Dice un ingeniero con años de trabajo en África a sus espaldas que cuando las obras de saneamiento llegan a una ciudad es “muy buena señal”. Son molestas, pues requieren levantar calles para canalizar las aguas sucias y, cuando por fin terminan, el resultado no es tan vistoso como el de construir una carretera o un hospital nuevo. Si un gobierno se aventura a acometer semejante trabajo es signo, en opinión de este experto, de que se han alcanzado cotas razonables de desarrollo.

Saint Louis, una ciudad senegalesa donde viven 250.000 personas y cuyo centro es Patrimonio de la Humanidad, acaba de embarcarse en este trance. En una urbe con decenas de retos que van desde la pobreza hasta la apabullante suciedad de sus calles, los vecinos podrían discutir hasta qué punto se ha alcanzado este nivel razonable de desarrollo. Pero lo cierto es que, a poco que se indague en cómo se gestionan las aguas fecales, queda clara la necesidad de nuevos sistemas de saneamiento.

Unos 20 kilómetros al sur, en una zona de cultivos, un camión cisterna llega a media tarde. Frena, bajan dos de los operarios que abren la manguera de evacuación. De ella salen propulsadas aguas fecales que se desparraman sobre el campo y el camino que separa dos parcelas. Cuentan los campesinos de la zona que sus hortalizas brotan impetuosas. Pero no que al crecer alimentadas por residuos es muy probable que estén plagadas de microorganismos responsables de peligrosas enfermedades en quienes las consuman. Desde una infección intestinal a una hepatitis.

Aguas residuales vertidas por la UGB. P. L.

Los camiones vienen de Saint Louis, tras vaciar las letrinas de aquellos que se pueden permitir pagarlo. En una ciudad bañada por el río Senegal y el océano Atlántico, las aguas freáticas llegan a menudo a los depósitos que las familias tienen en las casas, con lo que se llenan enseguida. Abou Sy, adjunto al director de la Oficina Nacional de Saneamiento de Senegal (ONAS) en la ciudad, explica que vaciarla tiene un coste de unos 25.000 francos CFA (algo menos de 40 euros) y que es frecuente que necesiten el servicio mensualmente. Demasiado para muchos hogares, lo que provoca que a menudo las letrinas rebosen y dejen el entorno maloliente e insalubre. “El estancamiento de aguas, por ejemplo, provoca que los mosquitos, que generalmente anidan en la temporada de lluvias, permanezcan todo el año, lo que aumenta el dengue o la malaria”, explica el funcionario.

No todas las familias se pueden permitir vaciar las letrinas, de modo que las aguas negras rebosan dejando un entorno insalubre

El plan de la ONAS, que comenzó hace medio año y durará 18, consiste en construir 75 kilómetros de tuberías y 10 estaciones de bombeo que impulsen a las aguas de desecho hasta la depuradora, que está en el mismo lugar donde los camiones cisterna vierten los residuos. Porque una pequeña parte de Saint Louis ya cuenta con saneamiento, pero la depuradora es capaz de filtrar solamente 600 metros cúbicos de agua al día, lo que en una ciudad apenas da para tratar los desechos de unas 2.500 personas. Entre los proyectos del Gobierno senegalés está también multiplicar por 20 su capacidad. La idea es crear 6.000 conexiones a la red. No está calculado el número exacto de ciudadanos que se beneficiarán, pero Sy asegura que los más desfavorecidos podrán conectarse gratuitamente al sistema, mientras que quienes dispongan de recursos tendrán que pagar.

Una depuradora ecológica para la universidad

A casi 30 kilómetros de esta depuradora donde hoy las aguas fecales se mezclan con los cultivos y a algo menos de 10 de la ciudad donde las letrinas se desbordan, tras un muro, se puede ver una especie de laguna rodeada de árboles donde los pájaros revolotean. Si no fuera por el hedor que emana parecería un paraje idílico en mitad de un secarral.

Allí se acumulan los desperdicios de los inodoros del campus de la Universidad Gaston Berger (UGB) de Saint-Louis, un centro de 12.000 estudiantes en el que muchos de ellos residen. Una de las bombas que propulsaba el agua a la precaria red de saneamiento que ya existe quedó totalmente desbordada, así que la única alternativa para que las aguas fecales no se quedaran estancadas en el propio recinto era verterlas al campo. Además de estar cerca de una parcela de cultivos, como la depuradora, se asienta al lado de una de las fuentes de agua limpia de Saint Louis, con lo que se corre el riesgo de contaminación, según explica Abdou Kanouté, director de medioambiente y seguridad de la UGB.

Abdou Kanouté, director de medio ambiente y seguridad de la UGB, muestra la depuradora ecológica que la universidad está probando.
Abdou Kanouté, director de medio ambiente y seguridad de la UGB, muestra la depuradora ecológica que la universidad está probando. P. L.

La universidad está probando un proyecto piloto para depurar las aguas de forma natural. Con la financiación de la Cooperación Española y del Ayuntamiento de Barcelona, ha instalado un una instalación ecológica. Las aguas negras pasan por depósitos de grava y arena que van limpiando los residuos, hasta llegar a una zona de plantas que se nutren del líquido resultante, lo oxigenan y lo convierten en uno apto para el riego. Esa es al menos la intención y lo que se está probando, con la coordinación de Fundación Solidaridad de la Universidad de Barcelona, que ya ha desarrollado proyectos similares en España, Vietnam, Bolivia y Costa Rica.

Esta pequeña planta tiene capacidad para procesar unos 10 metros cúbicos al día, lo que equivale a entre 50 y 100 personas, pero la idea es que, si funciona correctamente, se pueda ampliar a una mayor, que fuera capaz de atender a entre 2.000 y 10.000, lo que podría cubrir buena parte de las necesidades del campus.

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Fuente: El Pais

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