Patxi Andión no necesita volver sobre sus pasos para encontrar el camino. Prefiere hablar de cosas por hacer, como la promoción de su último disco, “La hora lobicán”, con el que celebra su 50º aniversario en la música. Son diez canciones, nueve inéditas, en las que despliega su inalterada voz rasgada. Trovador moderno, retratista humano y, quizá en otra época, poeta maldito o, al menos, incómodo, vuelve cargado de nuevos argumentos. Recibe a LA RAZÓN en la madrileña Plaza de Oriente, bajo un impetuoso sol otoñal, en la estación en la que la naturaleza madura y, como hombre curtido en palabras y en el alma humana, nos planta la vida delante: las pasiones, el mar y un canto que nunca tuvo precio. Ya lo advirtió en “Compañera” (1971): “Guarden su oferta, señores. Están perdiendo su tiempo”.

-“Solo hice lo que solo haría”. ¿La frase de Jorge Oteiza le define?

-Aún no es época de hacer balance, quizá a los 90, pero de momento me quedo con el ejercicio de mi propia voluntad. Sí, he vivido como he querido y a la vez he afrontado el costo. Preservar mi libertad creativa me ha obligado a tener que independizarme de cosas. Ese es el precio, pero lo he vivido. La música me ha tratado siempre con exquisitez, también las discográficas. Nunca nadie pretendió imponerme absolutamente nada, aunque el éxito marca sus leyes. O te acoplas y te mantienes ahí, repitiendo lo que ya has hecho, o pagas las consecuencias. Lo entendí en 1986, en un momento en el que sentí que el éxito había podido conmigo desde el punto de vista de ese ejercicio de voluntad. Resulta contradictorio cuando trabajas depurando cada vez más tu labor y buscando tu propio éxito.

-La franqueza ha tenido un precio, pero al final su música es el resultado de un privilegio.

-Es la consecuencia de mi actitud creativa y crítica. Consecuencia de esa ley de vida, de esa búsqueda y de ese perfeccionamiento. Y al cabo de tantos años, la vida está en mis letras. ¡No me hace escribir mi autobiografía! Así ha sido desde aquel primer disco, “Retratos”, con canciones que compuse desde los 16 años. Fue un álbum muy naïf y simbólico, no podía ser de otro modo dada la situación cultural y política. Desde aquella primera colección a esta, han pasado muchos discos, años y momentos. Una vida que ahora está ahí, en “La hora lobicán”.

-Habla de su lucha por salir indemne del éxito. ¿Hubo una situación de catarsis?

-En un determinado momento entendí que seguir así me garantizaría continuar siendo un tipo famoso, admitido y querido, pero que me perdería. Llegué a renunciar a todo, rompí contratos discográficos e inicié una época digestiva. Quise digerir quién era, dónde estaba, por qué había llegado ahí y qué significaba eso. Evalué si era capaz de regenerarme de manera que mi creatividad pudiera fluir sin condiciones. Ese momento duró ocho años, sin grabar y sin tocar fuera, salvo algún compromiso, pero sin dejar de componer y escribir. Directamente, opté por salir indemne del éxito.

-¿Su matrimonio con Amparo Muñoz, una de las mujeres más hermosas del momento, le dio una fama difícil de asimilar?

-En aquel momento, en los años 80, la Prensa del corazón me apretaba muchísimo y me sentía acosado. De repente, tuve la sensación de que yo no era ese que la gente aceptaba. Decidí entonces que había que retirarse y buscarse. Mi vida con ella fue una experiencia muy pequeña, un matrimonio de 14 meses nada más. No es que no quiera hablar, es que no tengo nada que decir de algo tan breve y leve.

-¿Qué queda de aquellos tiempos tumultuosos de hambre guerrera y noches enteras de pasquín y huelga que ahora menciona en su tema “Buenos días, joven”?

-La rebeldía es condición del artista, del ser social y cultural. Quien esté dentro de un quehacer cultural con una trascendencia social necesariamente tiene que ser rebelde y crítico. Si no, terminas siendo el eco de lo que pasa, lo que te impedirá con toda probabilidad investigar y adelantarte a lo que va a suceder. Es verdad que tengo fama de rebelde, pero creo que no lo soy tanto.

-Pero su voz es la de un guerrero. Alguien dijo que le habrían censurado el mismísimo Avemaría solo por su tono.

-Puede ser que la voz haya contribuido. Empecé a hacer música en grupos sin haber cumplido 12 años, cuando en casa ni siquiera me dejaban llevar pantalón largo y me cambiaba antes de tocar. Yo quería cantar, pero el resto no me dejaba porque me decían que tenía voz de negro, sobre todo en la última época de esta etapa, cuando tenía ya 16 o 17.

-¿Ese joven indómito habría imaginado la España actual, bloqueada y fragmentada?

-Ya me lo temía. Sobre todo, a partir de la segunda transición. Pasé muchos años en el antifranquismo activo. Me censuraron, caté los calabozos y fui interrogado por el comisario Conesa, famoso por su implicación en la represión política. En los últimos años de los 70, la fuerza represiva y de extrema derecha tenía una presencia mayoritaria y además muy salvaje. En esa primera transición creí que se hacía lo que se podía por parte de los políticos. Sin embargo, fue después cuando se tuvo que haber hecho la auténtica transición.

-¿Qué faltó?

-Faltó valentía y sentido de Estado para intentarlo, tanto por parte del Partido Socialista como del resto. Pero no se puede hablar de lo que no pasó, ni juzgar aquello que no se hizo. Mi frustración y la de muchos fue que esa segunda transición se quedara colgada y no diera un paso adelante para transformar España en un país de futuro, más moderno y estructuralmente pensado para los tiempos que vendrían y dar otro cauce a las pulsiones actuales. Pesó más la idea de conservar el poder que avanzar en lo social y político.

-¿Cómo evoluciona su rebeldía con el paso del tiempo?

-Durante un tiempo, equivocadamente, estuve en el entorno del FRAP, el Frente Revolucionario Antifascista y Patriota, una organización armada de extrema izquierda de orientación antifascista. Hoy expreso arrepentimiento y pesar, pero entonces creímos que la solución para el país era la lucha armada. Nosotros mismos vimos luego que no era así. No es manera de justificar lo injustificable, pero en aquella época pensamos que era la solución. Ahora soy viejo. Los tiempos han cambiado mucho y han aparecido actores insospechados, como el yihadismo, por ejemplo, y tantas otras cosas que alteran el orden mundial.

-Siendo un hombre profundamente político, ¿no encuentra un partido al que adscribirse?

-La sociedad ha cambiado más que los partidos políticos. Tanto los de la derecha como los de la izquierda siguen estando por detrás de la sociedad, siempre llegan tarde. Ni siquiera izquierda y derecha tienen ya una distinción clara. La diferencia es espuria. Como sociólogo soy marxista, pero desde el punto de vista político es algo superado desde hace decenas y decenas de años. Sigo creyendo que, como teoría sociológica, el materialismo dialéctico es todavía válido para dar una buena explicación del mundo. Como praxis política, no. No estoy adscrito a ningún partido porque probablemente comparto ideas de partidos diferentes y otras muchas no.

-¿Ese podría ser el sentir general?

-Cuando veo los análisis y las encuestas de intención de voto, me doy cuenta de que la mayoría de la gente está en una nebulosa confusa muy endeble y puede cambiar en una semana de una idea a la contraria. No me parece un signo de banalidad política, sino un síntoma de indefensión ideológica. La gente se siente indefensa ante ideologías que son muy confusas, entre otras cosas, porque hay poca ideología, algo lógico en esta época.

-Dice que no conoce otro sitio por el que caminar más que el alambre. ¿Qué le compromete ahora?

-Socialmente, todas aquellas causas que no atienden los partidos políticos, como el feminismo, y tengo una presencia lo más activa que puedo. Mi implicación personal en la reivindicación y esta lucha es muy antigua y me llevó a escribir, en 1983, “Si yo fuera mujer”.

-¿Queda sitio hoy para los cantautores?

-Salirte del circuito comercial siempre es difícil porque pasas a la trastienda comunicativa y a estar detrás de lo que se oye y escucha. Pero toda la música es contemporánea, es la música de la gente. Es verdad que no tiene las connotaciones ideológicas, políticas y culturales de otras épocas, aunque la sociedad tampoco las tiene. Mi abuela, que era soprano, me enseñó a cantar y también a no juzgar la música. Es una expresión artística de las más trascendentales de la historia, directamente unida al lenguaje y al desarrollo cerebral del hombre. Simplemente hay que tomarla y disfrutar de la que más te guste.

-Desde su posición de sociólogo, ¿entiende mejor al ser humano?

-Del ser humano siempre hay cosas que entender, pero son muchas más las cosas que tienes que aceptar. El hombre como ser social es tan plural y las realidades tan variadas que resulta complejo. De ahí el título “La hora lobicán”. El juego de palabras me permite expresar simbólicamente nuestra múltiple naturaleza. En los terrenos donde hay lobos hay un momento difuso del atardecer o del amanecer, una hora ambigua de luz que muere o nace sin que esté claro. Esa confusión hace difícil diferenciar al perro del lobo y también al lobo del hombre. Es un triángulo en el que se encienden las pasiones que asoman al umbral del corazón.




Fuente: La razon

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