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Trump, tras el ataque a Siria: “Misión cumplida” | Estados Unidos


Ráfagas antiaéreas en Damasco. FOTO: HASSAN AMMAR AP | VIDEO: REUTERS / EPV

Tras seis días de redoble de tambor, Trump ordenó el ataque. Eran las cuatro de la madrugada del sábado en Damasco y desde el Mediterráneo oriental, el Golfo Pérsico y el Mar Rojo se puso en marcha la maquinaria de guerra. La aviación aliada despegó y 105 misiles, en su mayoría Tomahawks, partieron hacia Siria.

El principal blanco fue el centro de investigación de Barzah, en las afueras de Damasco. Considerado el núcleo de la producción de armas químicas sirias, sus tres edificios quedaron arrasados. También fueron golpeados un almacén y un puesto militar en Homs. El alto mando estadounidense consideró la intervención “un completo éxito”. No hubo bajas estadounidenses ni rusas ni tampoco daños en la población civil siria. Y los 40 misiles lanzados por el régimen de Bachar El Asad no lograron, siempre según Washington, interferir el ataque. “Tardarán años en recuperarse, les hemos infligido un daño severo en su arsenal químico”, señaló el Pentágono.

La intervención en Siria forma parte de una historia interminable. Trump, un aislacionista nato, siempre ha deseado salir del país y, al anunciar el ataque desde la Casa Blanca, no lo ocultó: “No nos hacemos ilusiones, no podemos purgar el mundo del mal ni actuar en todos los sitios donde hay tiranía. No hay sangre americana suficiente para lograr la paz en Oriente Próximo. Podremos ser socios y amigos, pero el destino de la región está en manos de su propia gente”.

Es un pensamiento que le acompaña desde mucho antes de ganar la presidencia y que sigue vivo en él. Hace dos semanas, el 3 de abril, el presidente clamó públicamente por repatriar a los 2.000 soldados destinados en Siria. Cuatro días después, todo cambió. La población civil de la rebelde Duma, según la versión estadounidense, fue gaseada. Hubo al menos 40 muertos y cientos de heridos.

La agresión química traspasó la línea roja establecida hace un año, cuando las tropas sirias atacaron la localidad de Jan Sheijun. En aquella ocasión murieron 86 personas, entre ellas decenas de niños. Las imágenes de sus cuerpos fulminados por el tacto cruel del gas sarín, un legado de la era nazi, impactaron al mundo y activaron el olfato político de Trump. La represalia se puso inmediatamente en marcha. Pese a que Moscú y Damasco, al igual que ahora, negaron su participación en la matanza, Estados Unidos lanzó 59 misiles Tomahawk contra la base aérea de Shayrat (Homs).

La devastación buscaba un rédito político. Si Barack Obama, bajo la promesa rusa de retirada del arsenal químico, había descartado intervenir en 2013 ante un ataque que segó la vida a 1.400 civiles, con Trump las cosas iban a ser distintas. La nueva Administración estaba dispuesta a morder por mucho menos.

Aquella intervención resultó un éxito. No falleció ningún soldado estadounidense ni ruso y se eliminó de una tacada el 20% de la fuerza aérea siria. Trump había logrado su primera victoria internacional. Durante meses, Bachar El Asad acusó el golpe y prescindió del arsenal químico. Poco a poco, sin embargo, a medida que la tensión estadunidense aflojaba, volvió a usar gas cloro en ataques selectivos contra los rebeldes. La Casa Blanca lo advirtió y declaró que el efecto disuasorio del bombardeo de Shayrat se había diluido.

El aplastamiento de Duma, un reducto rebelde en la periferia de Damasco, no solo validó esta interpretación, sino que fue entendida por el Despacho Oval como un desafío a la prohibición de usar armas químicas. De poco sirvieron los vehementes desmentidos sirios y rusos. Washington estableció que Damasco había cruzado el umbral prohibido. Pero a diferencia de la vez anterior, el presidente no actuó en solitario ni por sorpresa. Anunció con antelación su voluntad de hacer pagar “un alto precio” a los autores, corresponsabilizó a Vladímir Putin y se movilizó para forjar una coalición internacional. “Esta malvada y despreciable agresión no es obra de un hombre, sino los crímenes de un monstruo”, declaró Trump. Siria y su gran padrino, Rusia, desgastados por anteriores desmentidos que a la postre resultaron falsos, no lograron frenar la ofensiva.

Con el frente exterior reforzado, sin oposición interna y sabedor de que en un año electoral la acción le otorgaría el capital político que Obama perdió con sus titubeos, Trump dio la orden de atacar. En la andanada se empleó el doble de misiles que la última vez. Pero el mismo Pentágono reconoció que su objetivo, más que la destrucción masiva, era dar un “solo golpe proporcionado” y evitar el riesgo de escalada. Todo ello dio luz a una intervención de corte quirúrgico, en la que no hubo sangre y ni siquiera intención de derribar a El Asad, pese a haberle calificado de asesino de masas. “Nuestra misión en Siria se circunscribe a la lucha contra el ISIS, no que queremos deponer el régimen”, explicó el Pentágono.

El propio Trump, que durante una semana ha agitado las aguas desde su cuenta de Twitter, dejó en su discurso ante la nación la puerta abierta al diálogo. “A Irán y a Rusia, les pregunto: ¿qué clase de nación quiere ser asociada al asesinato masivo de hombres, mujeres y niños inocentes? Ninguna nación puede tener éxito a largo plazo promoviendo estados fallidos, tiranos brutales y dictadores asesinos. Rusia debe decidir si prosigue por la senda oscura o si va a sumarse a las naciones civilizadas como una fuerza de estabilidad y paz. Ojalá algún día podamos ir con Rusia, e incluso con Irán. […] EEUU tiene mucho que ofrecer”, afirmó.

La débil reacción de Rusia e Irán al ataque indican que el futuro de la región seguirá donde ha estado siempre: en la cuerda floja, devorado por la violencia y sometido a las erupciones de un volcán donde chocan a diario los intereses de las grandes potencias.

Estados Unidos ha dado un paso al frente, pero mirando cómo salir. Las bombas han caído. Damasco ha vuelto a ser golpeada. Y, al final, casi nada ha cambiado. La disuasión en esta zona es una palabra pasajera. Tras siete años de guerra, medio millón de muertos y diez millones de desplazados, Siria sigue siendo una tierra oscura para la esperanza.




Fuente: El país

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