Son las seis y media de la mañana y, en vez de llegar, estoy saliendo de casa. Sentada en el portal hay una chica devorando una hamburguesa. Casi me trago a las dos. Ella ahoga la fiesta que trae encima en su Big Mac; yo voy a caminar durante siete días seguidos con un plátano en la mochila. No sé quién está más loca.

El primer paso de este camino es tentativo, por el tropezón y porque aún —ya con las botas puestas, ya en la calle— no tengo claro si esto es una buena idea. He aceptado el encargo —salir de casa, andar en línea recta una semana y contarlo— en un claro ejemplo de venirme arriba.

“Caminar es tendencia”, me dice el jefe para endilgarme el tema. “Caminar como acto radical, filosófico, ecológico, feminista, poético… De los peripatéticos griegos a Thoreau, los pensadores han caminado; están saliendo un montón de ensayos”. Y yo, “claro, claro”, aunque no tenía ni idea. Pero pienso: “Oye mira, una aventura, los niños lejos de vacaciones, se me cae la casa encima, igual adelgazo”.

La boca del Metro de La Latina, en el centro de Madrid, a las seis y media de la mañana.
La boca del Metro de La Latina, en el centro de Madrid, a las seis y media de la mañana. david expósito

Paso la siguiente semana haciendo estiramientos y leyendo de puntillas sobre andar. Fragmentos de novedades como Caminar; las ventajas de descubrir el mundo a pie, de Erling Kagge o Hiking with Nietzsche, de John Kaag. Clásicos reeditados (Caminar, de Henry David Thoreau; Caminar, de William Hazlitt y Robert Louis Stevenson), y clásicos recientes (Elogio del caminar, de David Le Breton; Andar, una filosofía, de Frédéric Gros).

Doy un paseo corto por los versos de Machado y Claudio Rodríguez, repaso las caminatas de Wordsworth y el deambular de Baudelaire. Me acuerdo de dos flâneurs que conozco y me caen fenomenal, vagabundos poéticos en mi propia ciudad: Belén Bermejo (Microgeografías) y Sergio C. Fanjul (La ciudad infinita).

Le echo un ojo feminista a Flâneuse, de Lauren Elkin y La revolución de las flâneuses, de Anna María Iglesia. Me gusta tanto Wanderlust, una historia del caminar de Rebecca Solnit (la de Los hombres me explican cosas) que lo meto en la mochila a pesar de sus 463 páginas y sus 615 gramos.

Paso de todos los libros que contienen mindfullnes, Dios o trekking en el subtítulo.

La salida de la ciudad arranca en el parque Madrid Río, frente a las naves del Matadero. A primera hora del día hay deportistas y mayores que aprovechan el fresco para pasear.
La salida de la ciudad arranca en el parque Madrid Río, frente a las naves del Matadero. A primera hora del día hay deportistas y mayores que aprovechan el fresco para pasear. David Expósito

Ante mi entusiasmo, el jefe también se viene arriba y me regala la novela Los anillos de Saturno de W.G. Sebald, un tocho sin separación entre párrafos en el que el “Joyce del siglo XXI”, recorre Suffolk con los pies y la historia de la humanidad con la mente. Siento que es una pendiente de arena y lo dejo para luego. Por aligerar, releo una vieja edición de Austral que anda por casa de Viaje a la Alcarria, y el librito, corto y costumbrista, me regala un destino.

El viaje de Camilo José Cela acaba casi en Zorita de los Canes, un pueblo de Guadalajara que conozco porque está cerca de mi casa del campo. Suena a pija, pero no. Es un chalecillo sesentero que compraron mis padres hace casi 30 años, en lo alto de la Sierra de Altomira, perdido en un bosque hosco donde cuesta que crezca nada más allá de pinos y jara. Si acaso una adelfa que lo aguanta todo. En verano es asfixiante, en invierno, una nevera y la tele es de tubo. Fui con ellos algunos fines de semana sin plan de mi adolescencia, a jugar al Pictonary y al Tabú, a hacer puzzles. Pero la verdad, fui más luego, con novios, a jugar también, tú ya sabes. Cuando más he ido, sin embargo, ha sido con mis hijos, es el sitio donde suelto los cachorros.

Pasarela bajo el tren de cercanías y junto a la autovía de Andalucía a las afueras de Madrid.
Pasarela bajo el tren de cercanías y junto a la autovía de Andalucía a las afueras de Madrid. david expósito

El viaje de donde fuera que viviese en los últimos 30 años a esta otra casa, lo he hecho cientos de veces. Siempre en coche, sin mirar mucho por la ventana. Sin parar nunca, ¿parar a qué en una hora y pico de viaje? Últimamente lo aprovecho para ver Twitter, apenas levantando la vista para comprobar por dónde vamos de la ristra de pueblos que me sé de memoria porque mi madre la recitaba solo para ponerme nerviosa: Rivas, Arganda, Perales, Tielmes, Carabaña, Orusco, Ambite, Mondéjar, Albares, Almoguera, Zorita de los Canes, Almonacid, Albalate de Zorita.

Dice Rebecca Solnit en el prólogo de Wanderlust (traducción libre: lujuria por vagar) que ir en avión o en coche supone cortar el tiempo y el paisaje, mientras que “cada caminata se mueve a través del espacio como un hilo atravesando una tela”. Eso haré: repetir el camino mil veces rasgado, hilvanándome con el terreno y las horas. Una puntada bajo una autopista, otra sobre el puente de un río. El camino conocido, una perspectiva nueva.

Cuando se acerca la fecha de dar el primer paso todo el mundo tiene una idea brillante. “Lleva un pulsómetro que mida tus zancadas”, “geolocaliza en tiempo real tu ubicación”, “ponte una Go Pro entre las tetas”. O todo lo contrario: “¡Hazlo sin móvil!”. Pfff, la peña. Lo más repetido: “Si no vas sola, no vale”. Me niego a todo, a estas alturas he leído suficiente para saber que caminar no es un reto, ni deporte, ni turismo. Es otra cosa. Ni siquiera sumo cuántos kilómetros voy a hacer junto a un fotógrafo que no conozco, entre 100 y 150, no importa. Este es un camino particular. Mío y extraño. Sobran los detalles, nadie lo va a repetir nunca, ni yo siquiera. No es una guía, es una duda: ¿Por qué caminamos?

Vista de la M-40 desde el tanatorio. Los nudos de las autopistas son las fronteras que hay que superar para salir de la ciudad.
Vista de la M-40 desde el tanatorio. Los nudos de las autopistas son las fronteras que hay que superar para salir de la ciudad. David Expósito

Voy abierta a la improvisación, pero con un plan: etapas de entre dos y seis horas que acaban en alojamientos (si puede ser, con piscina) y caminos seguros, lo que supone pisar el menor asfalto posible para no morir en un arcén arrollados por un camión, lo cual implica horas de planificación en páginas de vías verdes, pecuarias, sendas y rutas por el campo. Yo camino como escribo, que es como soy: todo parece que se me acaba de ocurrir, pero lleva mucho rumiado. Y siempre llamo a un experto.

Juan García es un activista del caminar, todo es política. Pertenece a Ecologistas en Acción, mis héroes de peatona desde que consiguieron tumbar la moratoria de Madrid Central, donde vivo. “Has escogido la salida menos vistosa a pie de la ciudad”, me dice. Se las sabe todas, lleva años abriéndolas al paso público, retirando obstáculos, liberando caminos. Le va la marcha, literal y figurada: se ofrece a acompañarme durante la primera jornada y trae un compañero. Allá vamos, una Dorothy de mediana edad y sus tres desconocidos por el camino de baldosas amarillas que lleva a Albalate de Zorita (Guadalajara). Pasamos por un aparcamiento en el que se lee “Entrad despacio”. Y empezamos desobedeciendo: Vamos despacio sí, pero salimos.




Fuente: El Pais

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