Suegras melindrosas, nueras desabridas, yernos desconsiderados o suegros mandones son una bomba de relojería para cualquier pareja. ¿Puede la familia política dinamitar una relación?

Encontrar una media naranja con la que emprender un proyecto de vida en común no es tarea fácil. En España, según datos del INE, 16 millones de personas pululan por la vida sin par y buena parte de ellos, 6 millones según este reportaje de El País, se lanzan a las redes para despertarse acompañados. Y cuando por fin encuentran a esa persona con la que iniciar una andadura común, que ha pasado todos los filtros que nos imponemos, pues cada vez somos más exigentes, tenemos aún que superar una nueva prueba: la convivencia con su familia y la del interfecto/a con la propia.

No somos esporas que nos reproducimos espontáneamente ni setas que aparecemos sin mamás ni papás en la vida del otro. Cuando empezamos una historia de amor lo hacemos con una persona y sus circunstancias y dichas circunstancias tienen que ver en muchas ocasiones con su familia. Y es ahí donde pueden surgir problemas de convivencia.

En el diván

Los que conocen de primera mano este tipo de problemas son los psicólogos, que ven desfilar por sus consultas parejas consumidas por reproches hacia suegros y suegras, pero, sobre todo, por la forma en la que la pareja aborda estos rifirrafes. Porque no nos olvidemos que aunque tengamos una suegra o un suegro más molesto que un grano en las reales posaderas, con quien estamos saliendo es con el hijo o con la hija. Y es esa persona la que más nos puede herir.

“Los comportamientos que más duelen a los cónyuges son los que desautorizan sus opiniones priorizando las de los padres. Esta lucha de poder desgasta y crea resentimientos y desagravios que, a largo plazo, se van acumulando y pueden producir una separación afectiva. Igualmente, no defender a la pareja cuando algún familiar la ataca es un mal índice de valoración de la relación. Después en privado podemos discrepar pero delante de nuestra familia deberíamos ponernos del lado de nuestra pareja en un sentido de solidaridad”, apunta el psicólogo leonés Miguel Ángel Cueto, director de CEPTECO (Centro psicológico de Terapia de Consulta).

En las consultas de los especialistas se presentan dos casos típicos: los que acuden solos o los que lo hacen en pareja barruntando que su problema era otro. “La persona que consulta sola habitualmente no lo ha comentado con su pareja. Esto nos hace pensar que existe un paso previo que no se ha dado: comunicar el malestar y compartir la preocupación. Dar voz a este problema, crear un discurso asertivo y ofrecer pautas para facilitar su expresión desde la constructividad son algunos de los objetivos de la terapia”, comenta la María Teresa Mata Massó, Coordinadora del Máster Online en Psicoterapia Integradora Mensalus y formadora en el entrenamiento de la Inteligencia Emocional.

También se da el caso de ir en pareja, por cualquier otro tema y descubrir que “la madre del cordero” de las discusiones es la madre o el padre del otro o la otra. “Muchas veces acuden a la consulta por otro tema y cuando escarbas un poco descubres los problemas con la familia política”, desvela Antonio Casaubón Alcaraz, psicólogo y Presidente de Honor de la Federación Española de Sociedades de Sexología.

Suegra contra nuera o viceversa

El problema más habitual es la interferencia de la madre del hombre con su nuera. Así lo demostró la psicóloga de la Universidad de Cambridge, Terri Apter, que al casarse experimentó en carne propia los problemas con su suegra y pensó que no debía ser la única que los padeciera. De modo que llevó a cabo una encuesta en Reino Unido que concluyó que el 60% de las mujeres se sentían infelices con la relación con su suegra y que esto afectaba a su matrimonio frente a un 15% de yernos que experimentaba lo mismo. La psicóloga publicó el libro “What do you want from me?” (¿Qué esperas de mí?) en el que apuntaba soluciones a este contencioso.

Las estadísticas también indican el momento en el que el conflicto se recrudece: con la llegada de los hijos. Según un estudio realizado por la Universidad de Turku (Finlandia), la llegada de nuevos miembros a la familia producía desavenencias con los suegros. En una sociedad en la que si la conciliación laboral fuera un libro se encontraría en la sección de ciencia-ficción, la necesidad de echar mano de los abuelos para la crianza de los hijos, agudiza las tensiones con la familia política.

De todas formas, no es la única razón. “Hay varones que no han cortado el cordón umbilical con su madre y cuando tienen hijos, los abuelos se sienten aún más legitimizados para imponer sus opiniones a la pareja. Pero tampoco hay que olvidar que existen suegros que siguen sobreprotegiendo a sus hijas y que no admiten que ya son mujeres. Quieren opinar sobre la vivienda o el coche que se van a comprar y esto origina muchas tensiones en la pareja”, recuerda Casaubón.

El problema, según este especialista, es la codependencia tóxica de padres e hijos, en la que unos no pueden vivir sin los otros. “Se tendría que llegar a una relación de interdependencia, en la que los suegros entendieran que pueden intervenir a demanda de la pareja y de forma consentida. Al final, es una cuestión de sentido común”, resume Casaubón.

Cómo resolver el conflicto

De todas formas, se ha de tener en cuenta que de momento en nuestro país, la sangre no ha llegado al río y, según el CIS, el 35% de españoles se lleva a partir un piñón con sus suegros y únicamente un 2% está en pie de guerra.

El problema es que los especialistas consultados coinciden que cuando el conflicto no se soluciona puede dar al traste con la pareja. “La ruptura casi siempre viene precedida de dificultades a nivel de comunicación de pareja. Por ejemplo, cuando una de las dos partes siente que el tiempo que comparte con la familia política no es de calidad y/o dicho tiempo impide preservar momentos de intimidad propios del núcleo familiar (tiempo exclusivo para la pareja y los hijos)”, ilustra Mata.

En casos de este tipo, la especialista comenta que tal vez la clave no esté en dejar de compartir celebraciones con la familia política, si no de encontrar espacios para hacerlo en el núcleo familiar. También advierte de la necesidad de emplear un lenguaje asertivo a la hora de tratar estos temas. “Sustituir el ‘tú me haces sentir’ por el ‘yo me siento/yo necesito’ es mucho más constructivo. Se ha de generar un sentimiento de equipo y lidiar el problema desde un ‘juntos, sumamos’”, recomienda Mata.

Los reproches o el “yo tengo más razón que tú”, son malos aliados en estas lides. “La base consiste en escuchar de verdad a la otra parte con amplitud de miras y buscando siempre la negociación, no la superioridad moral o el regodeo en el error del otro”, sugiere Cueto.

Y tener en cuenta que poner límites no es prohibir. “No se tiene por qué romper la relación con los suegros, se tiene que redefinir, marcando un espacio para la pareja y dando alternativas. Si la dinámica que se ha creado es tóxica, se ha de acabar con ella, pero remplazándola por otra más madura y menos opresiva”, concluye Casaubón.




Fuente: El Pais

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