Fue mi primera cita formal, eso quiere decir que fue la primera vez que un chico me dijo, después de verme una vez, que quería verme por segunda vez. Lo mejor de mi primera cita fue que no fue una cita ciegas. Aunque, claro, las personas inseguras solo estamos seguras de algo: que en una segunda mirada verán todos nuestros defectos. Así que estaba nerviosa, pero no estaba sola. Esa tarde en la Concha Acústica del Campo de Marte ―suena a una rave en una playa extraterrestre pero solo es un auditorio al aire libre en Lima, Perú― mi hermana menor y yo conocimos a dos chicos que parecían hermanos. Y aunque no lo eran, el encuentro ya tenía el sello inequívoco de “Cuando Frozen se encuentra con Rain Man”. Sus madres eran de izquierda y feministas de la época, como nuestra madre, lo que probablemente haya influido en la educación y en las buenas maneras de sus hijos. O al menos eso me pareció.

Hasta ese momento yo solo había conocido chicos que demostraban su deseo sexual tirándome bolas de mocos y diciendo mi nombre con eructos, no invitándome al cine. La cita era rara para ser una primera cita: una cita dos por dos. En la que no te mandan con tu hermano sino con tu hermana. Una cita, en realidad, que lindaba con el porno de hermanas. Una cita en el cine para tocarse levemente en la oscuridad con tu hermana pequeña al costado.

Nos vestimos y peinamos durante todo el día y a las tres de la tarde ya estábamos rumbo al cine Pacífico, en Miraflores, donde todos los adolescentes limeños tenían sus primeras citas. El Pacífico está dentro de una pequeña galería con varias puertas. Nos colocamos cerca a la boletería, esperando, pero no los vimos. Como no llegaban, fuimos hasta la puerta, probamos en una puerta y luego en la otra, pero nada. Esperamos mucho, quizá no muchísimo. Y luego nos fuimos. Tiempo después supimos que ellos también habían estado ahí buscándonos. Eso dijeron. Siempre me quedará la duda.

Cuando eres adolescente que te abandonen te parece lógico y comprensible. Bueno, sé que esta debía ser la confesión de la peor primera cita de mi vida, la cita que no existió y aquí debería poner la palabra fin. Pero lo cierto es que siento que esa cita fallida en realidad no terminó ese día en que mi hermana y yo regresamos a casa sin pena ni gloria. A esos dos que no llegaron a nuestra primera cita los volví a ver.

Corzon

El chico que me gustaba se convirtió en mi primer novio, uno de los primeros con quien fui más allá de un beso ―yo tenía 13 años―, el primero que me escribió un poema, y el primero también que me dejó al mes de empezar porque le dije que no quería tener sexo todavía. Lloré durante semanas. Pero cuando eres una mujer joven, hasta eso te parece comprensible.

Muchos años después, el otro, el que iba a salir con mi hermana, me contactó por Facebook, y después de algunas conversaciones, empezó a mandarme fotos de su pene sin que se las hubiera pedido. Supongo que todo eso me parecía cada vez menos comprensible. No sé cómo habrán terminado ellos, pero fue así como terminó la peor cita de mi vida. ¡Y estos eran los hijos de las feministas!

Gabriela Wiener es escritora y periodista. Algunas de sus obras más conocidas son ‘Nueve Lunas’, ‘Dicen de mí’ y ‘Sexografías’. @gabrielawiener




Fuente: El Pais

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