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Sabina, eterno en Madrid


Batería: Pedro Barceló. Bajo: Laura Gomez palma. Saxo y clarinete: Josemi Sagaste. Piano: Antonio Garcia De Diego. Guitarra: Pancho Varona y Jaime Asúa. Coros: Mara Barros. Gira «Lo niego todo», de Joaquín Sabina. WiZink Center, Madrid.

Madrid impone incluso al hombre que la convirtió en canción. En la capital, Joaquín Sabina se terminó de hacer poeta y también aquí sufrió «el Pastora Soler», aquella noche de la espantada del escenario que explicó en forma de comedia. Los últimos años han sido un poco grises para el artista de Úbeda, en lo que respecta a su salud, pero también a un cierto bloqueo creativo. Sin embargo anoche, ante 15.000 personas, en la que es su casa, nadie pensaba en convocar a los malos espíritus. Convertido en leyenda viva, con todas las entradas vendidas para nada menos que cuatro veces el WiZink Center –la segunda hoy, las otras dos el mes que viene– la ciudad de sus prodigios le recibió completamente entregada. Y él salió a hombros, claro. «No miro nunca las fechas de la gira. Pero desde el primer día tengo grabado a fuego las fechas de Madrid. Por el nudo en la garganta y por tocar ante la gente que más quiere uno», reconoció Sabina en la primera canción.

La publicación de «Lo niego todo», un esfuerzo colectivo junto a Leiva y Benjamín Prado, parecía haberle devuelto energía y, desde luego, relevancia. «A mis musas les habían salido varices y les olía el aliento», explicó, burlón, en su día. Sin embargo, Sabina volvió a recaer de salud antes de girar por Suramérica. Interrumpió las entrevistas promocionales y, a su regreso, hizo una parada emocional en Úbeda, su tierra, un regreso a su juventud en Londres, y después, reposo. Su entorno le protege y Sabina lo necesita: la voz de mil cazallas mostró anoche la lija más que las grietas. En todo caso, cantó con la red de un atronador karaoke.

Abrió Sabina negándolo todo, los polvos y los lodos. Con reportajes periodísticos de fondo sobre el suicida y el bala perdida. Fue un primer bloque consignado al nuevo disco con un punto álgido: «Vivir para cantarlo», un tema en el que mira de frente a los fantasmas con una amplia sonrisa. Su esfuerzo fue colosal, de casi tres horas. Con «Yo me bajo en Atocha», Sabina sudaba proclamando que se quedaba en Madrid, donde queda el «Bulevar de los sueños rotos». Luego fue la imperecedera «Y sin embargo, te quiero», y la respuesta del público le ahogó la garganta. «Ruido», «Peces de ciudad» y «19 días y 500 noches» formaron parte del bodegón urbano junto a «Aves de paso» con todo el público puesto en pie. Sudó la camisa con «Princesas» y la muy romántica «Contigo», y la noche se puso emocional. Incluso coló un «colchonera» cuando no procedía en referencia a su Atleti. Se concedió algunos descansos, para que lucieran la voz, sucesivamente, Mara Barros, Pancho Varona y Antonio García de Diego en «A la orilla de la chimenea». Jaime Asúa tambien reemplazó al jefe en «Seis de la mañana».

Entre tantas precariedades, la sensación que flotaba en el concierto es la de por si acaso. Por si tarda en volver, por si volverá. Los comentarios, entre el público, contemplaban semejante posibilidad como el que discrepa del cambio climático. Tal es la fe en quien ha escrito algunas canciones viejas que no tienen edad. Esa es la confianza en el mito de un público, por cierto, radicalmente joven anoche. Quedaba «Nos dieron las diez», esa canción por la que pasan las horas pero nunca los años. Sabina es inmortal aunque él, tengan por seguro, lo niega todo. Pero nadie va a creerle a estas alturas.




Fuente: La razon

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