Del suicidio se habla poco y con tapujos o nada. Es un tabú en la sociedad y acarrea, además, estigma, duelo y culpa para los familiares que pierden un ser querido.

Las tentativas de suicidio que afortunadamente no terminan en muerte, no son menos dolorosas. La persona superviviente añade la culpa, la vergüenza… a su dolencia. También su circulo familiar.

Las personas con ideas suicidas o que han realizado tentativas no hablan de ello, las familias y amistades que pierden un ser querido tampoco, los medios entienden que mejor no nombrarlo por un equivocado concepto de «efecto llamada», las instituciones no lo ponen en su agenda, el sistema sanitario aún no reacciona certeramente…

Y lo cierto es que el suicidio es una urgencia de salud pública. Más de 800.000 personas se quitan la vida al año y por cada suicidio consumado se producen 20 tentativas según datos de la OMS. Las estadísticas en España muestran una realidad que contabiliza al año más del doble de mortalidad por suicidio que por accidente de tráfico: 3.679 suicidios frente a 1.198 fallecimientos por accidente de tráfico (datos de 2017) Abrumadoras cifras que no pueden dejar la reacción social en el asombro o la pena.

El suicidio es una causa de muerte prevenible. Y en la receta de la prevención, entre otros ingredientes, está romper con el silencio. Hablar de ello con rigor, de forma objetiva y recordando los aún escasos recursos disponibles, ayuda a eliminar el tabú, el estigma y, sobre todo, a prevenir.

Lo que digo es que la carga del suicidio no recae únicamente en el sector de la salud y que de lo que se trata es de visibilizar el problema, aumentar el conocimiento sobre sus posibles causas y trabajar en común de forma integral y multidisciplinar para hacer de la prevención el mejor antídoto.




Fuente: La Razón

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