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Todo por Plácido


«Thaïs», de Massenet. Voces: P.Domingo, M.Angelini, J.Teitgen, E.Jaho, E.Copons, L.Vinyes-Curtis, M.Nogales, S.Blanch, C.Díaz. Director musical: Patrick Fournillier. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Madrid, 26-VII-2018.

El Teatro Real pagó el inevitable, pero también merecido y rentable tributo a Plácido Domingo, que ni siquiera Mortier logró evitar para bien del público madrileño. El tenor madrileño había cantado ya la obra en Valencia y Sevilla en 2012, por lo que podía esperarse que gozara de una autoridad y desenvoltura en el personaje superiores a los de entonces. Seis años son muchos y no ha sido así ya que no dejó de leer la partitura ni un solo minuto, amén de olvidarse de algunas notas, dejar de acompañar a Ermonela Jaho en su dúo o reservarse en los concertantes. Pero es Plácido con todas sus circunstancias y su historia, musicalidad y áurea pesan mucho. Aún hoy no hay quien herede su trono, aunque Piotr Beczala sea una esperanza. Y, aún hoy, su musicalidad y maestría permanecen intocables. Y, olvidemos si tenor o barítono, porque es simplemente un artista irrepetible. Hubo mucha suerte al poder contar con Ermonela Jaho como protagonista. El Real confía con razón en ella y el público también. Lo demostró en «La Traviata», «Otello» y «Madama Butterfly». Es ya artista de la casa y esperemos que nos dure mucho tiempo, porque no hay muchas sopranos que desarrollen un canto tan intenso como para recordar a una Leyla Genzer o, sobre todo, a una Virginia Zeani. Además sin problemas ni arriba ni abajo, capaz de apianar y filar las notas más extremas. Perfecta en sus páginas más conocidas: «Dis moi que je suis belle» y «C’est toi, mon pere!». También hubo suerte con el Nicias de Michele Angelini, el Palémon de Jean Teitgen y el resto de participantes, entre los que sobresalió Sara Blanch, en su día un acierto del Concurso Viñas, por la seguridad que mostró en las coloraturas. Una ópera en concierto no es nada sin un buen director y unos buenos conjuntos. Los hubo. Patrick Fournillier es maestro experto en este repertorio y lo demostró. La Sinfónica de Madrid era otra que poco tenía que ver con la que acompañó a Jonas Kaufmann el día anterior. Preciosa resultó la página más conocida de la ópera, la «Meditación» con un solo modélico del concertino. También se lucieron los coros. Fournillier fue también inteligente al usar las tijeras donde había que usarlas, prescindiendo de pasajes instrumentales que no aportaban nada en concierto y hubiesen prolongado excesivamente la ya larga primera parte de noventa minutos con los actos I y II enlazados. El resultado: un lleno hasta la bandera con entradas a 350 euros y un público entusiasmado. La obra no está entre lo mejor de Massenet, pero está bien traerla y abrir un camino para otras como «Herodiade», «Esclarmonde» o una mucho más próxima a nosotros y que recomiendo recuperar al Real: «La Navarraise».




Fuente: La razon

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