La frontera entre Portugal y España tiene 1.214 kilómetros. Si la pusiéramos horizontal, estirada, dividiría perfectamente la península en norte y sur, pero también, al mismo tiempo, nos permitiría unir por medio de una línea invisible el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Las fronteras son las cicatrices de la Historia, la frase la hizo célebre Robert Schuman. Cicatrices visibles en la superficie de la tierra, afortunadamente superadas en el caso europeo. Probablemente por eso, porque a nadie le gusta vivir junto a una cicatriz, los habitantes de los territorios más cercanos a la frontera entre Portugal y España la llaman “la raya”, de forma sencilla, sin más, casi como si fuera el resultado de un juego infantil.

Durante la pandemia, sin embargo, la raya se ha transformado de nuevo en cicatriz. La gente acostumbrada a atravesarla a diario, como quien anda por el pasillo de su casa, ha tenido que prescindir, de un día para otro, de su universo más cercano. Como si en Lisboa o en Madrid, de repente, alguien crease una línea divisoria que prohibiese a sus habitantes visitar un barrio diferente. Las circunstancias mandan y, en un instante, los habitantes de la Raya volvieron a vivir junto a una cicatriz. Les fue amputada una parte de sus cuerpos, una parte insustituible.

En la historia de las literaturas ibéricas, son numerosos los casos de escritores que hablan sobre las diferentes caras posibles de esa frontera, interpretada como límite o como trazo de unión, como abismo final o como principio inaugural. Sin ruido, casi en voz baja, lentamente, se fue edificando un tópico en el imaginario cultural ibérico: el de la ‘distancia’ que separa a ambos países. Un concepto transformado, gracias a la metáfora espacial, en una especie de eufemismo de otro término más altisonante: ‘diferencia’, la diferencia entre los dos territorios. Curiosamente, son muchos los escritores ibéricos interesados en la imagen del ‘otro’ peninsular que hablan de la ‘distancia’ entre los dos países y no de la ‘diferencia’ entre ellos. Una fórmula, por otro lado, que parece más propia del carácter portugués que del español, pero que ha sido usada por igual a ambos lados de la frontera, y que ha permitido que los autores que se atrevían a atravesar la raya experimentasen un periplo de alto voltaje cultural.

El siglo XX está plagado de ejemplos, pero el lugar común de los dos países distantes, de espaldas, debe complementarse con una nueva ‘distancia’: la existente, tantas veces a lo largo del tiempo, entre la península y Europa, como ha explicado magistralmente Eduardo Lourenço en obras como El laberinto de la saudade o Europa y nosotros: o las dos razones. Estamos ante un caso de distancias superpuestas, o casi rizomáticas, si tenemos en consideración las nuevas fórmulas de ese viejo concepto que surgen cada vez con más fuerza en los diferentes espacios del Estado español. Luis Buñuel, en Mi último suspiro (1983), escribió que Portugal era “un país más alejado de nosotros que la India”, y solo un año después era el gran poeta portugués Ruy Belo, residente en Madrid, quien afirmaba en Aquel gran río Eufrates: “Madrid, una de las ciudades del mundo más distantes de Lisboa”. Podríamos decir, sin miedo a equivocarnos, que un fantasma ha recorrido a lo largo y ancho del tiempo la península ibérica: la distancia.

<a href="javascript:void(0);" class="enlace" onclick="javascript:ampliaFoto(this, '/cultura/imagenes/2020/06/22/babelia/1592828897_918145_1592842955_sumario_grande.jpg', '1200', '799', 'Fiesta conmemorativa del 35º aniversario de la editorial Alfaguara, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en1999. En la imagen, de izquierda a derecha, de pie: Pedro Sorela, escritor y periodista; Manuel Vicent, escritor; José Saramago, escritor, premio nobel; Miguel Naveros y Javier Marías, escritor. De izquierda a derecha, agachados: Julio Llamazares, escritor; Luis Mateo Díez, escritor; Amaya Elezcano, Juan González Álvaro, director general de Ediciones El País; Héctor Abad, escritor y Miguel Munárriz, de la editorial Santillana.Daniel Mordzinski / EL PAÍS‘);»>
ampliar foto
Fiesta conmemorativa del 35º aniversario de la editorial Alfaguara, en el Círculo de Bellas Artes de Madrid en1999. En la imagen, de izquierda a derecha, de pie: Pedro Sorela, escritor y periodista; Manuel Vicent, escritor; José Saramago, escritor, premio nobel; Miguel Naveros y Javier Marías, escritor. De izquierda a derecha, agachados: Julio Llamazares, escritor; Luis Mateo Díez, escritor; Amaya Elezcano, Juan González Álvaro, director general de Ediciones El País; Héctor Abad, escritor y Miguel Munárriz, de la editorial Santillana. Daniel Mordzinski / EL PAÍS

Sin embargo, esa ‘distancia’, transformada en tópico de las relaciones culturales (y no solo) entre los dos Estados, parece hoy en día ampliamente superada. En materia literaria, me atrevería a decir que pocos territorios europeos han dado en el último siglo tantas señales positivas de diálogo. Hace cien años, las obras de Eça de Queirós, Guerra Junqueiro, Eugénio de Castro o Teixeira de Pascoaes eran ampliamente traducidas y publicadas en prestigiosas editoriales españolas, y si el movimiento complementario, es decir, las traducciones de autores españoles en Portugal, no fue comparable en términos numéricos, fue porque los intelectuales portugueses se acercaban a las obras de Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado o Federico García Lorca en su lengua original.

En la segunda mitad del siglo XX encontramos una situación parecida. En la ‘distraída’ España, en el vecino altivo y desdeñoso de los portugueses, la presencia editorial de Fernando Pessoa y de José Saramago no encuentra término de comparación posible en lo que se refiere a autores españoles en Portugal, ya que ni siquiera el Nobel Cela alcanzó en tierra lusa un nivel de divulgación equiparable al de los autores citados en España. De Pessoa y Saramago, además, existen traducciones en casi todas las lenguas del estado español: en el caso del novelista, en castellano, catalán y vasco; en el caso del autor de los heterónimos, en castellano, catalán, gallego, vasco y asturiano. Esta pluralidad lingüística demuestra, además, un dinamismo sostenido y alimentado con frecuencia por tensiones internas, transformadas en una especie de motor en sordina que nutre un pulso plural en materia cultural.

El caso de Pessoa es especialmente significativo, en el marco de esta narrativa simbólica de la ‘distancia’. Como es bien sabido, nunca pisó territorio español, con excepción de una rápida escala en las Islas Canarias, en un trayecto a África del Sur, durante su adolescencia, y nunca tuvo la cultura española entre sus principales referencias. Sin embargo, fue en España donde conoció su primera traducción internacional (cinco poemas suyos fueron traducidos en 1923 en el periódico La Provincia de Huelva) y la primera monografía crítica dedicada por entero a su obra poética fuera de Portugal (en 1955, Joaquín de Entrambasaguas publicó Fernando Pessoa y su creación poética). Mucha coincidencia, ciertamente, para ser dos países separados por una distancia tan grande…

Los contactos se han diversificado en las últimas décadas y ya no encontramos solo el clásico eje entre Lisboa y Madrid

¿Cuál es la situación en la actualidad? No resulta difícil afirmar que nunca ha habido relaciones tan fecundas y plurales como en los tiempos que corren. En materia literaria, los contactos se han diversificado en las últimas décadas y ya no encontramos solo el clásico eje entre Lisboa y Madrid, sino varios eslabones considerados tradicionalmente periféricos, que ofrecen hoy una dinámica propia. Y no hablo solo de la cultura producida en grandes núcleos como Barcelona u Oporto. El paisaje cultural peninsular es hoy fruto de varias décadas de trabajo conjunto, resultado de relaciones entre ciudades como Coimbra y Salamanca, o entre regiones como Minho y Galicia, o Alentejo y Extremadura. Consecuencia de este nuevo mosaico cultural, múltiple y dinámico, son iniciativas editoriales como las revistas Boca Bilingüe, Espacio/Espaço Escrito, Hablar/Falar de Poesía, Caravansari, Cal o Suroeste que, a lo largo de las tres últimas décadas, han privilegiado en sus páginas las relaciones entre las diferentes literaturas de los dos Estados peninsulares.

En paralelo, han surgido también propuestas editoriales como la desparecida colección portuguesa Minotauro, dedicada a la narrativa española (en cuyo catálogo aparecieron Rafael Chirbes, Esther Tusquets o Álvaro Pombo, entre otros), o, ya en nuestros días, las colecciones Confluências, de la editorial Kalandraka, Letras Portuguesas (de la Editora Regional de Extremadura) o la madrileña La umbría y la solana, gracias a cuya vocación portuguesa hemos conocido en España algunos de los últimos títulos de autores como Lídia Jorge, Dulce Maria Cardoso, Almeida Faria o João de Melo. Todos esos esfuerzos de revistas, editoriales y festivales (no olvidemos la brillante trayectoria del festival Correntes d’Escritas, en el norte de Portugal) funcionan, además, concediendo atención a la riquísima diversidad cultural peninsular, y es cada vez más frecuente encontrar en los catálogos de las editoriales portuguesas nombres de escritores y escritoras oriundos de Cataluña, Galicia o el País Basco que utilizan el catalán, el gallego y el euskera como medio de expresión.

No parece, si tenemos en cuenta este rápido panorama, que la ‘distancia’ tantas veces aludida a lo largo de la Historia pueda ser hoy un argumento sólido a la hora de abordar las relaciones entre los dos Estados ibéricos y sus diferentes culturas. Probablemente, estamos en el momento oportuno para abandonar los eufemismos, dejar de lado la tradición de la ‘distancia’ y reivindicar y asumir la ‘diferencia’ como el valor cultural más activo de la península, que puede convertir nuestros territorios en espacios con un enorme potencial de vivencia y expresión identitaria. El reconocimiento de la diferencia nos hace más ricos, más tolerantes, más responsables. Ya no sería necesario hablar de distancias. La cultura es una de las llaves posibles para abrir puertas hace mucho cerradas o solo entornadas. Hagamos posible, una vez que la pandemia nos permita transformar otra vez la cicatriz en raya, al abrirse de nuevo la frontera el día 1 de julio, ese encuentro prodigioso y plural.

Antonio Sáez Delgado es profesor de literatura en la Universidad de Évora y traductor de autores como Fernando Pessoa, José Saramago, António Lobo Antunes, Gonçalo M. Tavares y José Luís Peixoto.




Fuente: El país

A %d blogueros les gusta esto: