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Queen, de viva voz


No puede ser Queen porque falta su principal miembro, el recordado Freddie Mercury. Por eso no es Queen. A cambio, es la mejor banda tributo a Queen que se puede ver en estos días, pues quedan dos miembros originales –el guitarrista Brian May y el batería Roger Taylor– y ellos, más el vocalista Adam Lambert, visitarán mañana Madrid y Barcelona el domingo para recordar todo lo que fue uno de los grupos más seguidos e influyentes de la historia del rock and roll.

Es imposible sobrevivir a la ausencia de un mito como Mercury. Murió en 2001, cuatro años después de serle diagnosticado el sida, y algo también se fue en la historia del espectáculo. Un auténtico ídolo y el mayor motor creativo de Queen, el autor de decenas de canciones que hoy los amantes de la música, y hasta los que no lo son, elevaron a la categoría de himno.

La historia de Queen comienza en 1968. May y Taylor decidieron crear, junto al cantante Tim Staffel una banda llamada Smile que adquirió notoriedad en el circuito de clubes londinense. Influidos por la moda del momento, hacían rock psicodélico, aunque con ciertas variantes que les convertían en un producto original. Staffel decidió marcharse después de presentarles a un acérrimo seguidor del grupo, un tal Farrokh Bulsara, que con el tiempo sería más conocido como Freddie Mercury. Fue el verdadero inicio de Queen. El bajista John Deacon sería el último miembro en incorporarse al grupo, en 1971, en una época desesperada para sus miembros, pues no encontraban un sello que les grabara en condiciones. En cambio, su fama crecía por sus tremendos shows a pesar de no haber publicado un disco. Mercury se presentaba como un impresionante líder arropado por una banda de excelentes músicos capaces de cualquier estilo. Al amparo de EMI llegó su primer disco, «Queen», de 1973, el inicio de una aventura apasionante que acabó en la conformación de una de las bandas más influyentes y admiradas de nuestra era.

La gran estrella

Sería el 31 de octubre de 1975 cuando la banda ascendería definitivamente a los cielos. Fue la fecha de publicación del sencillo «Bohemian Rhapsody», el adelanto del álbum «A night in the Opera». Aquello, ese sonido, fue un cataclismo. Queen había evolucionado hacia unas formas extremadamente personales y grandilocuentes, haciendo de la desmesura una virtud. Muy atrás habían quedado sus inicios psicodélicos o la propuesta de rock duro que le siguió. Llegó un sonido sofisticadísimo, capas y capas de pistas, arreglos operísticos, suites y esa voz de tenor que exhibía su cantante. Siguieron las giras mundiales, las ventas multimillonarias y la consagración de Mercury como estrella. No temía a nada y asumía cualquier riesgo. Su magnetismo era extraordinario y disfrutaba sintiéndose el foco de decenas de miles de miradas por parte de una audiencia que entendía cada show casi como un ritual masivo.

Es cierto que Mercury era el mascarón de proa del grupo, pero Queen tampoco encajó en la etiqueta de «estrella principal con músicos detrás» porque el resto de componentes también mostraron su talento para escribir éxitos. A Deacon pertenece «Another One Bites the Dust» o «I Want to Break Free», Taylor hizo «A Kind of Magic» o «Radio Ga Ga» y May firmó «We Will Rock You». También fue uno de los grandes defensores del llamado «rock de estadios» que se popularizó a mediados de los 80. Llenaban varias noches Wembley con un espectáculo en el que Mercury era la gran estrella mientras la audiencia coreaba a voz en grito cada una de las canciones.




Fuente: La razon

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