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Tiene cara de gato | Cultura


En la editorial se pasaron la semana anterior a la feria haciendo terapia preventiva. “Vete a disfrutar”, “es una experiencia diferente”, “no te agobies si no aparece nadie”, “tú, si ves que no firmas nada ponte a hablar con el librero”… Era un poco como cuando de pequeño jugabas en un equipo malo y decían lo de que lo importante es participar. Que sí, que muy bien. Pero no.

A las 18:58 del viernes 1 de junio entraba por la puerta del Retiro que está frente al Hospital Niño Jesús. Mi firma empezaba a las 19.00. Iba con retraso, sí, pero ¿a quién le podía importar? Pues a las cinco personas que ya estaban haciendo cola y aparecían en la foto que me envió al whatsapp un amigo. “Flipo con que haya gente esperando para que les firmes”, rezaba el cariñoso mensaje. Entonces sí, aceleré el paso. No fuera a ser que decidieran irse.

Llegué al estand, desplegué el recortable con la figura de mi gata. Sí, he escrito un libro sobre mi gata. Se llama En mi casa no entra un gato (Duomo) y recoge las crónicas de la victoria de Mía, una gata (nada) común europea que en dos días se hizo con el mando de la casa y de mi corazón. El caso, que me puse a firmar a todas las personas que, contra todo pronóstico, me estaban esperando. Lo hice con diligencia. Error de principiante. En diez minutos me vi solo, mirando al infinito y poniendo cara de “cómprame un librito” a todos los que pasaban por allí.

Con las prisas, no me había fijado en quién era mi compañero de firma. Manuel Rivas, nada más y nada menos. Él sí tenía cola, claro.

El tiempo pasaba y seguía mirando al infinito. Hasta que apareció un señor que comenzó a hablarme muy amablemente. Me contó lo que había estudiado, dónde y todos los trabajos que había desempeñado. Yo, seamos sinceros, lo estaba escuchando con atención porque pensaba que aquello iba a desembocar o bien en una anécdota con un gato o bien en la compra de un ejemplar. Pero ni lo uno ni lo otro. “¿Te estoy molestando?”, me preguntó al cabo de diez minutos. Y no, realmente no me estaba molestando, pero justo en ese momento aparecieron tres lectores y se empezaba a formar un poco de cola. Que ya sé que una cola de tres ni es cola ni es nada, pero era mi primera vez y, además, cada lector hace ilusión.

La tarde fue pasando. Algunos amigos se acercaron por allí. Tuve charlas con lectores encantadores. Y entonces sucedió. El momento álgido de la tarde. Una familia curioseaba el libro y hablaban sobre sus gatos y sus perros. En un momento, la madre miró hacia mí y le comentó a su marido: “Pues la verdad es que al autor tiene cara de gato”. Comenzaron a hablar conmigo e intenté poner mi mejor cara de humano, para jugar al despiste.

Antes de terminar, intercambié un libro con Rivas. Escribirle una dedicatoria a alguien a quien admiras es un poco marrón. No sabes qué ponerle. Quieres sonar original pero evitar algo pretencioso. Total, que al final pones una firma que ni chicha ni limonada, a medio camino entre la veneración, el cariño y las ganas de impresionar. Una mierda, vaya. Y más después de comprobar que en el suyo había dibujado, bajo la firma, una rosa de los vientos con diferentes colores.

Balance del viernes: 21 libros vendidos, 9 más firmados, volví a casa convertido en un gato, como en la Cenicienta y tengo que apuntarme a clases de dibujo.

El domingo por la mañana repetía. En horario de máxima audiencia: de 12.00 a 14.00. Esta vez fui pronto, por si acaso. Llegué 15 minutos antes. No había nadie. Tampoco quince minutos después. En el estand estaba María Dueñas, que tenía hasta una valla para dirigir la cola. Porque aquello sí que era una cola de verdad.

En 15 minutos de vacío te da tiempo a pensar muchas cosas. Por ejemplo: “¿qué pensará la gente al verme aquí, rodeado de ejemplares de un libro que se llama En mi casa no entra un gato?”. Pero eso ya era ego de escritor, porque la gente básicamente pasaba de mí. Salvo un par de señores que me hicieron una foto como si fuera un objeto en exhibición y otro que se hizo un selfie en el que supuestamente aparezco.

En ese tiempo que estuve solo, me dio tiempo a desarrollar una técnica de manejo de las mentes ajenas que me reportaría pingües resultados a lo largo de la mañana. Consiste en mover con mensajes subliminales la capacidad volitiva de las personas que tienes alrededor, llevándolas, en este caso, a adquirir tu libro. Funcionó bastante bien. La cosa arrancó y, a las 13, ya había vendido y firmado un montón de libros.

Eso sí, para que el ego no se disparara mucho, la vida te lanzaba mensajes. Una chica apareció de la nada y me preguntó:

“Tú no eres María Dueñas, ¿no?”

Fue una mañana fantástica. Repleta de visitas de lectores con historias maravillosas. Casi todos con gatos; otros, alérgicos; algunos, antifelinos. Muchos chicos y chicas que se llevaban el libro para convencer a sus parejas de que les dejaran tener un gato. Me hizo mucha gracia una niña de unos 9 años que se acercó con sus padres. Le pregunté si tenía gato y me dijo que no le dejaban: “En cuanto me independice, lo primero que haré será tener un gato”. Las nuevas generaciones vienen con fuerza.

Tuve que reponer varias veces los libros expuestos en el mostrador. Cuando estaba de nuevo viniéndome arriba, apareció otra chica y me preguntó:

“¿Pero aquí no estaba Dulcinea?”

Pude ver la decepción en sus ojos. Sospeché de inicio que aquello no tenía nada que ver con Cervantes y pregunté a los chicos del estand. Dulcinea iba a acudir a la firma pero canceló su asistencia a última hora. Por si les interesa, Dulcinea es una escritora y directora de arte que fundó un proyecto de rescate de animales salvajes. Cuenta con 611.517 seguidores en su canal de Youtube. Ojo, no se debe confundir con Dulceida, que tiene 1,8 millones y un rollo totalmente distinto. No se preocupen, ya me confundí yo por ustedes.

Cuando volví a mirar el reloj, eran las 14:30. Entre lectores, amigos y una familiar a la que no conocía, la mañana se había pasado volando. Tenía la mano algo cansada. En total, había firmado más de 70 libros en una mañana. Como cojo mal el boli, me explayo en cada dedicatoria como si fuera la última y que ya no estamos acostumbrados a escribir con la mano, terminé con agujetas.

“Para ser tu primer libro y tu primera firma no se te ha dado nada mal, ¿eh? No has parado”, me dijo risueño un empleado de la librería. 

Tenía razón. Pero lo que más ilusión me hacía de todo lo que había vivido durante el fin de semana era haber descubierto que tenía cara de gato. A ver quién supera eso.




Fuente: El país

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