Hay personas que tienen suerte en la vida. Es el caso de Rafael Ribó (Barcelona, 1945), que ha gozado siempre de una suerte inmensa, como él mismo admite en la recta final de sus quince años como Síndic de Greuges. Ribó, que maneja para este año un presupuesto de 6,28 millones de euros y dirige un equipo de 70 personas, es el ombudsman catalán, encargado de defender los derechos de los ciudadanos frente a los abusos de las administraciones.

Licenciado en Derecho y en Económicas en la Universitat de Barcelona, antes de hacer carrera en la política se dedicó en su juventud a la docencia, en la facultad de Económicas y bajo los auspicios del catedrático González Casanova. Era 1970 y acababa de llegar de Nueva York, donde había pasado dos años haciendo un máster de ciencia política, con una beca que completaba dando clases de español en la misma New School for Social Research. “Tuve de profesores a Hannah Arendt, Herbert Marcuse, Edward Nell, nada menos –recuerda–. Pero aquel verano, volví a Barcelona y tuve el privilegio de entrar en el equipo de González Casanova, con Ignacio de Otto y Luis Cosculluela”. En 1974 leyó su tesis, sobre cultura política, que fue la primera en catalán desde la Guerra Civil.






Nunca pensó en dedicarse a la política

Estudió en los Jesuitas desde los 8 años, donde fue delegado y promovió el horario intensivo en el último curso. “Armé un lío de cuidado –recuerda, riendo– porque me siguió toda la promoción, se votó y se aprobó”. También fue delegado en los años universitarios. El interés por la cosa pública y el gobierno de lo colectivo le viene ya de entonces.

Sin embargo, nunca pensó en dedicarse a la política, sino más bien a la investigación y la docencia. Pero a principios de los setenta entró en el movimiento Assemblea Permanent d’Intelectuals Catalans y en la Assemblea de Catalunya, que agrupaba a la oposición antifranquista. Con Jordi Carbonell, Xavier Folch o Francesc Vallverdú, entre otros, elaboró un informe sobre el catalán como lengua oficial, un anatema en aquellos años. Y en 1974, pidió el ingreso en el PSUC, que oficializó un año después, cuando entró en el comité ejecutivo y se hizo cargo del área de cultura. “En mi ficha policial, porque nos seguían a todos, debía poner ‘rojo separatista’”, se ríe.


Es aficionado a la escalada y desde hace unos años organiza ‘Ribó tours’ enológicos para sus amigos

Pero desde la secretaría general del PSUC, en 1986, retiraron la hoz y el martillo y se olvidaron del comunismo. La versión remasterizada, ecologista y feminista fue Iniciativa per Catalunya, que bautizaron una noche de brainstorming con Vázquez Montalbán y López Bulla. Metido ya de lleno en la esfera política, Ribó fue diputado del Parlament de 1980 a 2003, salvo dos años en el Congreso. Y presidió IC –luego ICV– de 1987 al 2000.

Su mandato como Síndic finalizó la semana pasada, pero seguirá en funciones hasta que haya sucesor. Su elección, en el 2004, fue con Pasqual Maragall de president, aunque antes se lo propuso Jordi Pujol, explica, con quien había mantenido agrias diatribas políticas. Y en el 2010 fue reelegido, con sólo tres votos en contra y tres abstenciones.





Ahora no sería posible ese consenso. El proceso soberanista ha tensado la política. En abril de 2018, el Síndic condenó en el Parlament la violencia policial del 1-O y la intervención del autogobierno por el 155. También la prisión de los líderes independentistas. A la vez, censuró “claras irregularidades” con la tramitación y votación de las leyes de desconexión en el Parlament.

Gran amante del chocolate negro, que su amigo Quim Capdevila le suministra de forma regular, Ribó se ha aficionado desde hace unos años a hacer rutas vinícolas. Las llaman Ribó tours y se juntan unos días una quincena de amigos de aquí y de allí –hay hasta una pareja de islandeses y otra de Massachusetts–, en una casa rural, y visitan bodegas y algún museo. “Tenemos los mismos debates que he tenido siempre con mi gran amigo Raimon cuando nos encontramos”, se ríe.

Cuando se jubile, entre otros proyectos echará una mano en la propuesta participativa para el plan de derechos humanos que se ha puesto en marcha en Catalunya, con protocolo de las Naciones Unidas. Pero sobre todo se dedicará a viajar para visitar las zonas donde opera la fundación Ulls del Món, que impulsó en el 2000 con el reputado oftalmólogo Borja Corcóstegui. Se conocieron como médico y paciente, cuando Ribó sufrió un desprendimiento de retina en el ojo izquierdo, por el que requirió ocho intervenciones. El Síndic habla con pasión de la fundación, que además de aportar medios se dedica a formar a los profesionales médicos locales en el Sáhara, Mozambique, Bolivia y Mali.





Cada tres semanas sube a la Cerdanya, donde tiene una casa desde hace años. Le gusta la escalada. “He tenido afición a colgarme con cuerdas en la montaña, pero siempre de segundo”, detalla. Ha hecho la Cresta de los Besiberris y la Salenques-Tempestades del Aneto.

Su padre, que fue secretario económico de Cambó, les dejó la herencia a dividir en partes iguales a los cinco hermanos, explica, y sólo hubo una discusión, entre su hermana y él, por la colección Bernat Metge. Al final se quedó él los más de 400 volúmenes de los clásicos en la edición bilingüe griego-catalán y latín-catalán. Y cada cuatro meses le llega un nuevo envío.








Fuente: LA Vanguardia

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