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Un juicio entre paradojas, por Antoni Puigverd

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Estamos en el mes de marzo pero han florecido en Madrid los ciruelos de jardín como prometiendo tiempos más felices en el corazón de este invierno ibérico, seco y áspero. Pero ayer la capital se despertó con un triste sombrero de nubes. Una luz cabizbaja acompañó mi trayecto hacia la sede del Tribunal Supremo. Llegué con más de una hora de antelación en previsión de colas y complicaciones, pero no se percibía expectación alguna en los alrededores del palacio. Sólo una ristra de fotógrafos y cámaras acotados cerca del palacio para atrapar imágenes de visitantes famosos daba cuenta del supuesto impacto mediático de un juicio que en el Madrid de la calle es completamente inexistente. Primera paradoja para un cronista que, como el que firma este papel, lleva años forzosamente ensimismado por las emociones catalanas, siempre a tan encendidas: en cuanto el Estado tomó las riendas del pleito, para la mayoría de los españoles (incluidos los de la capital) el tema está resuelto: no produce ni la más mínima expectación.

El Estado se impuso con gran facilidad en octubre del 2017, encarceló a los líderes independentistas, ha dado cierto tiempo a los fiscales y jueces y ahora, mientras escucha a protagonistas y testigos, está calculando con frialdad qué tipo de condena le es más conveniente: si un castigo ejemplarizante para impresionar a los que tengan tentaciones de volver a las andadas; o una sentencia blanda, para no dar excusas al Tribunal Europeo de Derechos Humanos.

Superados con rapidez los trámites de la acreditación, entré en el palacio. La biblioteca que funciona como sala de prensa estaba casi vacía. En una gran aula con aspecto de auditorio, unas pantallas ya preparadas para transmitir, subrayaban con luz blanca, el título azul que da nombre a este juicio “Causa especial 20907/2017”. ¡Causa especial! La frialdad del Estado.

Antes de entrar en el salón de plenos, estuve observando a los amigos y familiares de los acusados: cuchicheando entre ellos, novatos y cautelosos como yo mismo en un lugar que atesora tanto poder. Las ventanas del amplio pasillo en el que estábamos esperando para entrar al salón dan a un claustro precioso (antes este edificio era el convento de Las Salesas, en el que se educaron señoritas de clase alta). En el claustro destacan las paredes esgrafiadas, la fuente de mármol y los naranjos cargados de fruta. Saludé a Meritxell Borràs, a Santi Vila y a Carles Mundó, que entraron en el salón en el que son juzgados con nosotros. Sonrisas de compromiso: la procesión debe ir por dentro. Finalmente, ordenados por bloques (periodistas, familiares, público) iniciamos el camino bajo la atenta mirada de policías y agentes de orden de paisano.

El salón de plenos que todos conocemos por la tele es más amplio de lo que esperaba. De forma ovalada, es una especie de bombón barroco, profusamente adornado con mármoles, tapicerías, dorados, vidrieras translúcidas, escudos, lápidas y todo tipo de detalles decorativos, entre los que destaca un fresco del pintor Santa María que a todo el mundo sorprende, pues ofrece una visión muy peculiar de la justicia. Domadora de dos caballos blancos, vestida con oropeles, la justicia se impone, entre otros símbolos de la delincuencia, a una mujer desnuda, a un estrangulador obsceno y a un asesino con el puñal sangrante. Mi vista, sin embargo, se fija en los acusados. Rostros alegres porque pueden saludar a amigos y parientes, pero tensos, enflaquecidos. Muy cansados. En directo, el cansancio de estos rostros antaño eufóricos, ahora vencidos, se percibe con más claridad.

El presidente del Parlament, Roger Torrent, declaró ayer como testigo en el juicio a los líderes independentistas
(ORIOL MALET)

Pasé el día sentado en este salón como un espectador en un campeonato de esgrima judicial. Una esgrima de alto nivel. El fiscal ­Zaragoza, por ejemplo, articula un diálogo perfectamente ensam­blado con José Antonio Nieto, ex secretario de Estado de Seguridad del ministro Zoido. Sin duda, el ­ministro tenía que haber sido Nieto: un profesional enjuto, preciso, aplicado. Ha sido recusado en las Cortes por haber filtrado información al expresidente de Madrid en el caso Lezo, pero en la “Causa especial 20907/2017” actuó como el cruzado de una misión: salvar la ley y el orden. Incluso se permitió juicios literarios: la realidad ca­talana le parecía surrealista, pues en las reuniones de la junta de ­seguridad comprobó que los mismos que tenían que impedir el referéndum eran los que lo habían convocado.

Nieto estaba dispuesto a llevar al fondo de la cárcel a los acusados y puede haberlo conseguido. Los ­expertos en el tema presentes en la sala (el compañero José María Brunet, Carles Cols, de El Perió­dico) comentaron después, en un receso, que el juicio ha dado un vuelco, pues la tesis de la rebelión y la violencia encontraron en este ex número dos del Ministerio del Interior un buen aliado.

Por fortuna para los acusados, el abogado Melero salió al rescate y, aunque no consiguió el objetivo de tumbar el relato de Nieto (preeminencia de la ley sobre el deseo del Parlament), sí consiguió descolocarlo con una esgrima realmente portentosa. Benet Salellas remató esta faena. Obligado a concretar en qué consistió la violencia, resultó que Nieto no podía contar más que dos casos: destrozos de unos coches, y una secretaria judicial saltando de la Conselleria d’Economia a un teatro para poder salir confundida entre el público.

Los espadachines del juicio son sin duda Xavier Melero, el fiscal Zaragoza y, muy especialmente, el juez Marchena (cerrando la boca de algunos protagonistas, especialmente al abogado Van den Eynde, con filípicas tan precisas como demoledoras).

Cuando, por la tarde, escuchamos al president Torrent, el tono del juicio retornó a los primeros días. A las declaraciones de principios, a las proclamas voluntaristas. Y al idealismo de salón. Roger Torrent conectó sin duda con el público catalán alicaído. Dijo lo que ellos necesitan escuchar en estos días de duelo y cárcel. “Volveremos a votar”. “Volvería a hacerlo”. Sí, pero se trataba de defender a la expresidenta Forcadell, no de ­quedar bien con la parroquia. Mientras tanto, Espejo-Saavedra trabajaba con infinita eficacia y habilidad jurídica para cargarse a Forcadell.

He ahí la paradoja principal del juicio: aquello que en Catalunya da fama, excita ánimos y permite triunfar, en este salón barroco no sirve de nada. Y el legalismo que en Catalunya es visto como obstáculo y estupidez, aquí es el único recurso que salva (Bayona). Y por supuesto, lo que tantos invisibilizan (Espejo-Saavedra), aquí puede hacer mucho daño.




Fuente: LA Vanguardia

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