasileños que transmitan tanto pesar…

Los traspasos de Suárez, Maradona, Ronaldo, Luis Figo o Neymar nunca fueron bien compensados. Más bien lo contrario: el club fichó deprisa y corriendo –con sobreprecio– a jugadores a los que le pesó la presión y la sombra del ausente. El barcelonismo, a diferencia del tudelanismo, nunca ha entendido que un jugador quiera irse. Y le hace pagar el pato al sustituto. Aunque en el caso que nos ocupa, no toda la responsabilidad sea atribuible a Valverde. Una poca, quizás.




Fuente: LA Vanguardia

A %d blogueros les gusta esto: