«Los Goya apuestan de nuevo por la moda española». A media mañana del sábado, la suerte de la alfombra roja más escrutada del reino parecía estar echada. Antes incluso de que la mayoría de agencias de prensa, showrooms y firmas implicadas comenzaran a glosar su letanía publicitaria (sin contrato de por medio, pocos se atreven a destapar quién vestirá qué antes de pisar moqueta, so pena de engorroso cambio de última hora), la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España adelantaba, vía correo electrónico, una larga lista de celebridades con sus respectivos atuendos y marcas a lucir en la trigésimo tercera gala de sus premios. Servido el spoiler, menguada la expectación.

Poner sobreaviso de los acontecimientos indumentarios espolea, eso sí, la sospecha. ¿Se trata de una maniobra para evitar que periodistas y cronistas asalten a los que van a desfilar por el Palacio de Congresos y Exposiciones de Sevilla con la impertinente pregunta de qué llevan puesto? Quizá solo sea un intento de facilitar el trabajo de quienes tienen que cubrir la parte más vistosa, pero también más criticada, de este tipo de actos, que desde aquel Ask her more («Pregúntale más») instigado por Amy Poehler y Reese Witherspoon en defensa del trabajo de las actrices durante los Oscar de 2015 no han vuelto a ser lo mismo.

Rozalén y Leonor Watling, en la gala de los Goya 2019. Paco Puentes/Carlos Álvarez EL PAIS/GETTY

Por suerte, la sombra de la corrección política que también recorre la moda en las alfombras rojas se disipaba en cuanto la noche sevillana comenzó a llenarse con las estrellas del cine español. De hecho, la Academia (y la realización de la gala por parte de la televisión pública) revelaba finalmente su carta para el interminable paseíllo de la fama de esta edición de los Goya (75 metros de tapiz encarnado): aunar cine y moda sin ambages, poniendo el foco en una relación de largo recorrido que, en realidad, beneficia a ambas industrias y un sinfín de profesionales.

Rozalén, con un abrigo-capa blanco y mangas de flecos extralargos de la cordobesa Juana Martín, y Leonor Waitling, embutida en brillante azul cobalto por el estadounidense Michael Kors, dieron en la diana al acordarse de las y los estilistas que se encargan de buscar las mejores opciones para vestir el talento cinematográfico (la cantautora albaceteña mencionó incluso a la suya, Mónica Gallardo). Mientras, Rafa Muñoz, el experto de moda en RTVE, no se cansó de repetir que muchos de los vestidos en escena venían directamente —más o menos personalizados— de las colecciones vistas en la reciente Mercedes-Benz Fashion Week Madrid.

Véanse, por ejemplo, el vestido de tul de plumeti con capucha que lució Macarena Gómez, o el ceñido modelo negro troquelado de Cristina Brondo, firmados por la última ganadora del premio a la mejor colección de la pasarela madrileña, Teresa Helbig. El transparente diseño blanco (cuerpo minifaldero, sobrevestido largo) de Leticia Dolera también era suyo, aunque confeccionado ex profeso para la actriz y directora.

Para el caso, todas, o casi, las protagonistas jugaron a ganar. El socorrido negro dominó la situación, en abundantes siluetas de corte sirenesco y escotes asimétricos, en terciopelos, lentejuelas y recamados de cuentas, como el vestido-kimono de Juan Vidal que lució la ubicua Rosalía o el acristalado Dolce & Gabbana de Juana Acosta. Que no todo iba a ser moda española lo dejaron claro, por su parte, Belén Cuesta y su Oscar de la Renta, y Silvia Abascal, desafiando la corrección política con un voluminoso Marchesa (la firma de la exmujer de Harvey Weistein). El Gucci de Najwa Nimri fue otro cantar: una fantasía de seda, cristales y bordados en tonos marfil y dorado de la colección crucero. La firma italiana solo ha querido vestir a una actriz: aquella que tuviera la actitud precisa para poder defender un diseño semejante. A la nominada a la mejor interpretación femenina por Quién te cantará está claro que le sobra.

El blanco y el rojo (ojo al moderno dos piezas de Anna Castillo, con escurrido bandeau por todo cuerpo) fueron las otras dos opciones redundantes de la noche. Aunque, si no era negro, entonces tenía que ser azul oscuro de talante nocturno. En especial entre los caballeros de la función, bien en combinación chaqueta azul y pantalón negro, bien en traje azulón completo, como el Mr. Morante de Jan Cornet, cuya camisa blanca sin botones resultó una lección de estilo capaz de barrer a los más atrevidos: Brays Efe, y su traje de estampado a rayas multicolores de sus habituales Outsiders Division, o el inefable Aldo Comas y su inmaculado Avellaneda. Los coloridos slippers del marido de Macarena Gómez, por cierto, eran de diseño propio. 

Que muchos de los hombres apostaran, precisamente, por este tipo de calzado en plan pantufla principesca, a lucir sin calcetines, ya no resulta extraño. Aunque el efecto sigue resultando, en la mayoría de los casos, un tanto inquietante. También lo fue la aparición del nominado Coque Malla: todo el mundo debería estar al tanto de que, si no eres Bernard-Henri Lévy con sus impolutas Charvet, ni se te ocurra ir de elegante con el cuello de la camisa desabotonado.




Fuente: El país

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