¿Es la intimidad, en política, un activo electoral? Durante mucho tiempo se ha creído que lo privado y todavía más lo íntimo era un espacio que se debía proteger en la comunicación política de los líderes políticos y candidatos. La apuesta por el control biográfico, tan previsible como rígida era, como máximo, la principal estrategia comunicativa. Pero algo está cambiando y de manera muy profunda.

Primero, por la irrupción de las redes sociales que hacen que la cotidianeidad se cuele entre las rendijas, también de nuestra intimidad, a través de las pantallas de los celulares. Estos fragmentos de realidad se convierten un poderoso caudal emocional que ofrece mucha información a los electores. Así, descubrir cómo viven, sienten, aman, se divierten o comparten su vida y sus intereses nuestros políticos… es una fuente de percepciones extraordinaria para comprender la persona que hay detrás del arquetipo. Y, también, la cotidianeidad nos acerca a registros que muchas veces están -lamentablemente- fuera del discurso y de la oferta política convencional.

Segundo, porque la información íntima nos acerca al mundo de valores y de actitudes de los que nos quieren representar, gobernar y liderar. Nos aporta una información

sobre comportamientos y actitudes que pueden reforzar no solo nuestro conocimiento por la proximidad de lo mostrado, sino nuestra valoración sobre sus reales y verdaderos valores en la función de lo público. Es decir, los electores ven lo íntimo como garantía de coherencia de lo público. Lo privado también como compromiso de la credibilidad y confianza de la propuesta al servicio del interés general.

Tercero, porque humaniza y permite trabajar sobre la reputación y la marca personal. Lo íntimo permite altos grados de identificación. No se representa bien (ni se entiende) a la sociedad con la que no te identificas. La cotidianeidad permite conexiones vinculantes quizás más fuertes, por emocionales, que las ideológicas o programáticas. Lo que se vive, se siente; lo que se siente se piensa. Esta es la clave de este proceso de vinculación (afecto y compromiso) que lo íntimo, con sus dosis de humor, imperfección y libertad, puede aportar a la comunicación política.

Cuando vemos a Manuela Carmena, Alexandria Ocasio-Cortez o Elizabeth Warren acercarse a sus votantes compartiendo recetas o cocinando en directo mientras exponen sus ideas o programa, lo que vemos no es una versión forzada de la política pop. Lo que vemos (es decir, lo que sentimos) es que la política puede estar entre fogones y que la comida, por ejemplo, es importante en nuestra vida

como acreditan el enorme éxito de los programas de cocina (en todos sus formatos) o la preocupación sobre la nutrición que impacta en todos los ámbitos de la sociedad. Dime cómo cocinas (y como es tu cocina y cómo te comportas en ella) y te diré cómo gobernarás. No falla. No exagero.

Y finalmente, porque lo íntimo se comparte en redes de una manera especialmente viral y permite reforzar la estrategia digital de cualquier proyecto. “Si no estás haciendo una apuesta seria en redes, probablemente no tienes ninguna oportunidad en las primarias demócratas”, dijo Adam Parkhomenko, un consultor que trabajó con la candidata presidencial Hillary Clinton en 2016. Esto, por ejemplo, lo ha entendido a la perfección Alexandria Ocasio- Cortez que publica en sus redes sobre política, pero también comparte videos de ella bailando o cocinando macarrones con queso. Mesera hace un año, hoy es la congresista demócrata más joven de la historia, con 2.3 millones de seguidores en Twitter y 1.7 millones en Instagram. Este salto de servir copas a servir a los ciudadanos refuerza la idea no solo del sueño americano, sino la convicción de que la vida corriente es política. Pura política y debe ocupar un renovado espacio en la vida pública.

Decía Ortega y Gasset que “lo que llamamos nuestra intimidad no es sino nuestro imaginario mundo, el mundo de nuestras ideas.” Los electores han descubierto lo íntimo

como lo más transparente, lo más revelador de la vocación pública de un político.




Fuente: LA Vanguardia

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