Las voces se escuchan como si fuera una sola secundada por su propio eco. Podríamos estar en un precipicio amplio y sin fin. Si me tapara los ojos, podría aventurarme y decir que pertenece a una chica joven recién salida de una clase, quizá, aunque también escucho en esa voz la de mi abuela participando por primera vez en una manifestación. Si presto atención, puedo intuir el orgullo de unos progenitores satisfechos con la educación dada a su hija y también el de la profesora que le enseña cada día que el puño en alto y la voz arriba es lo que contará la historia cuando nos señalen con honra y se pregunten cómo pudo ser. Puedo oír la rabia, es palpable y casi la toco. La rabia es una emoción fría, como una botella en el congelador a punto de estallar. Porque estalla. Claro que estalla. En cien mil millones de trozos que se dispersan por el mundo y son imposibles de volver a juntar. Pero eso es algo que algunos todavía desconocen, sobre todo aquellos a los que no les han roto nunca. Y, si me esfuerzo, incluso puedo olerlo: es la fuerza de un colectivo que no se pliega, que no se rinde, que sigue una y otra y otra vez, que denuncia, que clama justicia, que escoge los nombres adecuados y que defiende a todas a las que llama hermanas porque eso somos, hermanas de una misma familia que no se abandona y que levanta con orgullo los cadáveres asesinados y los cuerpos maltratados de sus compañeras para que el resto del mundo las vea y se avergüence.

El lunes, varios grupos de personas se reunieron frente a los ayuntamientos de sus localidades para, una vez más, clamar justicia a favor de la víctima de Manresa, a quien violó un grupo de desgraciados siendo ella una menor de catorce años. Yo acudí a Cibeles, frente al Ayuntamiento, para gritar lo que todos sabemos y algunos parecen desoír: no es abuso, es violación. Hasta ahora, la fiscalía lo ha calificado como abuso sin intimidación. Cinco la penetraban mientras otro se masturbaba. Tenían una pistola y ella perdió la consciencia. Creo que no hace falta ser juez para ser justo ni ser justo para ser humano, pero parece que hace falta recordarlo todavía.

Seguiremos haciéndolo. Porque si cierro los ojos, las escucho a ellas, nos escucho a nosotras. Veo a esa adolescente que se desgarra sin necesidad de un megáfono y a la que todos y todas secundamos. «Hermana, yo sí te creo», repite una y otra vez. Y por un momento un halo de esperanza cubre ese precipicio que no es sino el Ayuntamiento de Madrid, que tendrá que escucharnos quiera o no, y respiro aliviada porque mi país, ese que intento proteger y cuidar, antes de lo que creemos quedará en manos de estas jóvenes que podrán decir que lucharon no sólo por sus derechos, sino por los de todas las demás. Y entonces sí que habrá merecido la pena.

Madrid me mata.

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Fuente: El Pais

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