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Plácido Domingo, artista por encima de todo


De Verdi. Intérpretes: Plácido Domingo, Anna Pirozzi, Ildebrando d’Arcangelo, Brian Jagde, etc. Coro y Orquesta titulares del Teatro Real. Director musical: James Conlon. Madrid, 11-VII-017.

El Teatro Real empezó temporada con Verdi y la cierra también con él. Es la tercera vez que presenta «Macbeth», una de las óperas de la época de galera de Verdi pero bastante frecuente en el repertorio. La última fue en 2012 y, si vuelve ahora a su escenario, es porque así lo ha pedido Plácido Domingo, quien viene casi cerrando temporadas en el teatro en una relación entre ambos absolutamente justificada y provechosa. Escribo «sube» porque, aunque anunciada como «en concierto», se ha montado una pequeña pero afortunada puesta en escena, lo que siempre ayuda al auditorio. Permítaseme añadir que muchas veces es mejor asistir a este tipo de soluciones que a escenificaciones que no sólo no ayudan a entender una obra, sino que la destrozan. Ejemplo lo tenemos en el «Tannhauser» emitido por ARTE desde Múnich el pasado domingo. La orquesta en el foso, el coro en bancadas y los solistas de negro con el tenor vestido de Macbeth, movimientos escénicos, unas pocas proyecciones en las apariciones fantasmales y apenas unas ficticias coronas y unas espadas como añadido. Más que suficiente. La orquesta y los coros –con la señora del ex presidente Zapatero en segunda fila– con sonido global excelente en un trabajo vivo de James Conlon. Sobró quizá la página sinfónica de ballet y hubiera sido mejor aprovechar ese tiempo de ensayo para lograr acentos verdianos más penetrantes en algunos momentos, esos que convierten una buena dirección en magnífica. Anna Pirozzi fue una brava lady Macbeth desde una arrebatadora «Vieni, t’affretta», página con cabaleta muy difícil, que resolvió como pocas pueden hacerlo hoy y que fue aplaudida pero no tanto como merecía. Tiene una ligera tendencia al grito, aunque canta el papel y recordemos que el mismo Verdi quería una voz especial para la soprano. A menor, pero gran nivel también, sus otras dos arias, con sobreagudo limpio. El joven tenor Brian Jagde proviene del concurso Operalia y seguramente fue un «consejo» de Domingo incluirlo en el reparto. No se equivocó, pues logró una de las mayores ovaciones de la noche por su entrega sin reservas como Macduff y una voz interesante. A la de Ildebrando d’Arcangelo, que canta con gusto, le falta peso para Banco y el personaje se queda corto en la gravedad de su aria. Correcto el resto del reparto. ¿Para qué volver a insistir que Domingo no es un barítono? Ya lo sabemos todos. Celebraba su función 3.900 en una carrera de más de cincuenta años y, a los setenta y muchos conserva un estado vocal inaudito. Ese milagro es posible gracias a una fortaleza física envidiable y a que ha sabido cantar todo –y está en el Guiness como el tenor con repertorio más extenso– con su voz sin forzarla. A veces nos lo hace pasar mal, cuando esa fortaleza se debilita por sus «excesos vitales», pero no fue el caso con Macbeth, uno de los roles de barítono verdiano que mejor puede hacer suyo. Me reafirmo en lo escrito cuando lo abordó en Valencia hace dos años. Macbeth tiene para él muchas ventajas. Es protagonista indudable, no hay notas con las que no pueda o no encuentre alternativas, posee gran parte actoral y una escena final alternativa con la muerte del tirano, casi un recitativo, con la que bordar su actuación. Para colmo no hay un solo dúo con un tenor en el que pueda quedar al descubierto la cierta similitud de timbres. Pudo resentirse el fiato en la escena de los espíritus, reservarse en los concertantes, quedar al límite en «Pietà, rispetto, amore», pero bordó el casi recitativo final «Vil corona, muero solo por tu culpa». Sinceramente, hay aún mucho que disfrutar en esta etapa de Plácido si uno no escuchó a Cappuccilli o Brusón o bien si, habiendo oído a estos auténticos barítonos verdianos, logra olvidarse de ellos por tres horas. He de reconocer que Plácido lo logró conmigo esta vez. Ni que decir tiene que llovieron las aclamaciones.




Fuente: La razon

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