Venían con premeditación y alevosía. Instalaron tres espectaculares muñecos gigantes en el escenario, a modo de tótems de pesadilla diseñados por Tim Burton en colores chillones. Billy Corgan y los Smashing Pumpkins hacían su aparición en la, hasta el momento, actuación más concurrida del Mad Cool que, según datos oficiales acogía a 48.396 personas, para llenar un vacío, el de la energía en la explanada principal del festival. Por cierto, que parecía que entre la jornada del jueves y el viernes no hubo solo 1.000 personas de diferencia: la sensación es que, o éramos más el viernes o menos el jueves.

Tras las muy moderadas actuaciones de Bon Iver y Vampire Weekend del primer día de programación «oficial» del festival, más contenidas y sentimentales que energéticas, el plato principal del segundo también podía caer en el bajón. The National y su rock de aire literario y un poco intelectual no son precisamente un levantamuertos, aunque Matt Berninger lo dio todo para motivar al personal entre los lamentos de su voz grave. Ascendió a la valla que separa el escenario del público, se abrazó con la audiencia mientras se hacía paso en la masa y ofreció el micrófono. El repertorio de la banda estadounidense es serio, reposado y adulto, pero también puede que demasiado introspectivo. Así que, con toda su melancolía y el aliento gótico de The Smashing Pumpkins podríamos estar haciendo la crónica de un funeral. ¿Nos quedaría algo de serotonina para disfrutar del sábado con The Cure o sería el momento de ir a la farmacia a por una ronda de prozac?

Dependía mucho de Corgan y los suyos, cuyo mundo pesadillesco y atuendo de fraile no presagiaban nada optimista hasta que «Bullet With Butterfly Wings» insuflaba algo de rabia. «Desarm» habla de crecer, de hacerse adulto y seguir siendo un niño viejo, de convertirse en alguien superada la treintena con la adolescencia sin superar, el tipo de gente de la que el Mad Cool está repleta. Y funcionó perfectamente, como una puerta oscura a la edad en la que todo el mundo se siente inadaptado. Puede que la mayor parte de la audiencia no se diera cuenta, pero los enormes muñecos del escenario giraron 180 grados y la cara de colores quedó oculta y dejó visible el reverso en blanco y negro, ojeroso, de las figuras.

De ese mundo de los estadounidenses es quintaesencia «1979», un tema que suena a doloroso recuerdo. O «Tonight», que es como si tiras por el váter la única oportunidad de ser feliz que te brinda la vida. Y sin embargo hubo cierto gozo en ellas, algo de celebración contenida por lo que fuimos: un poco desgraciados, aunque valiera la pena haber llegado a ser niños tan viejos.

En general, ha faltado rabia en la parte central del festival. Y también volumen, visiblemente menguado frente a la edición de 2018, por más que hubiera el doble de público. Pero al menos todo estaba discurriendo por los cauces de la normalidad, lo cual es un tanto extraordinario en este festival. Y que siga así mucho tiempo.




Fuente: La razon

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