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Tres días en el Vaticano, por Jordi Évole

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Se me hacía raro entrevistar al Papa sin haber hablado antes con él, sin una charla previa, sin haber tomado un café. Con las ganas que tenía de conocer a este hombre, y lo primero que iba a hacer un minuto después de ­saludarle era volcarle un cuestionario por encima, así, en frío, sin ni tan siquiera ­haber hablado un poquito de Messi. Es feo. Pero, bueno, es lo que tiene este oficio. Lo había hecho anteriormente con cantidad de invitados, pero con el Papa se me hacía raro.

Mi compañero Màrius Sánchez y yo salimos casi de incógnito hacia Roma. Era la tercera vez que cogíamos un avión con destino al aeropuerto de Fiumicino. En las dos anteriores habíamos preparado el terreno, y a la tercera tenía que ir la vencida. Pero sabíamos que todo se podía torcer en el último minuto. Nuestro estado de ánimo se movía entre la emoción, el nerviosismo y el canguelo ante la frustración que supondría regresar sin la entrevista.

A mí particularmente el Vaticano no es un lugar que me entusiasme. Me parece todo tan exagerado: la plaza, la columnata, la basílica…, los guiris, los paloselfi, las tiendas de souvenirs… No me gustan, aunque me acabé comprando dos imanes de nevera: uno con la cara del papa Francisco con pose de Julio Iglesias ¡Y lo sabes!, y otro con la leyenda “Alea iacta est”.

(Martín Tognola)

Desde la puerta del hotel Michelangelo, girándote a la izquierda, impresiona la vista de la cúpula de San Pedro. El hotel se convirtió en mi convento, en un retiro espiritual de tres días, esperando la hora de la entrevista. Salía para comer. Tres días en Roma, tres días comiendo pasta en un restaurante a menos de 100 metros del hotel. Hoy con salsa cacio e pepe. Mañana carbonara. Al otro, cacio e pepe, para variar. Dieta equilibrada.

Solo paseé la mañana antes de la entrevista. Por San Pedro. Para ambientarme. Me senté en la base de una de las columnas de la columnata. El grupo de adolescentes de viaje de fin de curso, la monja que anda deprisa, el homeless que eligió tener como techo la obra de Bernini…, un mosaico que daría para repintar la Capilla Sixtina.

Los compañeros de realización y producción han vaciado la sala donde haremos la entrevista. Lujos cero. Sólo colocan una mesa de madera y dos sillas del mismo tamaño a lado y lado de la mesa. Esta vez hemos invertido más en ilumi­nación (lo digo para tranquilidad de Sergi Pàmies). Intentan levantar una alfombra, pero está pegada al suelo. Nunca sabremos lo que hay debajo.

Son las tres de la tarde, mi habitual hora de la siesta. Me tienta buscar un rincón por la sala para echarme una cabezadita. En el palacio de Miraflores de Caracas me la eché en el cuarto donde guardan todo el atrezo del mítico Aló Presidente de Hugo Chávez. Me gusta coleccionar grandes lugares donde me he echado la siesta, pero nos dicen que el Papa se puede adelantar. Y, efectivamente, llega a y veinte. Por primera vez la Iglesia se avanza a los tiempos. Yo espe­raba que la llegada del Papa viniese acompañada del típico revuelo de las comitivas de los grandes mandatarios. Sirenas, seguridad, séquito…, pero no. El papa Francisco llega a pie y sólo acompañado por una persona: el prefecto de Comunicación, Paolo Ruffini.

El Papa tiene claro a lo que viene. “Hablaremos de refugiados”. “Bueno, Santidad, pero si sale algún otro tema…”. “Usted pregunte pero yo no le contestaré”. Todo dicho con una sonrisa que te desarma. Yo también sonrío. Saluda a todo el equipo. Uno por uno. Se sienta. No quieren que haya agua encima de la mesa. Trago saliva. Estamos grabando. Segundos de silencio. Se me vuelve a pasar por la cabeza que se me hace raro que sin haber hablado nunca con él, le lance por encima el cuestionario. Y en el último instante, cambio de planes, y decido empezar hablando de lo que hablaríamos si nos tomásemos un café. “Papa Francisco, ¿usted ya ha echado la siesta?”. Alea iacta est.




Fuente: LA Vanguardia