Sientes debilidad por las historias que cuentan los anuncios de la ONCE, especialmente por las que acaban bien. Las del día de la Madre son de esas, y no por que te vayan a tocar los 17 millones ni por que estés de acuerdo en que haya un día de la madre. De todos los días oficiales que nos marcan con lazo en el calendario los centros comerciales, este es de los más estúpidos porque, si alguien es madre, lo es todos los días, todas las horas, todos los ratos, el primer día del mundo y el último, este mismo instante en el que tecleas las cuatro letras de mamá. Pero fíjense que a esta campaña de la ONCE le ríes las gracias, porque en ella apareces tú, sangre, sudor y lágrimas, dándolo todo (o casi) por esas criaturas que pariste y que, de mayores, oh desagradecidas, a veces mandarías a las oscuridades del Tártaro. Y al final, el mensaje: “¿Ser madre compensa?”.

El caso es que llegas un día a casa hecha una mierda un viernes cualquiera después de una semana de mierda, que empezó mal, siguió mal y que sólo puede acabar bien, y ahí está ella, esperándote en la cocina. Metes la llave en la cerradura, tocas el timbre por si acaso, abres la puerta de casa y entras dispuesta a descolgarte del mundo exterior porque para hoy ya tienes bastante, se acabó.

Ella está buscando algo en la despensa. Siempre tiene hambre. La puerta de la nevera está abierta, hay un montón de comida fuera… Sueltas un hola blandengue, arrastrando mucho la o. Así: “Hooola”. Este es correspondido con otro. Tal que: “Holaaa”. El suyo llega arrastrando la a. Suenan distinto, lo son.

–¿Qué te pasa?, te pregunta.

–Uff, es que…

Tu cara habla por ti antes que las palabras. De hecho, pareces un cruce entre la Mildred con mala leche de los Roper y la Pantoja justo antes de tirarse del helicóptero de Supervivientes.

Imagen de uno de los anuncios de la ONCE

–¿Abrimos la bolsa de cacahuetes?

–Pues claro.

Y así, entre cacahuete y cacahuete, parloteas sin parar porque llevas un cabreo que ahora te explico. Que si esto, que si aquello, que si este, que si aquella, que si el otro… Describes, en frenéticos giros incomprensibles, los efectos secundarios indeseados de la madurez. Esta vez te toca a ti sacar a los fantasmas de paseo. Ella te escucha. Está en esa edad en que es capaz de comprenderlo todo. En la adolescencia tienes percepciones que luego se pierden, piensas.

Y gimoteas igual que una niña. Y te abraza. Y lo hace con tal energía que oyes crujir la contractura de tu espalda. Te sientes salvada. Ella te salva. Entonces recuerdas el milagro de los pinos de Binibeca que germinan dentro de las rocas y que se espigan pese a todo.

–¿Sabes, mamá? Que no vale la pena.

Y así, mirando esos ojazos negros brillantes, es como consigues saltar con un triple mortal una semana de mierda.

Y te entregas al sábado tan feliz.

Y sí, ser madre compensa. Sólo que hay que ir a por cacahuetes.




Fuente: LA Vanguardia

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