Ya sabíamos que algunos anunciados dislates (el Oscar por votación popular, algunos premios concedidos durante las pausas publicitarias, la exclusión de tres canciones nominadas interpretadas en directo) se corrigieron a tiempo, y también que no habría maestro de ceremonias, defenestrado por imprudentes declaraciones del pasado el showman Kevin Hart, y como si no hubiera tiempo de buscarle un sustituto. O sustitutos, a cuatro manos, como en los Goya: ¡cuánta sal y pimienta no habrían vertido, por ejemplo, Alec Baldwin y Kate McKinnon, dos titanes del Saturday night live con toneladas de carisma!

El beso.Rami Malek besa a Lucy Boynton tras recibir el Oscar al mejor actor por Bohemian rhapsody
(Mike Blake / Reuters)






La ausencia de esta figura pronosticaba un grave revés al espectáculo: el maestro de ceremonias, año tras año (con mayor o menor crueldad según su talante), usaba sistemáticamente el dardo mordaz, en ocasiones macerado en cicuta y lanzado con infalible puntería a las estrellas rutilantes, y así ganaba los ánimos del público presente o televidente desde los diez primeros minutos. Los presentadores de cada premio, generalmente en pareja, suelen hacer chistes (malos la mayoría), pero raras veces escupen veneno. No es lo mismo.

Así pues, hubo menos humor, menos ironía, ni molécula de agresividad verbal, aunque sí payasadas: los estrafalarios atuendos con que Melissa McCarthy y Brian Tyree Henry presentaron el Oscar al mejor vestuario. Fue una ceremonia en la que imperaba la velocidad. La consigna era mantener viva la audiencia, y debió cumplirse, pues la fiesta duró unos 40 minutos menos de lo habitual, aunque los largos parlamentos siguen siendo la lacra crónica: una pareja de presentadores, que es a quienes el público gusta contemplar (pongamos Jennifer Lopez y Chris Evans), podía comparecer y cantar el premio en veinte segundos, pero luego los ganadores invertían dos minutos en agradecimientos. El tedio de siempre, al parecer insalvable.

En castellano.Alfonso Cuarón en el momento de recibir el premio de manos de Angela Bassett y Javier Bardem
En castellano.Alfonso Cuarón en el momento de recibir el premio de manos de Angela Bassett y Javier Bardem
(Mike Blake / Reuters)

Lo más grato fueron la canciones, con la propina del breve número de Queen inicial. Todas las actuaciones tuvieron como signo distintivo cierta austeridad y mucha elegancia: la suave atmósfera blanquinegra del documental RBG, la dulce magia nocturna de El regreso de Mary Poppins, el bellísimo decorado de Far West iluminado como si de un planeta lejano se tratara de La balada de Buster Scruggs y el momento más esperado y emocionante, la canción Shallow, de Ha nacido una estrella, interpretada por Lady Gaga y Bradley Cooper, el colmo del minimalismo muy competentemente filmado desde el propio escenario con el público al fondo. Más corta y con menos parafernalia: ¿una gala de serie B?





Por lo demás fue otra edición según los previsibles cauces de adocenamiento habituales, sin salirse del carril (¿cuántos años deberemos esperar para degustar otro momento como el de La, la, land no, Moonlight sí), y la más correcta políticamente, al servicio de todas las causas, todos los colores, todos los géneros, todas la lenguas (Javier Bardem, que entregaba con Angela Bassett el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, habló en castellano), todas las diferencias, etcétera.

Alegría compartidaVestido de púrpura en honor a Prince, Spike Lee se lanza a los brazos de Samuel L. Jackson
Alegría compartidaVestido de púrpura en honor a Prince, Spike Lee se lanza a los brazos de Samuel L. Jackson
(Valerie Macon / AFP)

Destacó por méritos propios un pintoresco y exhibicionista Spike Lee, por su uniforme (gorra, traje y gafas de color lila), que hacía pensar en un mozo de tren o un limpiabotas de hotel de los años treinta, y por su desafío a las leyes de la brevedad en su combativo discurso de agradecimiento, en el que se remontó a los años de la esclavitud y a sus antepasados africanos. Se lo perdonamos todo: no es un cualquiera.





Otro momento simpático fue la aparición, tras un fragmento muy Queen de Wayne’s world (¿o sería Wayne’s world 2?), de sus dos cómicos protagonistas, Mike Myers y Dana Carvey, encargados de elogiar Bohemian rhapsody, en la que el primero asume casi irreconocible un papel secundario.

Lo imperdonable: ni una cita, ni un homenaje a Stanley Donen, fallecido el día antes. Donen, que tanta luz, alegría y arte aportó a Hollywood, y ni mu. Avergüénzate, Oscar; avergüénzate, Hollywood.








Fuente: LA Vanguardia

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