Esta columna de hoy se la debía a ustedes y llega casi a destiempo, cuando sólo durante esta semana pueden todavía ir al teatro en Barcelona y pasmarse ante el monólogo que, hora y media en escena a sus ochenta y un años, interpreta José Sacristán recreando uno de los textos más personales y vividos de Miguel Delibes, Señora de rojo sobre fondo gris; un libro que tardó más de quince años en escribir, porque era la elegía por su esposa fallecida. El arte del escritor castellano disfrazó la muerte real de su mujer y la pena que sin duda lo ahogó a él mismo bajo un alter ego, un pintor, cuya mujer ha muerto de una enfermedad que se nos narra y explica para que entienda todo la hija, presa junto con su marido por antifranquistas.

José Sacristán, que tiene la que sin duda es una de las mejores voces de la escena española, ha convertido el libro de Delibes en un monólogo en el que está solo en escena, apenas se escucha en algún momento la voz en off de Mercedes Sampietro como la de Ana, la esposa del pintor. Y no tan sólo es que las palabras sean bellísimas, es que la adaptación, en la que el mismo Sacristán ha participado, junto a Inés Camiña y José Sámano, que ejerce también de director, permite una comunión del espectador con el monólogo, ese arte tan difícil, y con los sentimientos de un viudo que enterró su inspiración y lo mejor de su vida y que nos relata su sufrimiento y las visitas a los médicos y cómo llegó la parca, aunque también haya tiempo para describir el enamoramiento, la vida en común, los celos incluso.

La función va más allá, porque al modo en que también lo hacía el monólogo que Javier Gomá escribió tras la muerte de su padre, es inevitable emocionarse e identificarse con ese señor que viste un jersey rojo de cuello alto sobre un fondo gris en el que finalmente se proyectará el retrato que otro pintor hizo de Ana (y que en realidad es el que Eduardo García Benito pintó de Ángeles de Castro, la que fue la esposa de Delibes); es la vida, no el teatro, lo que se impone en un recitado que no puedo calificar más que de prodigioso, con el llanto contenido y apenas insinuado en los momentos justos, sin sollozos ni recursos fáciles. No se puede salir indemne de esta representación, porque la sensación de verdad es tan fuerte y tan honda que hace que lo que venga después del teatro: volver a casa, una cena, irse a dormir, quede todo impregnado de la voz de Sacristán y del sentido de esta obra, que trata de la vida y de la muerte, también de los afectos sin afectaciones.

No creo que haya matrimonio que vea esta función y no salga impresionado, como tampoco creo que nadie que haya vivido lo suficiente como para perder seres queridos, padres, hermanos, amigos, no esté en algún momento atenazado por la emoción. Ana, la inventada mujer del pintor, era alguien que “con su sola presencia aligeraba la pesadumbre de vivir”. No sé si hay mejor epitafio para una historia de amor que perdura más allá de la muerte, porque supo transformarlo en esto que es el arte, lo que nos explica y conmueve.




Fuente: LA Vanguardia

A %d blogueros les gusta esto: