La resolución llega a las tres y media de la tarde, mientras se remueven los estómagos. Sin embargo, nadie quiere moverse del asiento. ¿Comer, para qué comer cuando hay algo así delante? La emoción justifica el retraso. Es un 6-3, 6-4 y 6-2, en 2h 25m. Rafael Nadal acaba de batir a Roger Federer después de un hermoso encuentro que abrillanta la rivalidad (24-15 en el global, 14-2 sobre tierra batida) y catapulta al balear hacia su duodécima final de Roland Garros, en la que se medirá el domingo a Novak Djokovic o Dominic Thiem.

Llega la arenilla hasta los teclados, porque los remolinos de viento se filtran en la Chatrier y se expanden por las cuatro tribunas, pringando especialmente a los ocupantes de los primeros palcos y llevándose la peor parte los fotógrafos. Vuela un sombrero hacia la pista, le acompaña un papelillo que se transforma en un pájaro –¡premio y aplausos para el interceptor!– y ciegan las briznas de arcilla a Nadal y Federer, que se tienen que frotar los ojos más de una vez. También el espectador, por el molesto polvillo desperdigado y sobre todo porque pestañear tiene peaje y nadie quiere regalar un solo segundo del espectáculo: perdérselo debería estar prohibido.

El partido no solo responde a la magnitud de los protagonistas, sino que supera las expectativas, la dimensión que conlleva siempre un cartel que reúne a Nadal y Federer. Podía preverse un desequilibrio, en tanto que el suizo nunca le ha ganado al balear en su fortaleza parisina, pero nada de eso. Hay partido, vaya si lo hay. Y de los buenos. Federer propone una vez más su revolucionario despliegue sobre la tierra, yendo a por el punto y atacando la red a corazón abierto, como si en lugar de actuar de actuar sobre arena jugase en sus aposentos de Wimbledon. Como se preveía, arriesga en cada bola y no se dilata: dos, tres, cuatro tiros, no más. Lo sabía Nadal y le espera, lo devuelve todo y contragolpea con la determinación del gran tiburón blanco.

Busca descaradamente el mallorquín el revés del rival, ese viajo aliado del pasado que en los últimos tiempos había derivado en un demonio, y no solo escarba en él, sino que contragolpea con el suyo. El repertorio de cruzados penaliza la osadía de Federer, pero este no se viene abajo. Replica, se agarra, insiste una y otra vez, pese a que el condicionante del aire castigue en mayor medida la trayectoria de su golpe sedoso. La razón es simple: el pelotazo de Nadal porta plomo y con la humedad del día pesa un quintal, y así araña los dos primeros breaks, haciéndose con el primer set y planteando el escenario más feo posible para el adversario.

Tozudo y cruyffista (la idea por encima de todo, pese al destino), sigue proponiendo una ofensiva a quemarropa y se inventa reveses a la remanguillé para angular la bola hacia el cuadro de saque. Sí, es posible. Parábolas imposibles, pura arquitectura. Dejadas de fantasía: ¿son reales esos retrocesos? Sí, él puede. Así resiste, así hace frente al hegemónico Nadal. Pero todo vuelve. ¡Roger, Roger, Roger! Se decanta claramente el aficionado de la pista central, en pie varias veces porque se presencian intercambios maravillosos. Está inmenso el de Manacor, agrandándose conforme avanza el minutero y pletórico en los desplazamientos. Aparece poco a poco su amigo el sol, y entonces llega el cambio de ritmo.

Entonces, empieza el Nadal estoico a limpiar las líneas de los pasillos, a desbordar con ese tiro abrumador. Contrarresta la valentía con un mazo. Devuelve la rotura inicial de Federer en la segunda manga, y aplica una estocada que definitivamente mata el duelo. Son dos sets arriba, son casi 38 años, así que no queda poco más que disfrutar por disfrutar, el juego por el juego. El placer por el placer. El ánimo del suizo se apaga, se dispara su cifra de errores (34 frente a 19) y Nadal cruza a caballo la penúltima frontera. Dos tarascadas más. Ya luce imponente en su duodécima final del grande francés. En París, no hay duda: manda él.

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Fuente: El Pais

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