Todo Hong Kong estaba allí. Dos millones de personas, según los organizadores, que ante las gigantescas dimensiones de la marcha tardaron nueve horas en poder ofrecer esa cifra. La tercera manifestación en una semana contra el proyecto de ley de extradición ha sido la mayor de todas, y con diferencia. Ha doblado la participación de la del domingo pasado y es la más gigantesca de la historia reciente de Hong Kong. Ocho horas después de que la cabeza de la marcha emprendiera la ruta, la cola aún no había terminado de llegar al final. Si Carrie Lam, la ministra jefa del Gobierno autónomo pensó que desactivaría las protestas ciudadanas al anunciar el sábado la suspensión del proyecto de ley de extradición, la respuesta ciudadana le ha demostrado que se equivocó por completo.

Con el caer de la oscuridad, decenas de miles de personas se encontraban concentradas de nuevo la avenida frente al Parlamento autónomo hongkonés, como hicieron decenas de miles de jóvenes el miércoles pasado para rodear la sede del legislativo e impedir que se tramitase el denostado proyecto de ley, que por primera vez autorizaría la entrega de sospechosos a China. El uso de la fuerza policial, condenada por excesiva por el colegio de abogados y organizaciones de derechos humanos, para disolver esas protestas había indignado aún más a unos ciudadanos ya indignados porque el gobierno autónomo hiciera caso omiso de sus multitudinarias protestas.

“¡Carrie Lam, dimite! ¡Retirada del proyecto de ley!”, gritaban los participantes en la protesta, que se desarrolló de manera absolutamente pacífica. En cabeza de la marcha, discapacitados en sillas de ruedas. Detrás de ellos, el resto de la arrolladora marea humana: niños, ancianos, hongkoneses, extranjeros, acomodados, familias enteras. Grupos que tocaban tambores. Jóvenes con la cara cubierta por máscaras. Adultos llevando globos negros. En algunos puntos, simplemente por la pura aglomeración, la marcha debía detenerse o avanzar centímetro a centímetro. De las bocas de metro seguía llegando gente para sumarse al largo, larguísimo dragón. Varias estaciones tuvieron que cerrarse debido a la saturación.

El negro era el color que vestían todos, el color elegido para simbolizar la ira ciudadana. También el dolor por la muerte de un joven activista fallecido la noche anterior tras colgar un cartel de protesta en lo alto de un edificio.

Muchos llevaban flores blancas —margaritas, rosas, lirios para, al paso de la manifestación, depositar un homenaje simbólico en el lugar donde cayó el joven. Bobby, un adolescente de 16 años que participaba por primera vez en una manifestación, era uno de ellos. No asistió a la del domingo anterior, en la que marcharon algo más de un millón de personas, pero ver las escenas de violencia policial el miércoles y enterarse de esa muerte le decidió. “Me di cuenta de que a este Gobierno no le preocupan sus ciudadanos, y que Carrie Lam no nos escucha. Pensé que tenía que venir para que el Gobierno sepa cómo me siento”.

Como Bobby, muchos otros manifestantes expresaban su indignación contra la jefa del Gobierno autónomo, a la que acusan de, simplemente, intentar ganar tiempo al suspender la tramitación del proyecto de ley. “Si fuera sincera, lo retiraría completamente. Pero lo que quiere es que nos callemos la boca, nos volvamos a casa y entonces hacer lo que quiera. Pues se va a encontrar que ni nos callamos ni nos volvemos a casa”, aseguraba Annie, una banquera de 50 años que, armada con un paquete de folios, caligrafiaba mensajes de protesta para quien los quisiera lucir en la manifestación. “Esta idea se me ocurrió a mí. No hay líderes, cada uno contribuye con lo que se le ocurre a esta manifestación y yo pensé en hacer esto”, explica.

Sus carteles reiteran los mensajes que los ciudadanos han repetido machaconamente los últimos días. “No nos disparéis”, “Amamos nuestra libertad”, “Carrie Lam, vete”, “No a la odiosa ley de extradición”. Annie sí estuvo en la manifestación de hace una semana, pero calcula que la de este domingo es aún mayor: “a estas horas había menos gente. Esta vez, el gobierno ha enfadado de verdad a la gente”.

La órbita china

La manifestación de hace una semana tenía una única exigencia, retirar el proyecto de ley de extradición. Muchos hongkoneses lo ven como un intento de integrar un poco más a Hong Kong en la órbita de la China continental y diluir el sistema de democracia y libertades que la excolonia británica tiene prometido hasta 2047. La de este domingo, tenía cinco: tirar a la papelera definitivamente la propuesta de ley; disculpas oficiales por la violencia policial; compromiso de no presentar cargos contra los manifestantes detenidos en las protestas estudiantiles del miércoles; dejar de describir esa concentración como “disturbios”. Y dimisión de Lam.

Seis horas después de que comenzara la manifestación, la jefa del gobierno pedía disculpas en un comunicado. “La ministra jefa reconoce que deficiencias en el trabajo del gobierno ha desatado controversias sustanciales y disputas en la sociedad, decepcionando y entristeciendo a mucha gente”, indicaba el documento distribuido por su oficina. Lam también se compromete a “aceptar sincera y humildemente todas las críticas, mejorar y servir al público”. Un paso muy poco habitual en la política de Hong Kong, o de la China continental.

Pero era demasiado poco y demasiado tarde para los manifestantes que seguían concentrados en torno al legislativo y las oficinas de la ministra jefe, en el centro de Hong Kong. Jimmy Sham, el presidente del Frente de Derechos Civiles y Humanos de Hong Kong -la agrupación convocante de la marcha de este domingo- declaraba al periódico South China Morning Post que la declaración de Lam no responde a las exigencias de los ciudadanos. “Los hongkoneses no pedimos únicamente una disculpa, y ella no ha respondido a ninguna de nuestras cinco exigencias”.

A esas alturas, la cola de la manifestación aún se encontraba a mitad de camino. En el paso elevado que cruza la avenida frente al legislativo, muchos de los manifestantes escribían carteles, en diversos idiomas. “¡Ánimo, Hong Kong!, ¡Dejad de disparad a nuestros estudiantes!”. Ya de camino de regreso, otros abucheaban a la policía en la comisaría central de Wanchai, cercana al legislativo y de donde salieron muchos de los agentes que el miércoles cargaron contra los manifestantes, en unos enfrentamientos que dejaron al menos 81 heridos. “¡Disculpaos! ¡Disculpaos!”

 

 




Fuente: El Pais

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