La chaqueta amarilla de Zara fue la primera prenda viral de Instagram. Antes de su espontánea aparición en las calles de nuestra geografía (y, por consecuencia, en el mundo virtual) ya había habido otros casos de éxito de ventas convertidos en plaga, pero nada comparable. La cazadora más famosa de Inditex invadió armarios, titulares y redes sociales hasta el punto de tener sus propios perfiles. Sentó precedente y, para muchos, marcó un antes y un después: ya no servía con ir de compras en busca de algo favorecedor y apetecible, había que desarrollar también cierto olfato para intuir si tenía posibilidades de inundarlo todo. A pesar de las precauciones, Zara ha repetido hazaña con varias prendas durante este tiempo y volvía a alcanzar el culmen de la viralidad este verano con el vestido blanco de lunares. 

Los análisis que rodean a estas prendas son múltiples y darían para varios artículos, pero las cuestiones que nos ocupan son más concretas: ¿cuántos de los que se compraron la manida chaqueta amarilla se la siguen poniendo?, ¿qué han hecho con ella quienes se niegan a llevarla?, ¿resulta vergonzoso dejarse ver con una pieza low cost que tiene todo el mundo? A continuación recopilamos ocho testimonios de mujeres que en su día decidieron adquirir la cazadora. Arrepentimiento, pudor, indiferencia e incluso orgullo son algunos de los sentimientos compartidos. Y sí, muchas de ellas aún conservan la dichosa chaqueta mostaza.

Paty Abrahamsson, relaciones públicas en el sector de la moda y cocreadora de la cuenta @yellowjacketofficial (33 años). «Me la compré para hacer la gracia con una amiga, Marta Platón, al darnos cuenta de la viralidad de la prenda. De hecho, creamos juntas la cuenta de Instagram @yellowjacketofficial, que se hizo casi más viral que la propia chaqueta. Nos lo pasamos muy bien durante unos meses, empezamos subiendo nuestras propias fotos y después la gente nos mandaba sus imágenes desde todas las ciudades de España. La cuenta llegó a salir en medios y televisiones, incluso extranjeras. A día de hoy ya no tengo la cazadora, la dejé dentro de una bolsa con ropa que ya no me ponía en mi portal y a los cinco minutos un señor la abrió, la cogió y se fue. La verdad es que la última vez que entré en Zara fue para comprármela. Suelo utilizar prendas que se adecúan a mi estilo sin importarme la marca, quien las lleve o si están de moda, pero no compro en Zara».

Azucena Estévez, administrativa (28 años). «Llevaba tiempo detrás de una biker, pero me apetecía que fuera diferente y no la típica negra que siempre veía por las calles. Un día entré en Zara con la idea de comprarme una y encontré esta, disponible en dos colores: burdeos y mostaza. Estuve un par de días pensando qué tono elegir y cuando volví a la tienda a por ella me dijeron que estaba agotada porque se estaba vendiendo muy bien. Una amiga me recomendó una página de reventa donde podía encontrarla, pero los precios eran desorbitados para una cazadora. Todo eran impedimentos, así que desistí. A los pocos días mi madre apareció en casa con la chaqueta porque la habían repuesto. Todas mis amigas me decían que era la prenda más buscada y que todo el mundo la llevaba, pero a mí eso me dio un poco igual dado que estuve varias semanas poniéndomela y no encontré a nadie que la tuviera. Es verdad que después empecé a ver a más y más gente con ella. Pasear por el centro de Madrid era sinónimo de toparte con otras seis chicas con tu misma cazadora. A pesar de eso, a día de hoy sigo muy contenta con la compra y no me arrepiento. De hecho, la sigo utilizando».

Carmen Arbizu, influencer y fundadora de la marca de ropa Candóre (30 años). «Recuerdo que el furor por la chaqueta amarilla me pilló en México. En esa época yo vivía en Playa del Carmen y allí nunca llegó a hacerse viral. Aunque me estuviese muriendo de calor iba feliz con ella y llamaba muchísimo la atención (no sé si por llevar una cazadora en pleno Caribe o por el color). La verdad es que desde entonces no la he vuelto a llevar, aunque sigue en mi armario. Llegué a ponerla a la venta en Vinted, pero luego me arrepentí y la retiré. Pensé que la pieza que me gustó mucho en su día y me supo mal venderla. Tampoco creo que nadie estuviera interesado en una prenda así por muy barata que fuera (o quizá sí, quién sabe). Aunque soy muy básica a la hora de vestir, intento siempre llevar una prenda actual, algo que el fast fashion nos facilita mucho, no me importa que luego se pase de moda».

Marta Platón, informática y cocreadora de la cuenta @yellowjacketofficial (28 años). «Cuando Paty [Abrahamsson] y yo creamos el perfil de la chaqueta amarilla en Instagram, aún no había ninguno más. Al principio lo llamamos ‘Je suis the yellow jacket‘ porque recientemente se había creado el hashtag por el atentado contra Charlie Hebdo. Días después le cambiamos el nombre a @yellowjacketofficial al ver la proliferación de contenido. En su momento pensamos en organizar un evento en La Puerta del Sol congregando a todas las propietarias de la chaqueta. La idea era que alguna de nosotras se vistiera de pastor; algo así como la trashumancia. Lamentablemente nunca llegamos a organizarlo. La verdad es que una vez pasada esa primavera no me volví a poner la chaqueta. Me daba auténtica vergüenza. Aún hay gente que la lleva, pero yo no lo haría. De hecho, ese mismo año me mudé de Valencia a Madrid y la dejé en mi antiguo piso. Ahora tiene nuevos inquilinos y me imagino que la habrán encontrado y la habrán customizado con parches de ilustraciones de Ricardo Cavolo o algo así, o eso me gusta imaginar».

Andrea Recio, profesora (26 años). «Cuando me hice con la chaqueta aún no había visto ninguna por la calle. Me la compré porque me gustó mucho el color, aunque no soy mucho de llevar mostazas. El primer día que me la puse vi que una conocida subió a Instagram una foto llevándola y a la semana siguiente me encontraba, sin exagerar, con unas tres personas al día luciendo la cazadora. Me daba vergüenza habérmela comprado. Sentía que había caído en lo de todas, que era una más. No me la volví a poner. En total creo que me la puse unas tres veces y después la metí en el armario. Cuando hace unos meses me mudé la guardé en una de las cajas, pero después me acabé deshaciendo de ella porque realmente lo pasé mal llevándola. Desde entonces huyo de todas las prendas icónicas o muy reconocibles que lanzan marcas como Zara u otras cadenas low cost«.

Sheila Conde, periodista y editora del blog Cool Lemonade (36 años). «Cuando la compré aún no era viral, me llamó la atención el color tan favorecedor que tenía y por eso me la llevé. Fue toda una sorpresa ver como al poco tiempo se creó el fenómeno. Se volvió tan viral que era un poco ‘canteo’ llevarla por la calle. Aunque no me fijo en la popularidad de una prenda, es cierto que cuando algo es tan reconocible y está tan visto pierde un poco el encanto. Finalmente la vendí en un mercadillo que organicé, pero quizá hubiera sido buena idea dejarla de fondo de armario ya que el amarillo se lleva un montón».

Raquel Zorraquin, diseñadora (27 años). «Sigo teniendo la chaqueta, pero decidí pintarla precisamente por el boom que tuvo, y por alejarme en cierta manera del concepto de la ‘famosa chaqueta amarilla de Zara’. Considero que customizar una prenda hace que vuelva a caer en gracia, que adopte otro sentido en tu armario. Creo que al pintarla se convierte en un objeto más preciado que el que podía ser antes y cuando me la pongo, a veces simplemente para dar una vuelta por el barrio de Malasaña (Madrid), recibo comentarios por el hecho de haberla pintado e incluso he tenido encargos para customizar otras. Lo que sí tengo en cuenta es no volver a caer en comprar prendas que se vayan a ver mucho. Hace poco me encantó un vestido ochentero de lentejuelas y, tras leer un artículo titulado ‘El posible best seller de Zara’, decidí no comprarlo finalmente».

Raquel Rodríguez Marqués, trabaja en finanzas (27 años). «Sigo teniendo la cazadora y aún me la pongo en ocasiones ya que es un buen fondo de armario y el color es precioso. Cuando se volvió viral la verdad es que me hacía gracia ver que había un arsenal de gente en los autobuses, la universidad o de compras llevando la misma prenda. Recuerdo que había días en los que iba a la universidad y éramos seis o siete chicas con la misma chaqueta. Salían de debajo de las piedras. Ahora, sin embargo, nadie me hace comentarios cuando la llevo, es como si la gente se hubiera olvidado de lo famosa que fue. Reconozco que, aunque siempre he sido bastante particular a la hora de comprar la ropa intentando evitar las prendas virales, si algo muy popular volviera a gustarme tanto como me gustó en su día la chaqueta amarilla de Zara volvería a cometer el ‘crimen’ de comprarla».




Fuente: El Pais

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