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Profesores de escuelas rurales que desafían la enseñanza tradicional | Tecnología


Para él, la prioridad es ofrecer a los alumnos lo que no pueden tener en casa: Internet y tabletas. “La mayoría son familias con ingresos bajos; se terminaron las prejubilaciones de la mina y cada día hay más paro”, explica mientras enseña las instalaciones del colegio, un antiguo edificio dividido en dos partes por una parroquia que arrastra los restos de la educación segregada por sexos. En las paredes cuelgan las orlas de generaciones anteriores y de los 500 estudiantes de los años ochenta han pasado a 55. “Muchos de los chavales tienen familias desestructuradas y no podemos pretender que vengan cada día contentos a clase. La tecnología nos ayuda a engancharles”.

Rioturbio es uno de los 30 colegios públicos de 13 comunidades autónomas dentro del proyecto Smart School, en el que colaboran el Ministerio de Educación y Samsung desde hace tres años para dotar a las escuelas de tabletas y medir el impacto de los dispositivos en el aprendizaje. Solo los alumnos de cuarto, quinto y sexto disponen de tabletas y este año el centro ha comprado cinco robots Lego para enseñar a programar con el dinero que reciben de la Consejería de Educación.

“El papel del director de centro es clave; nuestra política es dar autonomía al colegio para que decida qué hacer con el presupuesto. Imponer los cambios desde arriba no funciona”, explica Francisco Laviana, director general de Ordenación Académica de la consejería de Educación de Asturias. Para el próximo curso la Administración costeará la instalación de la fibra óptica en su red de escuelas rurales. “Pasó con las pizarras digitales, las distribuyeron por todos los centros y no las aprovechamos porque no estábamos formados. Cada escuela tiene que liderar el cambio a su ritmo”, opina el director del colegio Fernando Fernández.

La tecnología también conlleva modificar los métodos de evaluación. Los profesores de Rioturbio utilizan aplicaciones como Kahoot para medir el conocimiento de los estudiantes, una herramienta con formato de juego que permite crear cuestionarios e introducir vídeos y audios. La autoevaluación, en la que los estudiantes valoran su progreso, es otra de las novedades. Los docentes de ese centro dedican 70 horas al año a formarse con los cursos del Instituto Nacional de Tecnologías Educativas y Formación del Profesorado (INTEF). 

El programa Smart School se basa en el proyecto Aula del Futuro, una iniciativa puesta en marcha por la European Schoolnet en Bruselas, una red de 34 ministerios de educación europeos centrada en la investigación de nuevas metodologías educativas. “Los espacios tienen un impacto en el aprendizaje y sirven para romper los patrones de comportamiento, la actitud pasiva que conlleva el aula tradicional”, explica Elena González, experta en espacios educativos y asesora del proyecto en España. La gran apuesta son los “microespacios” dentro del aula para fomentar la creatividad. En Rioturbio los pasillos de la escuela están repletos de actividades y creaciones de los alumnos.

INTEF y Samsung han formado a 18 profesores de toda España para que visiten los colegios y guíen su transformación. Raúl Vela, director del colegio Agapito Marazuela, en el Real Sitio de San Ildefonso, es uno de ellos. “Lo principal es cambiar la mentalidad de los docentes, que están acostumbrados a explicar los contenidos y verlos volcados en un examen. La tecnología rompe con eso, tumba sus esquemas”, señala. Investigar, buscar datos y hacer un seguimiento de las tareas son, según Vela, las funciones esenciales de las tabletas. En su centro han retirado los libros de texto en 16 grupos de primaria; solo mantienen los de inglés y música. 

“La tecnología por sí misma no tiene sentido, tiene que servir para un propósito”, considera Laviana, el director general de Ordenación Académica. El objetivo del colegio Rioturbio este curso estaba muy claro: dotar de personalidad al pueblo y renombrar sus calles. A finales de los 60 la empresa siderúrgica Fábrica de Mieres, propietaria del terreno donde hoy se encuentra la población, construyó bloques de viviendas para albergar a todos los trabajadores de la mina y nombró sus diez calles con letras del abecedario: de la E a la M.

Los estudiantes crearon el blog Un nombre para mi calle y documentaron con sus tabletas cada una de sus acciones: sus reuniones con las asociaciones de vecinos, su exposición del proyecto en el pleno del Ayuntamiento de Mieres o la recogida de firmas. Lo consiguieron. Esperanza, Memoria o Libertad son algunos de los nuevos nombres. 




Fuente: El país

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