El independentismo logró revalidar su mayoría absoluta en el Parlament el 21-D en unas circunstancias políticas excepcionales después de la aplicación del artículo 155 de la Constitución. Mucho se habló en aquel momento sobre los motivos que llevaron a muchos catalanes a mantenerse fieles a un voto de ruptura con el Estado español a pesar del fiasco que supuso la declaración de independencia y el errático discurso posterior de exaltación de una república inexistente. Mariano Rajoy convocó las elecciones en el mismo instante que aplicaba el artículo 155 porque estaba convencido de que el independentismo iba a sufrir un fuerte correctivo en las urnas. Sin embargo, el 21-D demostró que los partidos independentistas seguían disfrutando de un gran caudal de votos. En el ánimo de los votantes podía influir más los incidentes del 1-O o la persecución judicial del Supremo que la imprecisa o desacertada hoja de ruta de los líderes catalanes. Si hemos de hacer caso a las encuestas de los últimos meses, el voto independentista sigue gozando de buena salud y no se aprecia un retroceso pese a las críticas a la parálisis e inacción del Govern de Quim Torra. Las elecciones generales del 28-A pueden ser una repetición de lo sucedido en las catalanas. El malestar que ha causado en muchos ciudadanos catalanes la privación de libertad y ahora el juicio contra los líderes del procés puede pesar mucho más a la hora de votar que los errores que hayan podido cometer sus partidos estos últimos meses. Por tanto, no es ninguna casualidad que los presos sean los cabezas de cartel. ERC utiliza a su líder Oriol Junqueras, tanto en las generales como en las europeas, y el PDECat recurre a Jordi Sànchez, ­Josep Rull y Jordi Turull para tres de las cuatro circunscripciones electorales, a Carles Puigdemont en las europeas y a Joaquim Forn como alcaldable por Barcelona. El mensaje para los electores es que lo que está en juego no son las elecciones en sí mismas, sino la reivindicación independentista que ha llevado a sus líderes a la cárcel. La batalla de fondo, sin embargo, es otra. Es una lucha cainita por el dominio del espacio soberanista donde los republicanos y los posconvergentes van a muerte. Por eso no hay lista unitaria ni la volverá a haber. El caso más claro son las europeas: Puigdemont versus Junqueras.

Oriol Junqueras, Jordi Turull y Jordi Sànchez, en el arranque del juicio del 1-O, el pasado 12 de febrero
(EFE)

Además en el caso de las elecciones al Congreso, la batalla es especialmente intensa, ya que su resultado influirá en el ánimo de los votantes para las siguientes de mayo donde muchas alcaldías catalanas están en juego. Un triunfo claro de las listas de ERC, como pronostican las encuestas, podría tener un efecto contagio negativo para los posconvergentes en las siguientes.

Si no fuera porque algunos dirigentes del PDECat, como Carles Campuzano, Jordi Xuclà o Marta Pascal temían quedarse fuera de las listas, no hubiera emergido un problema básico: qué hacer en el Congreso. Puigdemont tiene claro que el objetivo prioritario es tratar de bloquear la legislatura si no se avanza en la negociación con el Gobierno central. Dirigentes independentistas presumen de haber hecho caer a Rajoy en primera instancia y haber obligado a Pedro Sánchez a convocar elecciones, después. Lo que no está claro es si los independentistas disfrutarán de una tercera oportunidad para ser decisivos porque la aritmética parlamentaria puede ser muy distinta.

El envío de diputados a Madrid para intentar bloquear la legislatura puede ser muy discutible, pero tiene el efecto de ser clarificador para el electorado. Jordi Sànchez, que tiene reflejos rápidos, se apresuró el sábado a hacer unas declaraciones a favor del diálogo para evitar que esta imagen cale entre los votantes, pero será difícil que lo consiga después de la retirada del apoyo de los soberanistas a los presupuestos o la caída de los diputados más moderados como Campuzano o ­Xuclà. La marcha de Joan Tardà y el mayor protagonismo que asumirá ahora Gabriel Rufián tampoco parece que vaya en una línea de distensión. Y es que ERC y el PDECat se marcan mutuamente y ninguno de los dos partidos quiere aparecer como moderado. Veremos pronto cuál será la respuesta del electorado.


Listas con familiares

El efecto juicio estará presente en las candidaturas al Congreso y al Parlamento Europeo no sólo con los presos que irán en las listas sino también con algunos de sus familiares. Montse Bassa, hermana de la exconsellera Dolors Bassa, será la cabeza de lista de ERC en Girona, y Diana Riba, compañera del exconseller Raül Romeva, será la número dos de Junqueras en la lista europea. En las últimas semanas se han ofrecido más puestos a otros familiares que han declinado tal posibilidad como es el caso de Txell Bonet, esposa de Jordi Cuixart. Hasta que no se cierren las listas electorales no se descartan algunas incorporaciones más, aunque sean en posiciones simbólicas al final de las mismas.


Lo que se esconde bajo Villarejo

La declaración del excomisario José Manuel Villarejo que ha revelado Carlota Guindal pone el foco en un tema que no debería quedar impune. El uso de los fondos reservados del Ministerio del Interior en la operación Catalunya para incriminar a dirigentes políticos catalanes en coincidencia con la aparición del procés es un escándalo que la democracia española no puede obviar. Ya no se trata de meras sospechas. El relato del excomisario no admite dudas y haría bien el Congreso que nazca del 28-A en abrir una comisión de investigación para llegar hasta el final con todas sus consecuencias. No se puede mirar para otro lado.


¿Los líderes del Procés son presos políticos?




Total votos: 0




Fuente: LA Vanguardia

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