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Rafael Riqueni, el flamenco bipolar


«Estoy encantado. Mejor no me pueden ir las cosas», dice Rafael Riqueni (Sevilla,1962) tras poner fin a una etapa espinosa. El artista, uno de los grandes maestros del toque de guitarra moderno, acaba de poner fin a dos años de prisión y está «contento y entusiasmado» por poder estar con su hijo y dormir «en un hotel. Fíjate qué lujo». El de Triana fue un talento precoz y obtuvo todos los premios habidos de su especialidad. Exploró territorios nuevos de la sonoridad flamenca en trabajos como «Juego de niños» (1986), al que siguieron dos acercamientos al jazz y la clásica como fueron «Mi tiempo» (1990) y «Suite Sevilla» (1992). Sin embargo, los años de despistes nocturnos empeoraron un trastorno bipolar que el guitarrista había desarrollado 20 años atrás. Rastro de esas noches largas y amargas son algunos tics del vocabulario. A Riqueni se le escapa de vez en cuando un casticísimo madrileño «de puta madre» con una entoncación inconfundible, un sonido a todos los bares. Ahora, tras varios años de trabajo, presenta un álbum de recuerdos, «Parque de María Luisa», que acaba de publicarse y del que ya está cansado. La mejor noticia es que quiere volver a ser él. Riqueni actúa en el festival Flamenco On Fire de Pamplona el próximo 25 de agosto.

–¿Como está?

–Gracias a Dios, muy bien. Agradecido de que tengáis la amabilidad y el detalle de entrevistarme. Porque yo últimamente no daba muchas entrevistas. Nunca he tenido promoción, ¿sabes? Ni nada de eso, siempre he ido deambulando de casa en casa de discos. Y bueno, ahora estoy encantado en Universal.

–Me ha gustado el trabajo.

–Pues yo estoy cansado realmente del «Parque», te digo la verdad. Sí, es que ahora estoy más interesado en el flamenco. Pero bueno, que está bien. Es entretenido para escuchar en casa.

–¿Cansado tan pronto?

–Sí, es que llevo mucho tiempo con esto, aunque bueno… Tenía unas canciones y les faltaba darles forma. Lo que me ha pasado es que estaba bastante mal en Madrid y fui poco a poco yendo a peor. Han sido siete años de trabajo. Por eso estoy cansado, pero creo que a la gente le va a servir para relajarse y disfrutar de la música.

–Es un ejercicio de memoria, pero no sé si toda memoria es nostálgica.

–La mía, sí. Después de lo que he pasado, es normal. Para mí se trata de recordar un tiempo en el que estaba mi padre antes de morir, y ser joven.

–¿Su fallecimiento fue un trauma para usted?

–Sí, así es. Y quería reflejar esa historia de mi vida en el álbum, me encanta. Es algo que quiero llevar siempre conmigo. Esa etapa anterior. Sevilla siempre va a estar en mi corazón, en el pasado y en el futuro, es mi tierra.

–Sus años en Madrid han sido más grises, ¿no?

–Para nada, no han sido tristes. Lo que pasa es que la última etapa coincidió con que estaba enfermo. Pero Madrid es mi segunda madre, y ahora que he venido estos días y estoy mejor de salud, pues con más razón. Esta es la capital de España y aquí hay que morir. El público es agradecido pero difícil. Hay que dar el callo todos los días.

–¿La gente entiende de flamenco en Madrid?

–Mucho. Estoy reventado de tocar, pero qué alegría estar aquí.

–¿Cómo le afecta el trastorno bipolar a hacer música?

–Bueno, incluso ayuda, ¿no? Es un desequilibrio pero que a mí como músico me viene bien.

–¿Por qué?

–No sé, me da otro punto, tío. Hablo así, pero esta es una enfermedad que tengo y que no me tomo a risa.

–¿Es como ser dos personas a la vez?

–Sí, algo así…. pero ahora estoy bien. Toco más que nunca. Mi guitarra es mi obsesión, estoy entusiasmado.

–Pero llevará muchos años ya tocando.

–Empecé a los ocho o diez, o sea, que llevo 40. Y sigo aprendiendo. Tengo más ganas que nunca.

–¿Practica más que antes?

–Más horas, y más al loro. Estoy más maduro, más serio sobre lo que quiero hacer. Tengo más ganas.

–¿Y ahora qué quiere hacer?

–Un disco de guitarra flamenca, y tengo una idea pero no la voy a decir. Es una sorpresa.

–¿Cómo ha sido la experiencia de la cárcel?

–Pues acabo de salir en libertad, y estoy más feliz que nunca. No tengo que ir a dormir a ningún lado. Han sido dos años de condena, de prisión.

–¿Sirve para algo estar preso?

–Siempre. La cárcel es dura, pero en mi caso ha sido una condena corta. Lo he llevado lo mejor que he podido y he aprendido mucho.

–¿De qué?

–De la gente, lo que te cuenta, la humildad, no sé. He aprendido mucho de la música también. He estado siempre con los gitanos allí.

–¿Qué ha aprendido que le sirva para la música?

–Me he dado cuenta en prisión de que lo que más me gusta del mundo es el flamenco. Ha sido una experiencia traumática, pero ya estoy en libertad.

–¿Ha podido practicar con la guitarra?

–Todo el día estaba tocando. Estudiando no, pero sí por lo menos pasando el tiempo.




Fuente: La razon

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