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Un mar de tragedias migratorias en Túnez | Internacional


Bir Alí Ben Khalifa es un polvoriento pueblo del sur de Túnez incrustado entre interminables hileras de olivos y descampados colonizados por bolsas de plástico. Empujados por el hastío y bien provistos de ilusiones, de aquí salieron 14 muchachos rumbo a Europa. Una decena, original de este pueblo, no volvió. Entre ellos, Najam Eddín Lahmar, un adolescente de 17 años. Su padre, un jornalero de 43 años que aparenta una veintena más, muestra una actitud más bien resignada. Maktoub, (escrito, en árabe), suelen suspirar los tunecinos para sobrellevar mejor los reveses del destino. “He hablado con algunos de los supervivientes y no me creo la versión oficial”, espeta, sentado en un café del pueblo.

Según las autoridades, se trató de un “accidente”, mientras los dos navíos jugaban al gato y al ratón en el Mediterráneo. Jaled y su amigo Hafez, dos jóvenes actores aficionados, ofrecen una versión muy diferente. “Durante un par de horas, la fragata nos persiguió. A través de un micrófono, ordenaba al capitán que se detuviera. Cuando ya estábamos a punto de llegar a aguas internacionales, y con un proyector iluminándonos, nos dio un golpe en un lateral. Sin duda, fue aposta”, denuncia Jaled, aún traumatizado. La embarcación volcó, y ambos chicos se encontraron varios metros bajo el agua. “Muchos chicos venían de pueblos del interior, y no sabían nadar. Ellos fueron quienes se ahogaron. Tuve suerte de que vivo cerca del mar y en verano voy a la playa”.

Tras lustros reclamando un hospital, en Bir Alí hace unos meses se terminó al fin su construcción. Sin embargo, no hay fecha prevista para la inauguración. Faltan aún la maquinaria, las provisiones y los recursos humanos. “No hay industrias, y las infraestructuras son precarias. La mitad de viviendas no tiene agua corriente”, afirma Habib Eltayeif, director de escuela y responsable del poderoso sindicato UGTT, que hace días paralizó el pueblo con una huelga en protesta por las muertes de los jóvenes y la falta de desarrollo.

“Llevo años trabajando días sueltos. De camarero, en la construcción (…). El sueldo es de 15 dinares [cinco euros]. Así no se puede vivir”, explica Hafez al ser preguntado por qué decidió emigrar. “Con la Revolución, dijeron que se abría una página nueva para Túnez. Que los jóvenes tendríamos trabajo. Pero las promesas no se cumplieron y nuestra vida no ha mejorado en nada”, agrega.

Antes del malogrado viaje, Jaled rompió con su novia con la que llevaba tres años al no poder reunir los fondos necesarios para la boda. Menos cuesta un “billete clandestino” hacia Europa. Concretamente, 2.000 dinares (unos 650 euros). “Un intermediario vino al pueblo e hizo correr la voz. Luego nos coordinamos con él a través de Facebook”, explica Jaled. De acuerdo con el plan, los harragas (inmigrantes clandestinos, en dialecto tunecino) llegaron por sus propios medios a la isla tunecina de Kerkennah, situada a unos 20 kilómetros de la costa. Desde allí, tras varios días de espera en una villa, zarparon rumbo a Italia. “Sabía que era arriesgado. Pero no tenía los más de 10.000 [casi 3.500 euros] dinares que piden por el visado legal”, tercia Hafez, en referencia al servicio de gama alta que ofrecen las redes mafiosas gracias a la colaboración de diplomáticos corruptos de alguna embajada europea.

Una boom migratorio sin una causa clara

Según una encuesta de la fundación FTDES, un 56% de los jóvenes tunecinos desea emigrar a Occidente, y un 30% incluso de forma ilegal. Sin embargo, no ha sido hasta finales de este verano que se han multiplicado las salidas. Mientras que en todo 2016 llegaron a las costas italianas unos 1.200 tunecinos, la cifra a partir de septiembre supera los 3.200. En las redes sociales, circulan como la pólvora vídeos en los que los chavales recién llegados a las playas sicilianas expresan su excitación. No hay mejor reclamo. Solo en Bir Alí, desde junio han partido unos 500 jóvenes (su población es de 60.000 personas). Un auténtico éxodo. “Las causas de este fenómeno no están aún claras”, reconoce Rim Bouarrouj, del FTDES. El hecho de haber coincidido con un brusco descenso de la inmigración desde Libia ha suscitado todo tipo de suspicacias.

Una de las posibles explicaciones reside en la crisis de la pesca tunecina. La ciudad de Sfax es uno de los centros neurálgicos de esta industria. Y es precisamente de esta provincia de donde parten buena parte de las embarcaciones. “Los bancos de peces han descendido un 60%. Y en cambio el coste de la vida se ha disparado. O el Gobierno nos deja pescar con técnicas ahora prohibidas, o nos deja colaborar con los harragas”, sentencia Lazhar, un veterano pescador con 40 años de mar a sus espaldas, todos gravados en su dorado rostro. “La gente está desesperada. Muchos venden sus barcas a mitad de precio”, le interrumpe su viejo colega Mongi. Es bien sabido que algunos pescadores colaboran con las redes de emigración clandestina.

“Entre los 150 procesados en relación con la migración ilegal, varios son policías corruptos. Ahora bien, ¿existe una política de Estado para mirar hacia otro lado? No lo sé”, se sincera una fuente judicial de Sfax. 




Fuente: El país

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