Se libró Garbiñe Muguruza, por poquito pero se libró. Fue ennegreciéndose el cielo de París y al final se cerró, dibujando el paisaje de uno de esos filmes apocalípticos en los que la lluvia cae como si las dispersasen desde arriba a cañonazos. A ella, por suerte, la escena la pilló de recogida ya en el hotel, habiéndose entrenado por la mañana en el complejo de Roland Garros, bastante caótico estos días porque el futuro exige y la renovación ya va llegando. El objetivo es claro: París es París, plaza mayor donde las haya, así que para seguir el ritmo infraestructural de Melbourne, Londres y Nueva York era necesaria una vuelta de tuerca a la que también aspira la tenista.

Se busca, no cede y se escanea Muguruza, invirtiendo seguramente más horas y más empeño que nunca, pero no termina de encontrarse. Son horas bajas para la chica que hace tres años se coronó en Francia e iba a comerse el mundo, ahora difuminada, en un segundo plano discreto y más bien extraño, hasta cierto punto indiferente, que en realidad no la hace justicia, porque ella no ha sido nunca de medias tintas. Su apuesta fue siempre al todo o nada, y ahora mismo transita por un desierto del que tratar de salir a duras penas, mientras el tiempo va pasando y los años van cayendo, 25 ya en su DNI.

Demasiados días en la penumbra deportiva para una jugadora que en 2017 alcanzó el número uno, y que hoy día figura en el 19. Se busca, indaga y trabaja Muguruza, pero el éxito está siendo esquivo y poco a poco ha ido desapareciendo de las quinielas. Sin embargo, como buena hija de azkoitiarra, ella persiste. “Estoy entrenando muy bien desde hace mucho tiempo, así que espero que llegue el momento en el que todo cuadre y pueda conseguir un gran resultado”, decía hace dos días, en su primera comparecencia ante los periodistas en París.

“Ahora no estoy siempre pendiente del ranking, como cuando eras más joven”, proseguía. “Sí, es bueno el verte ahí arriba, porque eso significa que estás haciéndolo bien, y eso es lo que estoy buscando ahora: venir aquí y ganar partidos”, añadía la hispano-venezolana, que durante el último año apenas ha podido llevarse un par de bocados ligeritos a la boca –los dos títulos en Monterrey– y que en los últimos grandes ha seguido una dinámica muy discreta, a excepción de las semifinales obtenidas el curso pasado, precisamente en Roland Garros.

Desea invertir la tendencia Muguruza, aunque para ello no haya aplicado cambios estructurales en su equipo de trabajo ni tampoco en su esquema de juego. Desde su banquillo la dirige todavía el francés Sam Sumyk, en un vínculo que ha estado en el punto de mira permanentemente y al que en buena medida se apunta cuando se habla del estancamiento profesional de la tenista. Este curso no han trascendido escenas de combustión, pero sigue sin percibirse un volantazo. “Ya sea en un Grand Slam o en cualquier otro torneo, yo siempre me veo como una posible ganadora”, dice Muguruza, que estos días se ha afrancesado: cena a las siete y media de la tarde y madruga para sacarle jugo a la mañana.

Garbiñe busca a Muguruza

“¿Cuál sería un buen resultado aquí? Llegar a las rondas finales, pero al final debo ser realista e ir partido a partido. Quiero ganar cada partido e ir sumando poco a poco, y ver hasta dónde llego, pero está claro que un buen resultado significaría llegar hasta el final del torneo”, expresa la protagonista, que enderezó su debut frente a la estadounidense Taylor Townsend, reducida por un 5-7, 6-2 y 6-2, en 1h 59m. “Todos los primeros partidos de un Grand Slam son una aventura, así que ya veremos”, advertía dos días atrás. “Llego bien físicamente, he trabajado bien para recuperarme”, prolongaba, en referencia al abandono reciente en Roma.

Este año, Muguruza acumula 18 victorias y ocho derrotas, a las que se añaden otras dos caídas dolorosas en la Copa Federación, en la serie contra Bélgica. Arrancó con buen pie (octavos del Open de Australia y cuartos en Indian Wells), pero luego su rendimiento ha ido haciéndose irregular, y en la pista ha perdido peso ante las rivales. “Yo siento la presión todos los días”, expone la bicampeona de Grand Slam, protagonista de la portada para junio de la revista Cosmopolitan. “No intento pensar en qué piensan los demás, porque yo ya me pongo presión a mí misma. Quiero volver a estar ahí arriba, levantando trofeos”, añade.

“Me gusta la presión: creo que es bueno tenerla. ¿Si llego aquí y me veo campeona? Sí, creo que puedo hacerlo. Está claro que al final de las dos semanas solo hay una, pero sí, me gusta la presión y siempre me ha gustado”.

CUATRO AÑOS DESPUÉS, VUELVE FEDERER

Federer, durante un entrenamiento en París.
Federer, durante un entrenamiento en París. VINCENT KESSLER REUTERS

Se relame el público de París porque ya está ahí, muy cerca, tan cerquita que hoy, a eso del mediodía (hacia las 15.00, Eurosport), podrá volver a Roger Federer otra vez en su pista central. Hace ya cuatro años desde que el ganador de 20 grandes compitiera por última vez en Roland Garros, y justo una década desde que lograse su único cetro.

“Es el Grand Slam que más cerca está de mi casa”, precisa con la sonrisa en la boca. “Siempre ha venido mucha gente a apoyarme y recuerdo batallas históricas de jugadores míticos, como Steffi Graf o Jim Courier”, recuerda el de Basilea, que abrirá su participación contra Lorenzo Sonego (73 del mundo) y dice llegar en óptimas condiciones, pese al contratiempo muscular que sufrió en la pierna derecha la semana pasada en el Foro Itálico de Roma.

“He podido entrenar lo suficientemente duro y jugar partidos largos y tensos como para darme cuenta de que estoy preparado”, advertía hace un par de días.

Precisamente, Federer podría toparse en las semifinales con Rafael Nadal, que debutará mañana frente al alemán Yannick Hanfmann, 26 años y 184 de la ATP.

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Fuente: El Pais

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