Cuando llegué al Museo Naval había montado un buen pollo. Era la inauguración de una exposición sobre la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano, y el sitio estaba lleno de policías navales de camuflaje gris, señores con pinganillo, policías nacionales, coches grandes, gente encorbatada y tensa, y marinos de la Armada vestidos con su traje blanco de gala. Qué hermosos son esos uniformes blancos, dan ganas de hacerse a la mar marinera. Unos agentes enormes, de paisano, me registraron el macuto y finalmente me franquearon el paso. “Menudo despliegue para una exposición de carácter cultural”, pensé. “¡Es que luego viene el Rey!”, me dijeron. Ahora todo cobraba sentido.

Es muy difícil mover a un rey. Hay personas que generan violentas vibraciones en el espaciotiempo circundante según se mueven: el Rey, los presidentes del gobierno, los ministros y Rosalía. La gente se inquieta, la seguridad se extrema, el aire se puede masticar, todo el mundo se pone nervioso. Qué difícil es mover a un rey (incluso del trono). Menos mal que no tienen que ir al super, sobre todo ahora que hay Amazon.

Un servidor, que se crio en Oviedo, está acostumbrado al impacto que genera la Familia Real cuando viene cada otoño a la pequeña ciudad a dar los premios Príncipe (ahora Princesa) de Asturias. Se crea gran revuelo de personalidades, sale la banda de gaitas, los sociólogos centroeuropeos premiados, la tradicional manifestación republicana y Manolín el Gitano, un personaje icónico de la ciudad recientemente fallecido. En el Museo Naval era algo parecido, pero sin el show de Manolín ni los republicanos manifestantes. No sabía que el Rey había confirmado a última hora así que me presenté con mi atuendo de trabajo, nada propicio, vestido de negro, con la camiseta raída, parecía un nihilista ruso, que es lo más inmiscible con un monarca. Cuando vistes mal entre tanto corbatón enseguida te dicen: “Prensa, ¿verdad?, pase por aquí”.

Los comisarios y los almirantes nos mostraron la exposición a los plumillas (no deben ustedes perdérsela), pero en un momento dado los de protocolo nos espantaron como gallinas: “Venga, venga, vayan saliendo, que viene el Rey”. Parecía que venía el coco. Yo ya sentía la cercanía de Su Majestad por esas vibraciones espaciotemporales, como cuando colisionan dos agujeros negros en los confines del Universo. Me fui caminando por donde me dejaron salir (el garaje) y unas calles más allá unos coches muy sólidos, muy negros, con cristales tintados me cedieron el paso sobre las rayas de cebra.

Fantaseé con que aquella fuera la comitiva real, que me dejaba cruzar, y me recordé a Diógenes el Cínico, que mandó a Alejandro Magno apartarse porque le tapaba el sol. Luego pensé que simplemente se trataba de “cucarachas”, que es como llaman los taxistas a los coches de Cabify y Uber. Por eso le molan a la gente, porque, a pesar de la precariedad circundante, viajamos ahí con nuestra botellita de agua, como reyes, pero del mambo.

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Fuente: El Pais

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