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The Jesus & Mary Chain, después de tanto tiempo


Cabeza alta. “Chin up”, que dicen los ingleses. Así fue la actitud de The Jesus & Mary Chain en su regreso a los escenarios de Madrid después de mucho tiempo. Los padres del “shoegaze”, del rock apático, ese que literalmente quiere decir “música para mirarse a los pies”, se presentaron en la capital con una presencia escénica contraria a la que les hizo legendarios. La banda de los hermanos Reid dejó buena prueba de su vigencia en una sala Riviera que guardaba el luto por ellos desde hacía años.

Con el disco “Damage & Joy” publicado hace apenas unas semanas, la seminal banda de Glasgow trata de reverdecer laureles, cosa difícil cuando te retiras de los escenarios casi dos décadas y todos los grupos jóvenes imitan tu estilo. Pero, al menos, los escoceses no se ven obligados a tocar el “Psychocandy” todas las noches. En Madrid comenzaron con “Amputation”, “April Skies” y “Head on” en un inmejorable contexto: la predisposición de la audiencia era total.

Frente a una audiencia talludita y y con algún gazapo en el arranque de “Teenage Lust”, el concierto transcurrió sin sorpresas o los incidentes que les hicieron célebres en su día, cuando golpeaban con el pie del micrófono a los que cruzaban la línea. En lugar de eso, ayer se disculparon por su acento escocés. Y bueno, no es que The Jesus & Mary Chain sean un grupo para montar el pogo. Son más del tipo de emociones contenidas de “All Things Must Pass”, temazo que llevan 20 años tratando de imitarles grupos de todo el mundo. Fue cuando empezaba lo bueno: “Some Candy Talking”, “Halfway to Crazy” y una sensacional “Reverence”.

No es que entre los hermanos William y Jim hubiera abrazos o gestos cómplices, así que puede que en el fondo sigan deseándose la muerte mutuamente, pero nos conformamos con que se soporten los suficiente para seguir haciendo la rueda girar. Después aun quedaban mil guitarrazos, los de “Nine Million Rainy Days”, “Just Like Honey” y “I Hate Rock & Roll”. Fue una noche largamente esperada, que el público madrileño vivió como si no hicieran más de 20 años de la última vez y muchos lo recordarán por unas cuantas décadas. Fue una suerte estar allí.




Fuente: La razon

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