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Un coloso y la más frágil de las mujeres | Cultura


La actriz Terele Pavez, en el Circulo de Bellas Artes, de Madrid. SAMUEL SÁNCHEZ / EPV

Cuando llegué al hospital ya estaba en coma. Su hijo Carolo me recibió con un abrazo de esos que reconfortan y duelen, porque te estrujan el alma. Entramos directamente a verla. Es difícil sobreponerse a la pena, pero es más fuerte el terror, el miedo que te invade al comprobar que es verdad, que esa persona que ha construido tu vida se está yendo para siempre. “Hay que hablar con los que están en coma: te escuchan”, tenía eso en la cabeza, dándome vueltas. ¿Qué podía decir para que volviera con nosotros? ¿Que me es imposible vivir sin ella? ¿Decirle todo lo que significaba para mí? No le hubiera gustado nada.

“Terele, por favor, deja de llamar la atención que ahí fuera hay mucha gente preocupada”. “Terele, todos a primera”. “Terele, acción”. Eso le decíamos a Terele al oído Carolo y yo, llorando, hace un par de horas. Ahora estoy aquí, frente al ordenador, intentando explicar a la actriz, o a la persona, que en el fondo es lo mismo. Me es difícil diferenciar entre la vida y las películas, y más en un día como hoy. Sí tengo clara una cosa: Terele era más grande que la vida. La gente le quedaba pequeña. Me refiero a esa gente que solo hace lo que hay que hacer, y que todo lo que dice es pertinente. Terele era un gigante, un coloso, y al mismo tiempo la más frágil de las mujeres. Su nivel de sensibilidad te anulaba, su miraba te taladraba. Te miraba por dentro, no sé si habéis notado esa sensación. No soportaba la pose, la mentira: la única manera de establecer contacto con ella era hablarle con el mismo nivel de verdad, y cuando se daba esa magia, era ella la que se postraba ante ti y te decía: te entrego mi corazón, haz con él lo que quieras.

Terele era un prestidigitador sin trucos. Un mago que hace magia de verdad. Su expresión era el producto de su manera de entender la vida: sin concesiones. Accedía sin esfuerzo al más profundo de los sentimientos porque ella ya había estado allí anteriormente. Terele vivió más de mil vidas, todas de una intensidad inimaginable. Es normal que fuese la mejor actriz que he visto jamás. Nosotros no éramos más que muñecos en su presencia, tristes títeres manipulables. Terele es el espíritu de la grandeza, de la verdad, del temperamento. Es la fuerza, es la valentía de ser incorregible. Es la dulzura del que lo sabe todo y no pretende nada. Es la ternura del que siente lástima por los que sufren, porque nadie ha amado tanto como ella. Y digo que es porque no ha muerto, no puede morir, nadie puede con ella. Ni la misma muerte.




Fuente: El país

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