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Michio Kaku. Bueno, siempre digo a los padres, primero que todo, que cuando su hijo tiene diez años es el momento de comprarle un telescopio, o un microscopio. Cuando tienen cinco o seis años y les abrumas con todos esos trastos científicos, no tienen ni idea, su mundo son sus padres. Pero a los diez años empiezan a ser curiosos, quieren saber qué hay ahí fuera, qué pasa en el mundo. Así que les digo que les compren un telescopio, o incluso unos binoculares, con los que ya verán un mundo nuevo. Que les compren un microscopio, para que vean que hay otro mundo muy pequeño. Que les compren un kit de química, para que vean de qué están hechas las cosas y lo que pueden hacer los átomos. Que les lleven al planetario, a ver la naturaleza en acción. Cuando el joven Richard Feynman, que ganó un premio Nobel, era un niño, su padre le llevaba al bosque y le enseñaba cosas sobre los pájaros, por qué son de la forma que son, por qué tienen esos colores, por qué tienen el pico así, ¿por qué? Por qué los pájaros son como son. Al final, el joven Feynman lo sabía todo sobre los pájaros: cómo evolucionaron, cómo cazaban, cómo conseguían comida. Y entonces, un día, un matón le enfrentó y le dijo: “Eh, Dick, ¿cómo se llama ese pájaro?”. Y se quedó pasmado. Lo sabía todo sobre ese pájaro, excepto su nombre. Así que le dijo: “No sé cómo se llama”.
Y el matón le contestó: “¿A ti qué te pasa? ¿Eres tonto?”. Y en ese momento Feynman lo comprendió: la mayoría de la gente cree que la ciencia consiste en saber los nombres de los pájaros. Como eres un científico, sabes el nombre de ese pájaro, el de ese y el de más allá, y Feynman se dijo: “La ciencia no es eso. La ciencia se trata de los principios, va sobre los conceptos como la forma, los colores y los hábitos de tal pájaro. Así que voy a enseñar a los niños que no solo tienen que memorizar, sino que tienen que entender la evolución y por qué las cosas son como son”. Y hay que enseñar con entusiasmo. Cuando le dices a alguien que nombre a sus profesores de primaria, después de cincuenta años alguna gente se acuerda de su profesor de quinto o sexto de primaria, porque hacía su trabajo con entusiasmo. Porque les importaba lo que hacían, y esa es la gran diferencia. Algunos dirán: “Sí, cuando estaba en el colegio descubrí mi pasión gracias a alguien que tenía entusiasmo, que me hizo creer en algo e hizo que se convirtiera en mi camino”.




Fuente: El Pais

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