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Sergio Ramírez: “He querido ser un cronista de América” | Cultura


Enorme bullicio en la casa de Sergio Ramírez en Managua. Nietos, hijos, su inseparable Tulita, su mujer desde hace 53 años, sus colaboradores en una de sus más queridas iniciativas públicas, Centroamérica cuenta, el festival que ha cosido de palabras la literatura latinoamericana y la literatura española. Festejan al primer Cervantes de la tierra de Rubén Darío.

Todos están celebrando, en el ancho patio de muchos vericuetos, como un jardín de Borges, ese gran premio de un nicaragüense que ha sido uno de los ciudadanos más importantes de su país, comprometido con la Revolución hasta el tuétano y después desencantado de su continuación cínica.

Dejó la política, triste pero no melancólico, rehízo en esa casa de Managua, y en su tierra natal de Masatepe, su vocación literaria, y ayer por la mañana en su país chiquito (la “Nicaragua violentamente dulce” de Julio Cortázar, su amigo) había un festival centroamericano debajo esos árboles que hace nada dieron cobijo a su último cumpleaños, los 75.

En ese clima respondió a algunas preguntas de EL PAÍS, periódico del que es colaborador asiduo. Para él, nos dijo, es un premio que colma su vocación, y lo obliga a seguir “queriendo ser, como siempre he querido, un cronista de mi país a través de mi ficción. Mi infancia, mi experiencia, todo está en mis libros, y por eso está también América Latina. Y quiero que ese mapa sentimental, cultural e histórico sea representado por las palabras que aprendí en la lengua de este gran escritor que fue Cervantes. En el caso de mi propia escritura acerca de mi país, lo que he pretendido siempre es visibilizar mi pequeño país, que parece marginal, pero que tiene una riqueza cultural inmensa”.

Hay un momento en que su dedicación a la política se atenuó hasta extinguirse. Y sobrevivió ese momento decisivo de su vida, y de la vida de los nicaragüenses, “comprando tiempo para escribir, escribir siempre; ahí está, para reiniciar mi vocación, Castigo divino, que fue una novela de gran complejidad”. Ahí redescubrió la esencia del oficio, “que es el trabajo, la documentación, estar sentado ante la computadora todo el día si hace falta, fuera de toda distracción, hasta que llega el estado de gracia”.

“Hermano menor del boom”, como dice, ha sido amigo de Gabriel García Márquez, de Mario Vargas Llosa y de Carlos Fuentes. De los tres recibió no sólo amistad, sino enseñanzas. “Ha sido un lujo aprender de ellos. De Gabo aprendí la hermosura de su lenguaje, que proviene de los cronistas de Indias. De Fuentes, cómo entrar en la historia de un país, en su caso, de México; y yo he querido entrar así en la historia de mi propio país chiquito. Y de Mario, sobre todo he aprendido a conocer las costuras de las novelas, a armar las páginas para cada estilo o asunto”.

Es, también, un hombre de memoria. Su cuento No me vayan a haber dejado solo es uno de sus relatos más conmovedores. “Ahí vuelvo a mi casa de Masatepe, vacía. La infancia es un territorio extranjero que uno llega a desconocer. En ese cuento busco puertas, gente. Y la casa de mi infancia está completamente vacía”. Ayer esa casa también se llenó de vida, aunque no haya nadie dentro, pues de ahí arranca la esencia de su literatura.

Sergio Ramírez viaja siempre con su mujer, Tulita; se casaron cuando ella tenía 18 años y él le llevaba dos. “Aprendimos a vivir juntos; maduramos juntos y seguimos casados después de 53 años. Una hazaña, sobre todo para ella, que me ha aguantado a mi. Fue una de las escogencias más acertadas de mi vida”.

¿Y Cervantes, qué es para usted este escritor que le da nombre a su premio? “Él es la vida y la naturaleza, así dijo Rubén Darío que era el gran factor de nuestra literatura”.




Fuente: El país

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