De acuerdo con sofisticadas y cursis teorías, vivimos tiempos líquidos, especialmente en el mundo de la comunicación y la política. Casi nada permanece y todo cambia. Tal vez, eso sí, a mayor ritmo y con mayor profundidad de lo que lo ha hecho en otros periodos históricos.

            En el tablero en el que juegan los partidos no hay, sin embargo, grandes novedades. Es cuestión de aritmética y matemática. Pura demoscopia. Principio de vasos comunicantes. Entre formaciones de izquierda o de derecha, con frecuencia, lo que una pierde son ganancias para la gemela. Suma cero, sin muchos más aditivos.

            Y así hay que entender la Guerra Fría desatada ya abiertamente entre Partido Popular y Ciudadanos que tiene ahora como principal cancha Cataluña. Casado se está esforzando en pescar en los caladeros de Arrimadas, una vez consumado el transfuguismo, nada sorprendente por otra parte (estaba en numerosos mentideros desde hace semanas), de Roldán. La pregunta es: ¿quién saldrá victorioso de un choque in crescendo? ¿Cómo va y evoluciona el duelo?

            Más allá de los mayores o menores méritos del partido de la gaviota, el hecho cierto es que la erosión que han sufrido los naranjas ha sido enorme en pocos años. Desde que perdieron su ocasión de oro de acceder al gobierno de España de la mano de Pedro Sánchez (¿aquel era distinto al actual?), se sucedió la dimisión de Rivera, las dudas sobre los acuerdos con Vox, la indecisión sobre la propia actuación en los ejecutivos de Madrid, Andalucía y Murcia… y esto, en medio de una creciente polarización de la vida pública en España que iba dejando a unas siglas, originariamente catalanas, en aparente tierra de nadie.

            Ciudadanos ha sido un actor de primer nivel importantísimo en la última década, en algunos casos y ante algunas cuestiones, imprescindible. Sus logros están a la vista, sus errores (ninguna organización es perfecta), también.

            Ahora bien, más allá de los conflictos fratricidas con los azules, mucho y bien deberán remar sus líderes y sus militantes, especialmente sus cargos electos, para sobrevivir no a las hostilidades ideológicas en el centro y la derecha sino a un escenario social de sostenida radicalización, de blancos y negros. No corren buenos días para hilar fino en la prestación del servicio público desde los matices; siempre tan necesarios pero, a veces, tan injustamente estimados por el sufrido, baqueteado y excitado votante.

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Fuente: Estrella Digital

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