En Praga, una ciudad que si destaca por algo es por su arquitectura, la mayor parte del pastel se lo reparten entre el barroco y lo medieval. Al menos es lo que aparece en los folletos y lo que atrae a hordas de turistas que la visitan cada día y se arremolinan alrededor de su catedral o cruzan el puente de Carlos como si fuera una romería. Pero eso es quedarse en la capa más superficial de la cebolla, la de una con mil láminas, a cada cual más fascinante, que ni mucho menos se acaban en el siglo XVIII. Entre ellas la del movimiento moderno, la de la arquitectura cubista o la del, aunque menos lucido, absolutamente trepidante brutalismo.

A las afueras, en Střešovice, un barrio residencial con vistas a toda la ciudad —a lo barroco, lo medieval, la atroz torre de la televisión y los bloques de arquitectura comunista—, y adonde pocos de los que se apiñan en el puente de Carlos dirigen sus pasos, se encuentra un edificio que entusiasma a quienes llegan a la ciudad esquivando el turismo de masas y buscan otro tipo de arquitectura.

Su fachada destaca por las líneas geométricas y una “simetría asimétrica” salpicada por ventanas en amarillo limón. | Cortesía de Muzeum Prahy

Nos referimos a Villa Müller, de líneas geométricas y de una «simetría asimétrica», cubierta de una parra que pasaría totalmente desapercibida para el peatón si no fuera por sus ventanas amarillo limón, un tono poco común en una ciudad donde lo que manda son los colores pastel. A priori nada nos haría pensar que estamos frente a uno de los grandes iconos de la arquitectura moderna. Pero esta es la casa que el arquitecto austríaco-checo Adolf Loos (1870-1933) diseñó hace 90 años para la familia del magnate del cemento František Müller, constructor de muchos de los bloques que vemos desde aquí.

Hoy hay consenso sobre ella: Villa Müller es una maravilla. Pero en la época, su diseño fue considerado por los críticos de Praga y los funcionarios municipales como «demasiado moderno». Por esta razón el permiso de construcción fue 12 veces negado, y solo llegó en junio de 1929, tras la publicación del artículo Prague against Loos, en el periódico local Prager Tagblatt, según explica Zuzana Hronková, documentalista de Villa Müller.

Cuatro plantas, pero nueve niveles: viaje por la tercera dimensión

Para acceder a su visita guiada, exclusivamente en inglés, hay que saber que solo se realizan dos al día cuatro días a la semana (martes, jueves, sábado y domingos a las 9.00 horas y a las 18.00 horas). Restringida a grupos de seis personas, los visitantes deben ponerse unos patucos de plástico para no pisar el suelo original y atar en corto sus cámaras y móviles.

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Imagen del salón principal, que aglutina diferentes estilos decorativos, desde alfombras persas a piezas barrocas y sillas diseñadas por el mismo Loos. | Cortesía de Adolf Loos v Praze

Es así desde el año 2000 cuando abrió al público, tras pasar por una tortuosa historia (fue confiscada y ocupada por depositarios para uso de biblioteca, y como oficinas del Instituto para el marxismo-leninismo después) y cuando finalmente Eva Müller, hija del magnate, la recuperó con la Revolución de terciopelo y se la vendió a la ciudad de Praga. Hoy es parte del museo de la ciudad. «Después de una escrupulosa reconstrucción bajo la dirección del arquitecto Václav Girsa y la restauración de los accesorios interiores sobrevivientes, todo hasta el último detalle fue devuelto a su lugar legítimo, y la estructura, que incluye todas las áreas de servicio y los jardines, ahora pueda verse en el mismo estado en el que estaba tras su finalización en 1930″, señala Hronková.

Lo que hoy vemos es, pues, casi lo mismo que vio en 1929 el señor Müller, un hombre refinado y amante de las cosas bellas, los trajes ingleses hechos a medida, los sombreros, la música y la fotografía. Todo un ejercicio de economía y funcionalidad y la puesta en práctica de la Raumplan, la concepción libre del espacio de Loos: «No diseño planos, fachadas ni secciones, diseño espacios. Para mí no hay planta baja, primer piso y así sucesivamente… Para mí solo hay espacios contiguos, las plantas se fusionan y los espacios se relacionan entre sí».

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Un frondoso manto de hiedra camufla esta joya de la arquitectura moderna. | Cortesía de Muzeum Prahy

Llevada a la práctica en Villa Müller, se trata de una evolución hacia la tercera dimensión. Sus cuatro laberínticos pisos —que a efectos prácticos se traducen en nueve niveles— toman forma a través de escaleras y recovecos y alguna que otra puerta secreta. Así, se organizan las estancias a distintas alturas que se distribuyen para garantizar la función, la importancia e intimidad de cada una y, de esta manera también, se logra diferenciar las áreas públicas de las privadas.

La mesa circular que cambia de tamaño y otras creaciones

El primer golpe de efecto se produce al entrar en la sala de estar desde un vestíbulo (espacio público) cubierto de azulejos verdes brillantes y radiadores pintados de rojo. Hace un escorzo y tras unos muros a media altura de mármol italiano verde grisáceo (llamado Cipollino, por sus capas), se abre un salón con ventanales de cinco metros y vistas a toda la ciudad. Está lleno de alfombras persas, obras de arte de la colección del ingeniero, divanes, sofás y sillas de varios estilos (entre ellas, una diseñada por el mismo Loos), pensados para que cualquier invitado se encontrara cómodo durante la visita.

Solo con subir un par de peldaños se llega al comedor, en una especie de mezzanine presidida por una enorme mesa redonda de caoba, ideada por Loos, con círculos concéntricos con los que se amolda al número de comensales, y rodeada de sillas Chippendale originales. A ambos lados y haciendo gala de su obsesión por la simetría, nos topamos con dos puertas exactamente iguales; una conduce a la cocina blanca inmaculada salpicada con algunos detalles en amarillo limón y la otra es una vitrina que custodia con celo la cristalería diseñada por Loos.

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La habitación de Eva Müller, decorada con muebles en vibrantes colores, que podría ser la de cualquier niño hipster de ahora. Cortesía de Adolf Loos v Praze

Un hogar con una gran vida social

Del salón parten otras escaleras, a distinta altura, que llevan al cuarto de las mujeres, un coqueto saloncito donde la esposa de Müller tenía su guarida para tomar café e intercambiar confidencias con sus amigas. Otro secreto a buen recaudo es la ventanita pegada al techo que se podía abrir para ver lo que se estaba haciendo en ese salón, y para regular el volumen de los músicos que tocaban allí en las fiestas. «La familia Müller vivió el estilo de vida de la alta sociedad de los años treinta. La casa era el hogar de la familia, pero también se usaba con fines representativos de las empresas de František Müller, por lo que se celebraban regularmente eventos sociales como fiestas de baile», explica Hronková.

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Las terrazas ya eran símbolo de estatus en los años 30. Esta titánica azotea corona la vivienda de Raumplan o Planta Espacial. | Cortesía de Adolf Loos v Praze

La segunda planta, ya dedicada enteramente al espacio privado de sus propietarios, acoge el despacho de Müller, tapizado en madera de caoba y adornado con una estufa de azulejos de Delft. Presidiendo, encontramos un bonito escritorio diseñado por Loos, con compartimentos secretos y un teléfono interno. También aquí está el dormitorio de la pareja, forrado con un delicado papel pintado francés en tonos azules; los vestidores de ambos con armarios con compartimentos extraíbles para zapatos o sombreros; y el cuarto de baño, con sanitarios traídos expresamente desde Londres inéditos en toda Praga.

La habitación de Eva Müller, decorada con muebles de diseño en azul y amarillo, es tan moderna que podría ser la de cualquier niño de hoy en día. En la estancia donde Müller pasaba las tardes revelando sus fotografías, una de sus mayores aficiones, ahora se exhibe una pequeña muestra de la vida y obra de Loos, de sus ideas, de sus filias y fobias, y de los materiales utilizados en la casa, todos con un significado. Está junto al comedor de verano, de estética japonesa y muebles lacados en verde y negro, que se abre a una terraza que enmarca perfectamente la catedral de Praga: esa que ningún visitante se deja en el tintero.




Fuente: El país

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