No entra cualquiera en el olimpo de los mitos de la televisión. No es cuestión sólo de tener una serie de éxito. Hay que encabezar un fenómeno televisivo, social y cultural con un personaje relevante, de los que dejan huella en el subconsciente del espectador. Y Luke Perry, que ha fallecido por culpa del derrame cerebral, se puede decir que cumplía estos requisitos. Él es historia televisiva.

Cualquiera que recuerde los noventa puede entender el por qué. Beverly Hills, 90210, estrenada en España con el nombre de Sensación de vivir, forraba carpetas, ocupaba las portadas de revistas juveniles y era la comidilla de cualquier adolescente. Sucedía en Barcelona, en Madrid, en Girona y también en los Estados Unidos, donde era la primera serie dramática de corte adolescente pensada para emitirse en primetime y donde arrasaba entre el público joven (de aquí que acabase teniendo 10 temporadas).






Como Dylan McKay, forraba carpetas en su actitud pasota y su movimiento de cejas


Luke Perry, junto con Jennie Garth, Shannen Doherty, Tori Spelling o Jason Priestley, eran ídolos planetarios y cada uno representaba un modelo de adolescente. En el caso de Luke Perry, él era el rebelde sin causa de Dylan McKay, el que hechizaba a todas las chicas con su actitud pasota, el que ningún padre en su sano juicio querría como novio de su hija. Fruncía el ceño y todas caían rendidas a sus pies. Era el malote que la audiencia sabía que tenía un corazón de oro, el que no se dejaba querer porque su padre no había sabido quererle, y el que bebía demasiado.

Con su actitud y un look propio de un James Dean de los noventa, Luke Perry se convirtió en el símbolo de una época. Un símbolo que, todo hay que decirlo, también ha dado para muchas bromas. ¿Cuántas veces nos habremos reído al recordar a Dylan y darnos cuenta que tenía aspecto de profesor y no de alumno? En 1990, cuando comenzó la serie en Estados Unidos, él ya había cumplido los 24 mientras simulaba tener apenas 16.

Nadie movía las cejas como él.
(CBS)






El creador de Sensación de vivir, Darren Star, que más adelante crearía Sexo en Nueva York (1998), supo entender las aspiraciones de los adolescentes y elaboró la guía del género. Desde ese momento no se comprendía una serie teen con actores que no fueran bastante mayores o donde la audiencia no tuviera que decantarse entre la rubia y la morena (un esquema que repetiría Dawson Crece). Esto sólo era posible con un reparto que calase en la audiencia y que se desviviera por el drama de Dylan, que tenía que visitar a su padre en prisión o se enzarzaba en la enésima pelea porque le podía el instinto autodestructivo.

Luke Perry es historia televisiva porque no se pueden entender los 90 sin su Dylan, sin su pelo levantado con toneladas de laca y su cara de cordero degollado en el momento adecuado, y porque representa un modelo de ficción que ha sido imitado hasta la extenuación, desde Dawson crece hasta OC, One Tree Hill, Gossip girl o Riverdale.


Después de huir de su imagen de Dylan McKay, en 2016 aceptó su legado como el padre de Archie en ‘Riverdale’, una serie heredera de ‘Sensación de vivir’


Puede que este aplastante éxito le impidiera triunfar en exceso más allá de Sensación de vivir, con un público que le tenía encasillado en el eterno adolescente, pero nunca dejó de trabajar. Se atrevió con un difícil papel en Oz de HBO, más adelante interpretaría un papel en John from Cincinnatti del mismo canal, escrita por un autor venerado del medio como David Milch (Deadwood), y en 2016 se embarcó en Riverdale, una serie de adolescentes.





Durante casi tres temporadas (la tercera todavía se está rodando), Luke Perry ha sido Fred Andrews, el padre de Archie, el protagonista de la ficción. Después de toda una vida huyendo del recuerdo de Dylan (no quiso participar en el reboot de 90210 y tampoco quería aparecer en el revival que están lanzando sus excompañeros), finalmente se acercaba otra vez al género teen. Ya no huía sino que se apropiaba del legado que se había ganado a pulso.


Son detalles propios de un mito que nunca olvidaremos los que vivimos esos noventa que fueron suyos


Así que Luke Perry ha muerto, sí. Lloremos su precipitada muerte, que no debería vivir nadie con 52 años. Pero serán eternas su sonrisa, la forma en la que se le arrugaba la frente al levantar las cejas y su actitud de malote de corazón de oro. Son detalles propios de un mito que nunca olvidaremos los que vivimos esa década donde Sensación de vivir lo era todo. Los noventa fueron suyos.

Descansa en paz, Luke.

Hasta siempre.
Hasta siempre.
(CBS)









Fuente: LA Vanguardia

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